MISION AD GENTES 2018-2019

CURSO 2018 – 2019

ARTÍCULOS DE DON ANTONIO EVANS MARTOS

DELEGADO EPISCOPAL DE MISIONES

 

1.-Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos (Domingo, 2/9/18)

Queridos jóvenes, deseo reflexionar con vosotros sobre la misión que Jesús nos ha confiado. Dirigiéndome a vosotros lo hago también a todos los cristianos que viven en la Iglesia la aventura de su existencia como hijos de Dios. Lo que me impulsa a hablar a todos, dialogando con vosotros, es la certeza de que la fe cristiana permanece siempre joven cuando se abre a la misión que Cristo nos confía. «La misión refuerza la fe», escribía san Juan Pablo II (Rmi, 2), un Papa que tanto amaba a los jóvenes y que se dedicó mucho a ellos.

El Sínodo que celebraremos en Roma el próximo mes de octubre, mes misionero, nos ofrece la oportunidad de comprender mejor, a la luz de la fe, lo que el Señor Jesús os quiere decir a los jóvenes y, a través de vosotros, a las comunidades cristianas.

Cada hombre y mujer es una misión, y esta es la razón por la que se encuentra viviendo en la tierra. Ser atraídos y ser enviados son los dos movimientos que nuestro corazón, sobre todo cuando es joven en edad, siente como fuerzas interiores del amor que prometen un futuro e impulsan hacia adelante nuestra existencia. Nadie mejor que los jóvenes, percibe cómo la vida sorprende y atrae. Vivir con alegría la propia responsabilidad ante el mundo es un gran desafío. Conozco bien las luces y sombras del ser joven, y, si pienso en mi juventud y en mi familia, recuerdo lo intensa que era la esperanza en un futuro mejor.

Queridos jóvenes: el próximo octubre misionero, en el que se desarrollará el Sínodo que está dedicado a vosotros, será una nueva oportunidad para hacernos discípulos misioneros, cada vez más apasionados por Jesús y su misión, hasta los confines de la tierra. A María, Reina de los Apóstoles, a los santos Francisco Javier y Teresa del Niño Jesús, al beato Pablo Manna, les pido que intercedan por todos nosotros y nos acompañen siempre.

 

 

2.- La vida es una misión (Domingo, 9/9/18)

Cada hombre y mujer es una misión, y esta es la razón por la que se encuentra viviendo en la tierra. Ser atraídos y ser enviados son los dos movimientos que nuestro corazón siente como fuerzas interiores del amor que prometen un futuro e impulsan hacia adelante nuestra existencia. Vivir con alegría la propia responsabilidad ante el mundo es un gran desafío. El hecho de que estemos en este mundo sin una previa decisión nuestra nos hace intuir que hay una iniciativa que nos precede y nos llama a la existencia. Cada uno de nosotros está llamado a reflexionar sobre esta realidad: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Eg, 273).

La Iglesia, anunciando lo que ha recibido gratuitamente (cf. Mt 10,8; Hch 3,6), comparte el camino y la verdad que conducen al sentido de la existencia en esta tierra. Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, se ofrece a nuestra libertad y la mueve a buscar, descubrir y anunciar este sentido pleno y verdadero. No tengáis miedo de Cristo y de su Iglesia. En ellos se encuentra el tesoro que llena de alegría la vida. Os lo digo por experiencia: gracias a la fe he encontrado el fundamento de mis anhelos y la fuerza para realizarlos. He visto mucho sufrimiento, mucha pobreza, desfigurar el rostro de tantos hermanos y hermanas. Sin embargo, para quien está con Jesús, el mal es un estímulo para amar cada vez más. Por amor al Evangelio, muchos hombres y mujeres, y muchos jóvenes, se han entregado generosamente a sí mismos, a veces hasta el martirio, al servicio de los hermanos. De la cruz de Jesús aprendemos la lógica divina del ofrecimiento de nosotros mismos (cf 1Co 1,17-25), como anuncio del Evangelio para la vida del mundo (cf Jn 3,16). Estar inflamados por el amor de Cristo consume a quien arde y hace crecer, ilumina y vivifica a quien se ama (cf 2Co 5,14). Siguiendo el ejemplo de los santos, que nos descubren los amplios horizontes de Dios, os invito a preguntaros en todo momento: «¿Qué haría Cristo en mi lugar?».

