37.- Llamados a ser epifanía del amor de Dios en el mundo   (Domingo, 13/5/18)

37.- Llamados a ser epifanía del amor de Dios en el mundo   

(Domingo, 13/5/18)

 

 

     El Lavatorio es epifanía del amor de Dios, revela la profundidad del amor de Dios por el hombre. Es paradigma de nuestro programa de vida, del sentido de la vida cristiana: un amor oblativo, servicial, que se traduzca en servicios concretos. Es característica del seguimiento cristiano, sobre todo a los más pobres… Hay que ser a la par: contemplativos del Verbo en el seno del Padre, y seguirlo en la kénosis, desear ir y hacer lo que Él.

     Amar con el corazón de Dios supone una instalación radical y total en Cristo, vivir la respuesta fiel al amor primero. Para amar “como Yo” es necesario vivir en Él y de Él, sólo quien vive en Él arde con un fuego de caridad divina en grado de “incendiar” el mundo. De aquí toma fuerza la disponibilidad para realizar obras de promoción humana y espiritual, que testimonian que el amor es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Este el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno.

    Ser la epifanía del amor del Dios en el mundo tiene dos dimensiones esenciales: amar a Dios con todo lo que uno es, hasta dar incluso, si es necesario, la vida por Él… el testimonio del martirio; e inclinarse, como Cristo, sobre las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el amor de Cristo, no busca el propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo. Aquí se encuentra el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que traspasa las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo.

      Después de su resurrección, Jesús encomienda a sus Apóstoles ser testigos –epifanía– de esta “manera de amar” hasta los confines del mundo: Jesús confió esta misión a su Iglesia. Cristo sigue llamando, comunicando el Espíritu Santo, su modo de amar, apremiando a servir. Desde entonces, la Iglesia continúa esta misma misión, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente

 

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