24.- La alegría del Evangelio.

24.- La alegría del Evangelio (Domingo, 6/2/22).

Colaboración semanal en clave misionera de Don Antonio Evans Martos, Delegado misiones en Córdoba. España (curso 2021-22).

La salvación es el encuentro con Jesús que nos ama y nos perdona enviándonos el Espíritu, que nos  consuela y nos defiende. La salvación no es la consecuencia de nuestras iniciativas misioneras, ni siquiera  de nuestros razonamientos sobre la encarnación del Verbo. La salvación de cada uno puede ocurrir solo a  través de la perspectiva del encuentro con Él, que nos llama. Por esto, el misterio de la predilección inicia -y  no puede no iniciar- con un impulso de alegría, de gratitud.  

La alegría del Evangelio, esa “alegría grande” de las pobres mujeres que, en la mañana de Pascua,  fueron al sepulcro de Cristo y lo hallaron vacío, y que luego fueron las primeras en encontrarse con Jesús  resucitado y corrieron a decírselo a los demás (cf. Mt 28,8-10). Solo así, el ser elegidos y predilectos puede  testimoniar ante todo el mundo, con nuestras vidas, la gloria de Cristo resucitado. 

Los testigos son aquellos que certifican lo que otro ha hecho. Solo así podemos nosotros ser testigos  de Cristo y de su Espíritu. San Marcos cuenta cómo los apóstoles y los discípulos «se fueron a predicar por  todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban» (16,20).  Cristo, con su Espíritu, es el que da testimonio de sí mismo mediante las obras que lleva a cabo en nosotros  y con nosotros.

La Iglesia no rogaría al Señor que les concediera la fe a aquellos que no conocen a Cristo, si no  creyera que es Dios mismo el que dirige y atrae hacia sí la voluntad de los hombres. La Iglesia no haría  rezar a sus hijos para pedir la perseverancia en la fe en Cristo, si no creyese que es el mismo Señor quien  tiene en su mano nuestros corazones. Si la Iglesia rogase estas cosas, pensando que las puede conseguir  por sí, significaría que sus oraciones no serían auténticas, sino solo fórmulas vacías. Si no se reconoce que  la fe es un don de Dios, tampoco tendrían sentido las oraciones que la Iglesia le dirige. Y no se manifestaría  a través de ellas ninguna pasión por la felicidad y la salvación de los demás y de los que no reconocen a  Cristo resucitado, aunque se dedique mucho tiempo a organizar la conversión del mundo. 

Es el Espíritu quien enciende y custodia la fe en los corazones, y reconocer este hecho lo cambia todo.  Es el Espíritu el que suscita y anima la misión, le imprime connotaciones “genéticas”, matices y movimientos  particulares que hacen del anuncio del Evangelio y de la confesión de la fe cristiana algo distinto a cualquier  proselitismo político o cultural, psicológico o religioso. 

Don Antonio Evans Martos. Delegado Episcopal de Misiones en Córdoba-España.

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