 

3.- Transmitir la fe hasta los confines de la tierra  (Domingo, 16/9/18)

Por el Bautismo somos miembros vivos de la Iglesia, y juntos tenemos la misión de llevar a todos el Evangelio. Crecer en la gracia de la fe, que se nos transmite en los sacramentos de la Iglesia, nos sumerge en una corriente de multitud de generaciones de testigos, donde la sabiduría del que tiene experiencia se convierte en testimonio y aliento para quien se abre al futuro.

Esta transmisión de la fe, corazón de la misión de la Iglesia, se realiza por el “contagio” del amor, en el que la alegría y el entusiasmo expresan el descubrimiento del sentido y la plenitud de la vida. La propagación de la fe por atracción exige corazones abiertos, dilatados por el amor. No se puede poner límites al amor: fuerte como la muerte es el amor (cf Ct 8,6). Y esa expansión crea el encuentro, el testimonio, el anuncio; produce la participación en la caridad con todos los que están alejados de la fe y se muestran ante ella indiferentes, a veces opuestos y contrarios. Ambientes humanos, culturales y religiosos todavía ajenos al Evangelio de Jesús y a la presencia sacramental de la Iglesia representan las extremas periferias, “los confines de la tierra”, hacia donde sus discípulos misioneros son enviados, desde la Pascua de Jesús, con la certeza de tener siempre con ellos a su Señor (cf. Mt 28,20; Hch 1,8). En esto consiste lo que llamamos missio ad gentes. La periferia más desolada de la humanidad necesitada de Cristo es la indiferencia hacia la fe o incluso el odio contra la plenitud divina de la vida. Cualquier pobreza material y espiritual, cualquier discriminación de hermanos y hermanas es siempre consecuencia del rechazo a Dios y a su amor.

Los confines de la tierra son hoy muy relativos y siempre fácilmente “navegables”. El mundo digital, las redes sociales que nos invaden y traspasan, difuminan fronteras, borran límites y distancias, reducen las diferencias. Parece todo al alcance de la mano, todo tan cercano e inmediato. Sin embargo, sin el don comprometido de nuestras vidas, podremos tener miles de contactos, pero no estaremos nunca inmersos en una verdadera comunión de vida. La misión hasta los confines de la tierra exige el don de sí en la vocación que nos ha dado quien nos ha puesto en esta tierra (cf Lc 9,23-25). Me atrevería a decir que, para alguien que quiere seguir a Cristo, lo esencial es la búsqueda y la adhesión a la propia vocación.

4.- Necesidad de testimoniar el amor  (Domingo, 23/9/18)

Agradezco a todas las realidades eclesiales que permiten encontrar personalmente a Cristo vivo en su Iglesia: las parroquias, asociaciones, movimientos, las comunidades religiosas, las distintas expresiones de servicio misionero. Muchos jóvenes encuentran en el voluntariado misionero una forma para servir a los “más pequeños” (cf Mt 25,40), promoviendo la dignidad humana y testimoniando la alegría de amar y de ser cristianos. Estas experiencias eclesiales hacen que la formación de cada uno no sea solo una preparación para el propio éxito profesional, sino el desarrollo y el cuidado de un don del Señor para servir mejor a los demás. Estas formas loables de servicio misionero temporal son un comienzo fecundo y, en el discernimiento vocacional, pueden ayudaros a decidir el don total de vosotros mismos como misioneros.

