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MISIÓN AD GENTES: 2008-2009 |
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Ser presencia paciente del amor de Dios 4/Abril/2010 |
En la vida misionera no hay que estar tan preocupados
del hacer como del ser. Importa, sobre todo, ser una presencia del amor de Dios
que, como la sal, da sabor, construye una comunidad de pobres.
Hoy, cuando se critican las utopías (de derechas o de
izquierdas) y los grandes relatos de la modernidad (razón, progreso, revolución,
libertad, historia) prefiriendo gozar de lo inmediato, centrándose, sobre todo,
en el presente y valorando la cotidianidad, el misionero tiene que ser una
persona sin prisas, pero apasionado por la tarea misionera que no entiende tanto
de realizaciones materiales, construcciones, proyectos, cuanto de los lazos, los
frutos de comunión creados entre la gente, la calidad en nuestra manera de
“estar con”, de nuestra fraternidad, de nuestra ternura, de nuestra comprensión,
de nuestra compasión y de nuestra hospitalidad.
La paciencia es, sin duda, una de las virtudes más
misioneras. Caminar con la gente, adaptarse a su ritmo. No tratar de imponer ni
de imponerse por la fuerza. El misionero poco a poco debe perder la obsesión por
la prisa y darse cuenta que la eficacia de la misión se mide con otros
parámetros.
Los pobres valoran, por encima de todo, la
hospitalidad y la acogida. En sus culturas, más humanistas que las nuestras, el
centro de todo es la relación, la interdependencia, la comunidad. El misionero
solitario en su ser y actuar, no sirve. Debe gozar con la presencia y cercanía
de la gente, sentirse a gusto con ella y acogerla, incondicionalmente. Sólo así
podrá comprender y acompañar a la gente en los procesos de iniciación y
maduración en la fe.
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