23.- La ascensión es despedida-promesa y misión.

23.- La ascensión es despedida-promesa y misión. (Domingo, 30/1/22).

Colaboración semanal en clave misionera de Don Antonio Evans Martos, Delegado misiones en Córdoba. España (curso 2021-22).

La Ascensión conmemora la despedida de Jesús. No obstante, mientras Cristo estaba para ascender al  Cielo, los discípulos -que, además, lo habían visto resucitado- no parecían que hubiesen entendido aún lo  sucedido. Él iba a dar inicio al cumplimiento de su Reino y ellos se perdían todavía en sus propias  conjeturas. Le preguntaban si iba a restaurar el reino de Israel.  

Pero, cuando Cristo los dejó, en vez de quedarse tristes, dice el evangelista Lucas que volvieron a  Jerusalén «con gran alegría» (24,52). Jesús ya les había prometido que la fuerza del Espíritu descendería  sobre ellos en Pentecostés. Este es el milagro que cambió las cosas. Y ellos cobraron seguridad, porque  confiaron todo al Señor. Estaban llenos de alegría. Y la alegría en ellos era la plenitud de la consolación, la  plenitud de la presencia del Señor. 

Pablo escribe a los Gálatas que la plenitud del gozo de los Apóstoles no es el efecto de unas  emociones que satisfacen y alegran. Es un gozo desbordante que solo se puede experimentar como fruto y  como don del Espíritu (cf. 5,22). Recibir el gozo del Espíritu es una gracia. Y es la única fuerza que  podemos tener para predicar el Evangelio, para confesar la fe en el Señor. La fe es testimoniar la alegría  que nos da el Señor. Un gozo como ese no nos lo podemos dar nosotros solos. 

Jesús, antes de irse, dijo a los suyos que les mandaría el Espíritu, el Consolador. Y así entregó  también al Espíritu la obra apostólica de la Iglesia, durante toda la historia, hasta su venida. El misterio de la Ascensión, junto con la efusión del Espíritu en Pentecostés, imprime y confiere para siempre a la misión de  la Iglesia su rasgo genético más íntimo: el de ser obra del Espíritu y no consecuencia de nuestras  reflexiones e intenciones. Y este es el rasgo que puede hacer fecunda la misión y preservarla de cualquier  presunta autosuficiencia, de la tentación de tomar como rehén la carne de Cristo -que asciende al Cielo para los propios proyectos clericales de poder. 

Cuando, en la misión de la Iglesia, no se acoge ni se reconoce la obra real y eficaz del Espíritu, quiere  decir que, hasta las palabras de la misión -incluso las más exactas y las más reflexionadas- se han  convertido en una especie de “discursos de sabiduría humana”, usados para auto-glorificarse o para quitar y  ocultar los propios desiertos interiores. 

Don Antonio Evans Martos. Delegado Episcopal de Misiones en Córdoba-España.

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