Las Obras Misionales Pontificias nacieron de corazones jóvenes, con la finalidad de animar el anuncio del Evangelio a todas las gentes, contribuyendo al crecimiento cultural y humano de tanta gente sedienta de Verdad. La oración y la ayuda material, que generosamente son dadas y distribuidas por las Obras Misionales Pontificias, sirven a la Santa Sede para procurar que quienes las reciben para su propia necesidad puedan, a su vez, ser capaces de dar testimonio en su entorno. Nadie es tan pobre que no pueda dar lo que tiene, y antes incluso lo que es. Me gusta repetir la exhortación que dirigí a los jóvenes chilenos: «Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie: Le haces falta a mucha gente y esto piénsalo. Cada uno de vosotros piénselo en su corazón: Yo le hago falta a mucha gente» (Encuentro con los jóvenes, Santuario de Maipú, 17 de enero de 2018).

 

5.- Semana de oración por las misiones    (Domingo, 30/9/18)

El próximo 21 de octubre celebraremos el DOMUND, que este año nos hace una indicación apremiante “cambia el mundo”. Es una actualización del mandato evangélico, pues la iniciativa es solo de Dios que nos revela su amor, su proyecto y su capacitación. De ahí la importancia de la oración, la importancia de escuchar la iniciativa de Dios y de responderle generosamente con nuestra disponibilidad y entrega fiel.

Necesitamos volvernos a Dios, darle a Dios lo que es de Dios, escuchar su Palabra, orar… Y escucharemos que necesita misioneros, obreros que estén dispuestos a trabajar en su Designio de amor, testigos de que su Reino ya se ha iniciado.

La misión -nos dice el Papa en su Mensaje- es propia de corazones jóvenes que contribuyen “al crecimiento cultural y humano de tanta gente sedienta de Verdad”.

Estamos, pues, invitados a llevar el Evangelio a todos los que no conocen a Dios. Si anunciamos la Buena Noticia y contribuimos a formar una sociedad más justa y fraterna, el mundo cambiará. Pongamos nuestro pequeño grano de arena para que esto ocurra y Dios sea conocido en toda la Tierra.

La misión, vivida con el Evangelio en la mano, transforma el miedo en valentía, la oscuridad en luz, la venganza en unión, y, a quien está prostrado en el camino, lo levanta y lo ayuda a caminar con dignidad. Hagámoslo unidos a los misioneros, a quienes tenemos muy presentes en nuestra celebración.

Vamos a propiciar la oración personal y comunitaria por la vida y acción evangelizadora de la Iglesia en las misiones, por sus dificultades, problemas e ilusiones. Vamos a potenciar, muy especialmente, el Rosario Misionero.

 

6.- Semana del sacrificio y dolor compartidos     (Domingo, 7/10/18)

El lema del Domund de este año “Cambia el mundo”, quiere resaltar que el objetivo esencial de la misión no es otro que anunciar la Buena Noticia de que este mundo puede cambiar, que podemos construir una sociedad más justa y más humana, que con Jesús ha nacido la esperanza.

Jesús anuncia un cambio revolucionario y radical: el Evangelio es Buena Noticia solo para los pobres, últimos, sufrientes…; a la par que se hace lamento para los satisfechos y autosuficientes. Jesús vino a cambiar el mundo: a hacer a los últimos, primeros; a los pequeños, grandes; a los débiles, fuertes; a los pobres, ricos…

El mundo encontró el cambio al nacer Jesús en Belén. Dios se encarna en Jesús, se hace niño en Jesús, para que en el mundo los seres humanos tengamos una mirada limpia, gestos llenos de ternura y palabras esperanzadoras; en definitiva, para que el mundo progrese según el plan amoroso de Dios. Y la Iglesia prolonga esa misión de cambiar el mundo: “Yo soy una misión en esta Tierra, y para esto estoy en este mundo” (Eg 273)

En la semana dedicada al valor evangelizador del sacrificio y del dolor aceptados, hacemos nuestra la invitación del Cardenal Tomasek: «Hemos de trabajar por el reino de Dios, lo cual es mucho; pero es más todavía orar por el reino de Dios; hemos de sufrir con Cristo crucificado a favor del reino de Dios. ¡Eso sí que es todo!».

