MISIÓN AD GENTES: 2008-2009

 

La misión se comprende y se fundamenta en la fe

11/Abril/2010

 

 

  En la historia de la Iglesia, el impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, así como su disminución es signo de una crisis de fe. Hay que vivir con gozo la invitación a descubrir que todos los bautizados estamos llamados a ser misioneros.

Ciertamente que sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión. Necesitamos reavivar en nosotros el impulso de la Iglesia en los orígenes, dejarnos afectar por el ardor de la predicación después de Pentecostés: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Los primeros cristianos asumieron la tarea misionera como algo normal en su condición de discípulos. La conciencia de pertenecer a la Iglesia es la que hace que los cristianos seamos fundamentalmente “testigos”.

Por eso, el reconocimiento de la tarea realizada por los misioneros abre nuevos horizontes para quienes deseamos actualizar esta dimensión fundamental de la vocación cristiana. Actualmente es necesaria la presentación clara y vivencial de la figura y del mensaje de Cristo. El mayor desafío con que nos encontramos hoy es el encuentro de las religiones y culturas actuales con el cristianismo, y ese desafío debe tener una respuesta clara por nuestra parte con el anuncio, sin complejos, de la Buena Noticia de la salvación en Cristo.

Por otro lado, también es importante la manera de hacer el Anuncio. Como el misionero es el hombre de las Bienaventuranzas, como la característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior que viene de la fe; en un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la Buena Noticia ha de ser alguien que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza. Todas las preguntas “sobre la misión de la Iglesia” encuentran la respuesta en que: La Iglesia es Iglesia por ser misionera.

  

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