42.- Sin enviados, no hay misión (Domingo, 18/6/17)

42.- Sin enviados, no hay misión (Domingo, 18/6/17)

¿Ha disminuido en nuestras Iglesias de antigua evangelización la respuesta generosa de los sacerdo-tes al envío? ¿Existe todavía aquella inquietud que era como una pesadilla para el apóstol Pablo que en el sueño ve al macedonio, que, encadenado, le dirige la acuciante invitación: “Pasa hasta nosotros y sálva-nos”? ¿Hay todavía necesidad de misioneros que, dejándolo todo, partan con las velas desplegadas para llegar hasta los confines de la tierra, allí donde los hombres esperan la liberación? Parece que el espíritu misionero, en esta fase en que con obviedad la Iglesia se reconoce por su naturaleza misionera, no encuen-tra ya respuestas radicales. Se contenta con navegar junto a la costa, más que dejarse llevar por el viento del Espíritu hacia los confines del mundo y de la humanidad. Vuelve a estar de actualidad la resonante voz de Dios. “Entonces escuché la voz del Señor que me decía: ‘¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?’” (Is 6,8).

La pregunta, crucial, resuena todavía hoy frente a este complejo e inmenso areópago que es el mundo. Isaías pudo responder con confianza y valentía- “Aquí estoy, mándame”. ¿Estamos todavía hoy dispuestos a responder con valentía y firmeza a la petición de Dios? Una respuesta, como la dada por Isaías, supone una decisión definitiva e irrevocable por el reino de Dios. El Reino, que está en medio de nosotros en Cristo, es el Absoluto, la única prioridad, frente al cual todo lo demás es marginal y provisional, y por el que mi ser, mis cualidades, mis bienes y, en breve, mi vida, adquiere valor. “Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura” (Flp 3,8). Por eso “el que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37), y “el que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25)-

 

Don Antonio Evans Martos. Delegado Episcopal de Misiones. Córdoba

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