 

7.- Semana de la cooperación económica    (Domingo, 14/10/18)

El lema del Domund de este año “Cambia el mundo”, quiere resaltar que el objetivo esencial de la misión no es otro que anunciar la Buena Noticia y contribuir así a construir una sociedad más justa y más fraterna. Algo en lo que estamos todos implicados.

A los misioneros se les admira por su entrega, por su dedicación a la obra evangelizadora, en lugares tan diferentes a los de origen y en situaciones, a veces, nada fáciles. Pero tienen clara su misión: colaborar -través de la Palabra de Dios y el anuncio de Jesucristo Salvador- para que las personas con quienes conviven obtengan un modo de vida de acuerdo con la dignidad que Dios quiere para sus hijos e hijas. La evangelización incluye buscar los medios necesarios para que en el mundo, todos nos encontremos como en nuestra casa común. Los misioneros y misioneras se cansan, se gastan y se desgastan en el empeño.

La actividad misionera, que busca cambiar el mundo, debe comprender también la construcción improrrogable de iglesias, escuelas, seminarios, universidades, centros asistenciales, etc., para la promoción religiosa y humana de tantos hermanos.

La actividad misionera, que busca cambiar el mundo, se ve muy condicionada por múltiples dificultades de tipo económico. Y, ofrecer este socorro generoso es una obligación, un honor y un motivo de gozo, porque significa contribuir a hacer partícipes de los inestimables beneficios de la redención a todos los que todavía no conocen las “insondables riquezas de Cristo” (cf Ef 3,8).

Esta semana, pretende suscitar en las comunidades cristianas y en todos los fieles la cooperación económica, compartir los bienes con los que carecen de ellos, cambiar el mundo para hacerlo según el corazón de Dios.

 

8.- Semana de oración por las vocaciones misioneras     (Domingo, 21/10/18)

La transmisión de la fe -nos dice el Papa Francisco en su Mensaje-, corazón de la misión de la Iglesia, se realiza por el “contagio” del amor, en el que la alegría y el entusiasmo expresan el descubrimiento del sentido y la plenitud de la vida. La propagación de la fe por atracción exige corazones abiertos, dilatados por el amor. Y esa expansión crea el encuentro, el testimonio, el anuncio; produce la participación en la caridad con todos los que están alejados de la fe y se muestran ante ella indiferentes, a veces opuestos y contrarios.

“Cambia el mundo”, todos estamos implicados en la obra misionera de la Iglesia. Tú eres una misión… para iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar… “Nadie es tan pobre -nos dice el Papa- que no pueda dar lo que tiene, y antes incluso lo que es. Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie. Le haces falta a mucha gente y esto piénsalo. Cada uno de vosotros piénselo en su corazón: ‘Yo le hago falta a mucha gente”.

Cada uno de nosotros debe hacer comprender a los que están a nuestro alrededor, en la familia, en la escuela, en el mundo de la cultura, del trabajo, que Cristo es el camino, la verdad y la vida; que solo él puede desvanecer la desesperación y la alienación del hombre, dando razón de su existencia como criatura dotada de altísima dignidad, hecha a imagen y semejanza de Dios.

Comenzamos la semana dedicada a orar por las vocaciones misioneras. El objetivo es interpelar a nuestras comunidades para que en su seno promuevan las vocaciones específicamente misioneras.

 

9.- Los misioneros son “la niña de los ojos de la Iglesia”    (Domingo, 28/10/18)

Siempre se ha saludado a los misioneros como “la niña de los ojos de la Iglesia”, pues representan el testimonio constante, elocuente y seguro de que la voluntad del Señor de difundir la luz y los beneficios del Evangelio a todos los hombres es siempre actual y eficiente en la Iglesia.

Todo el mundo católico conoce y ama las Obras Misionales Pontificias, que se proponen organizar y avalar la generosidad de los fieles en favor de los heraldos del Evangelio: la primera y principal de todas es la Obra de la Propagación de la Fe, a la que se asocian como preciosas auxiliares la Obra de la Santa Infancia y la Obra de San Pedro Apóstol –Vocaciones Nativas- para el clero y para la vida religiosa de los países que se abren al Evangelio. Y, el alma de todas ellas, la Pontificia Unión Misional del Clero que, por medio de los sacerdotes, nutre el espíritu misionero en todos los fieles.

Son llamadas Obras Pontificias porque son propias de la Sede Apostólica. En efecto, en nombre del Papa, proveen, según un plano universal y con una visión total de las más variadas necesidades, a la ayuda espiritual y material que ha de ser destinada a todas las misiones.

Deseamos por todo esto, siguiendo el ejemplo de todos los Papas, recomendar con gran solicitud e insistencia las Obras Misionales Pontificias a toda la Iglesia: a los obispos, al clero secular y regular, a todos los religiosos y religiosas que se consagran a los intereses del Reino de Dios, y a todos los fieles laicos que de una manera corresponsable trabajan por la Propagación de la fe.

 

10.- Responsabilidad misionera de la Iglesia    (Domingo, 4/11/18)

El Concilio Vaticano II dio relieve plástico al problema misionero, encuadrándolo en la misma noción de la Iglesia y en el deber de apostolado de cada uno de sus miembros.

Según el Concilio, ningún cristiano, digno de tal nombre, puede eximirse del deber o responsabilidad misionera.

En efecto, si se siente miembro vivo de un cuerpo o de una familia, como es la Iglesia, el anuncio del Evangelio, la revelación de la paternidad de Dios a todos los hombres y su consiguiente salvación, no pueden ser ya un problema facultativo, una obra de misericordia, objeto de limosna ocasional; se resuelve, en cambio, en una cuestión de fe vivida y de personal responsabilidad.

Pero la obra de los misioneros quedaría paralizada si no pudiera contar con una colaboración habitual, asidua, constante, que, proviniendo de la retaguardia, les asegure la posibilidad de vivir, de hacer el bien “hasta que Cristo sea anunciado a todos los pueblos”.

Las Obras Misionales Pontificias asumen esa misión dentro de la Iglesia: poner de relieve precisamente el llamamiento urgente a toda la Iglesia a asumir la misión; ser la voz de los pueblos que piden luz, verdad y gracia; ser la voz de los heraldos del Evangelio que piden ayuda y sustento; ser las voces de los hijos que se elevan al Padre común.

Las Obras Misionales Pontificias son los canales para hacer converger al Padre de todos, la debida contribución de los hijos, porque ellas representan las estructuras constitucionales de la Iglesia: a través de cada uno de los párrocos, los donativos llegan al obispo, y éste los entrega al Papa. No existe cauce más seguro y eficaz de ayudar a las misiones.

 

11.- Es tiempo propicio para la evangelización   (Domingo, 11/11/18)

Creemos que no puede haber momento más feliz y prometedor para un gran avance misionero de la Iglesia: la expectación de los pueblos es más ansiosa que nunca; las tribulaciones de los tiempos y los peligros de la paz hacen entrever que está próximo el tiempo de Dios.

Una respuesta concreta, activa, operante a la expectación de los pueblos es la del permanente compromiso evangelizador de la Iglesia. Propagar la fe es la naturaleza y misión de la iglesia. La iglesia existe para evangelizar, esa es su razón de ser, su vocación, su gozo. Así, nuestro pensamiento y reconocimiento se dirigen a los misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, apóstoles del Reino de Dios, que, respondiendo a una sublime vocación, dejando familia, casa, patria, se han hecho anunciadores de la paternidad de Dios, de la divinidad de Cristo, del misterio de la salvación en el Espíritu Santo que se realiza en la Iglesia. Por todo ello es por lo que los proponemos a todo el mundo como ejemplo.

Con todo, el llamamiento se dirige a todo el Pueblo cristiano y se hace más angustioso, más apremiante, más persuasivo, a fin de que todos los hijos de Dios, que se encuentran ya en la casa del Padre, se acuerden de los hermanos que todavía quedan fuera, y se unan a nosotros en las súplicas y en las obras de la caridad solidaria y fraterna.

Si hoy la Iglesia, con la cooperación de todos los fieles unidos al Papa en el apoyo a las Obras Misionales Pontificias, pudiera multiplicar ampliamente las obras de caridad de las misiones, ello redundaría también en incomparable incremento de la propagación de la fe en el mundo.

Por este motivo, se recomienda siempre a las Obras Misionales Pontificias como las que mejor realizan la unidad de la cooperación de los fieles con el Papa. Ellas son obras de la Iglesia.

 

12.- Somos misioneros por nuestro Bautismo    (Domingo, 18/11/18)

El Concilio Vaticano II afirma que todo hijo de la Iglesia es misionero por su misma vocación bautismal, y no puede eludir este deber sin sustraerse a las exigencias de su vida sobrenatural; y, además, nadie es, en la Iglesia, tan pequeño o tan pobre que no pueda dar su contribución, según sus propias posibilidades, a la edificación del Reino.

Conscientes de nuestras pobres posibilidades, pero fortalecidos por la confianza en Dios y por la presencia de Cristo en su Iglesia, deseamos ante todo reunir a todos los cristianos en una sola oración unánime, solidaria y simultánea, para el advenimiento del Reino de Dios.

La animación misionera permanente de nuestra Iglesia local nos ofrece unas perspectivas de luz y de caridad, nos asegura la victoria definitiva del amor de Dios que quiere manifestarse a los hombres mediante la caridad de sus hermanos.

El Concilio Vaticano II llamó a la cooperación misional a todos los hombres de buena voluntad: padres, madres, jóvenes, niños; a todos nos ha recordado nuestra vinculación a este deber por el hecho de ser cristianos, y que un día seremos juzgados sobre él.

La voz de la Iglesia repite constantemente aquel grito: ¡No os mostréis insensibles al mismo! Ofreced vuestras oraciones, vuestra ayuda, vuestro interés, demostrando la vitalidad de vuestra fe.

Es la voz misma de Cristo la que nos recuerda que hacemos por él cuanto hagamos en favor de sus hermanos. El solo hecho de repetirla conmociona el corazón, pensando en las graves necesidades existentes; pero también se alegra por la respuesta que ella encontrará de seguro en tantos corazones buenos y generosos.

   

13.- La misión es misión de Dios    (Domingo, 25/11/18)

La doctrina teológica y práctica sobre las misiones ha sido amplia y autorizadamente ilustrada por el decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia. Su idea fuerza es el descubrimiento del plan de Dios sobre la suerte de la humanidad. Por esto es una idea divina, una idea misteriosa e inmensa, una idea estupenda y amorosa, una idea necesaria y urgente. Es una idea de fe para la fe.

“La razón de esta actividad misionera se basa en la voluntad de Dios” (AG 7), el cual “quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad”.

Una cadena de necesidades sostiene la actividad misionera: Dios, el ser y la vida, es necesario; Cristo, el Salvador, es necesario; la Iglesia, arca de la salvación, es necesaria; el bautismo, sacramento de regeneración, es necesario; la fe, para llegar al sacramento y a Cristo, es necesaria; y, para alcanzar la fe, el misionero, es necesario.

Por esto es derecho-deber de la Iglesia, por la fe que tiene en Cristo, por el amor que le profesa, difundir el Evangelio de la salvación, “de suerte que la actividad misionera conserva íntegra hoy, como siempre, su eficacia y necesidad” (AG 7).

El hecho misionero se realiza en la trayectoria de la caridad de Cristo, la prolonga, la difunde; es don, don inmenso, don gratuito, don de locura (como la del Crucificado); es sacrificio, es generosidad.

 

14.- La Iglesia es católica por institución, y debe serlo en la realidad    (Domingo, 2/12/18)

La misión es una vocación constitucional de la Iglesia; ésta ha sido fundada para ser misionera. Se llama católica, es decir, universal.

Está llamada a ser de hecho en la historia, en las filas de la humanidad, lo que ya es por derecho, lo que es por deber: el testimonio de Cristo para todos, el medio de salvación para todos, la sociedad mística y humana abierta a todos.

La Iglesia no es para dominar, no es para reemplazar o para sobreponerse a la ciudad terrena, sino para penetrar en los espíritus con su luz de verdad, con su fermento de libertad, con su estímulo al trabajo diligente en la justicia y en la fraternidad; para dar al mundo su unidad religiosa, en la armonía de sus naturales y respetables diferenciaciones étnicas, culturales, políticas.

Es católica por institución, debe ser católica en la realidad.

El que se mostrara distraído o indiferente ante esta epifanía de la santa Iglesia debería dudar de la propia fidelidad a Cristo y al propio bautismo. Las misiones son nuestras, de cada uno de nosotros, de cada comunidad de creyentes: lejanas en el espacio, deben estar próximas dentro de corazón. Las misiones necesitan todavía, y más que nunca, medios: vocaciones y donativos.

Las necesidades de los territorios de misión son inmensas. Se necesitan escuelas, hospitales, iglesias, oratorios, leproserías, seminarios, centros de formación y de reposo, viajes sin fin.

Todo obispo, todo sacerdote, todo fiel, aunque realice alguna actividad de apostolado misionero directo o indirectamente en un sector particular, debe prestar su colaboración también a las actividades generales de la Iglesia, es decir, a las Obras Misionales Pontificias, que al mismo tiempo que son del Papa, son también de todo el episcopado y de todo el Pueblo de Dios.

 

15.-  Difundir la fe integra la definición de cristiano               (Domingo, 9/12/18)

La idea misional es una idea que afecta a todos los fieles, a toda la Iglesia. Integra la definición del cristiano: “El deber de difundir la fe”, dice el Concilio, “incumbe a todo discípulo de Cristo en la parte a él correspondiente” (LG 17)… Todos estamos bajo esta presión, esta urgencia de la caridad de Cristo… Esta es la novedad en la conciencia de la Iglesia: la solicitud apremiante y universal del apostolado.

Empleamos aquí la palabra “misión” en su significado específico de actividad intencionalmente concebida y prácticamente organizada para evangelizar a los pueblos que no son todavía cristianos, mediante la acción de personas a ello dedicadas, escogidas, preparadas y autorizadamente mandadas, es decir, cualificadas como “misioneras”, la proclamación conciliar de la libertad religiosa no enerva el deber apostólico, sino constituye más bien la condición civil para el ejercicio de la actividad misionera, a la vez que esta misma se obliga al respeto de las conciencias…

También la actitud del misionero ha evolucionado mucho: no es ya la que veía en la diversidad de culturas un obstáculo irreductible a su predicación, sino que descubre valores indígenas merecedores de respeto y admiración, dignos de ser comprendidos, favorecidos y asumidos, y consiguientemente “purificados, fortalecidos y elevados” (LG 13).

El misionero no es un extranjero que con su fe imponga la propia civilización, sino el amigo, el hermano que se compenetra con el modo de vivir honesto del ambiente, para infundir el fermento vivificador del Evangelio.

 

16.- Evangelización y desarrollo       (Domingo, 16/12/18)

Ha sonado una nueva hora para las misiones… Esto significa que la actividad misionera debe ser concebida con perspectivas amplias y modernas. Se impone una nueva planificación en los principios teológicos, en la propaganda, en el reclutamiento, en la preparación, en los métodos, en las obras, en la organización. En esta revisión de la vocación misionera se confrontan dos concepciones distintas: evangelización y desarrollo.

Evangelización, la acción propia orientada al anuncio del Reino de Dios, del Evangelio como revelación del plan salvífico en Cristo Señor, mediante la acción del Espíritu Santo, que encuentra en el ministerio de la Iglesia su vehículo y en la edificación de la Iglesia misma su objetivo y en la gloria de Dios su término.

Desarrollo, la promoción humana, civil, temporal de aquellos pueblos que, al contacto con la civilización moderna y con la ayuda que ésta puede darles, adquieren una nueva conciencia de sí mismos y se ponen en marcha hacia niveles superiores de cultura, de prosperidad: por esta promoción debe ser interesarse el misionero como deber suyo imprescindible.

Para nosotros, creyentes, sería inconcebible una actividad misionera que hiciese de la realidad terrena su objetivo único y principal, y perdiese de vista su fin esencial: llevar a todos los hombres la luz de la fe, regenerarlos mediante el bautismo…

No debe ser dilema… La cuestión se plantea más bien en el método: ¿debe preceder la evangelización o el desarrollo?

La respuesta no puede ser univoca, sino dictada por la experiencia, la posibilidad, el modo de actuar: vigilante y paciente, conforme al carácter apostólico y a las exigencias de las distintas ocasiones…

La actividad por el desarrollo coordinada con la evangelización irradia también ella una luz de Cristo, la luz de la dignidad humana.

 

17.- No se puede separar el amor de Dios del amor a los hombres    (Domingo, 23/12/18)

Nos corresponde anunciar el Evangelio en este período extraordinario de la historia humana… en el que, a extremos de progreso nunca antes logrados, se asocian abismos de perplejidad y desesperación, también sin precedentes.

La Buena Nueva es esta: que Dios nos ama; que se ha hecho hombre para compartir nuestra vida y compartir su vida con nosotros; que él marcha con nosotros -cada paso del camino-, haciendo suyas nuestras inquietudes, puesto que tiene cuidado de nosotros; y que, por tanto, los hombres no estamos solos, porque Dios está presente en toda nuestra historia, la de los pueblos y la de los individuos; que nos llevará, si queremos, a una felicidad eterna que trasciende los límites de toda esperanza humana.

Fieles a su espíritu, nuestros misioneros nunca han pensado en separar el amor de Dios del amor a los hombres, mucho menos en oponer el uno al otro… Así descubrimos al hombre las últimas razones de sus esfuerzos por el desarrollo: el reconocimiento de los valores supremos, y de Dios, su fuente y fin… la fe… Tenemos que decir a los hombres y recordarles sin cesar que “la clave, el punto focal y la meta de la historia humana” se encuentran en nuestro Señor y Maestro (GS 21)… No; “no nos avergonzamos del Evangelio”.

No podemos proveer de la ayuda necesaria a los misioneros de la Iglesia, ni al gran número de obras de religión y caridad que ellos emprenden sin cesar… Nos vemos forzados a urgir a todos y a cada uno de los fieles católicos a que hagan todavía mayores sacrificios por la fe; y lo pedimos no solo a las sociedades más prósperas, sino también a los que, como la viuda alabada por Cristo, deben dar “de su pobreza”… Tenemos que sentirnos una cosa sola con nuestros misioneros.

 

18.- El fin primario de la misión es evangelizar   (Domingo, 30/12/18)

La cooperación misionera hay que entenderla siempre como una ayuda específica y directa a la evangelización. El fin primario de la acción de la Iglesia es el anuncio y difusión del Evangelio de su divino Fundador. Por eso, la ayuda no la podemos reducir a una obra de civilización humana, a la promoción del “Tercer Mundo”.

Con frecuencia, hay que agregar a la actividad evangelizadora, iniciativas de apremiante necesidad para la promoción material y cultural de las personas y de los pueblos en fase de desarrollo. Aún en estos casos, es necesario conservar el carácter preeminente del anuncio del Evangelio y de la fundación de las Iglesias locales, de modo que la ayuda técnica o económica aparezca como lógica consecuencia de la predicación de la ley del amor, aprendida en la escuela de Cristo.

De este modo, la ayuda prestada por los misioneros se presentará en forma de entrega exquisitamente fraterna, esparciendo así la semilla y abriendo la puerta a la predicación que seguirá allá donde Jesucristo no se ha manifestado todavía en su trascendente plenitud.

Los primeros llamados a colaborar son los obispos, sacerdotes, religiosos, y los laicos que desean vivir coherentemente su vocación bautismal.

El espíritu de ayuda que queremos recomendar y promover es precisamente el de las Obras Misionales Pontificias… porque nacieron en el seno mismo de la comunidad cristiana para estimular la conciencia misionera de todo el Pueblo de Dios.