MISIÓN AD GENTES 2025-2026.

 

MISIÓN AD GENTES 2025-2026.

Colaboración semanal durante el curso 2025-2026 en clave misionera de Don Antonio Evans Martos, Delegado episcopal de misiones en Córdoba. España. 

 VÍDEOS DE MISIÓN AD GENTES 2025-26.

 

1.- «MISIONEROS DE ESPERANZA ENTRE LOS PUEBLOS-I (7-09-25).

-ID TRAS LAS HUELLAS DE CRISTO NUESTRA ESPERANZA-

-Id tras las huellas de Cristo nuestra esperanza-

El Mensaje para el Domund 2025 está considerado como el “testamento espiritual misionero” del Papa Francisco continuando el camino de renovación evangélica misionera de la Iglesia, para que todos lleguemos a ser “artesanos” de esperanza.

Para ese fin propone en primer lugar ir tras las huellas de Cristo nuestra esperanza, mantener la mirada en Él porque es el centro de la historia, Él «es el mismo ayer y hoy y lo será siempre» (Hb 13,8). Ya, en la sinagoga de Nazaret, declaró el cumplimiento de la Escritura en el “hoy” de su presencia histórica. Él era el enviado del Padre, con la unción del Espíritu Santo, para llevar la Buena Noticia del Reino de Dios, e inaugurar «un año de gracia del Señor» para toda la humanidad (cf. Lc 4,16-21).

Ese «año de gracia del Señor» que proclamó es la realización en plenitud del Jubileo bíblico (cf. Lv 25) en el que se celebraba: la liberación de todo lo que impedía la plena realización personal y social; la restauración de todos los daños originados por el pecado personal y social; la renovación del proyecto original de Dios, su recreación, nacer de nuevo, como personas y como pueblo; y la capacitación para poder llegar a ser realidad el sueño de Dios, ser el signo de que ya se ha iniciado lo que se espera y el instrumento que lo hace universal… Por lo que se traducía en fiesta, ya que la esperanza no defrauda porque Dios es fiel en su misericordia.

Este “hoy” -nos dice el Papa- perdura, Cristo es el cumplimiento de la salvación para todos los que esperan. Él, en su vida terrena, pasó devolviendo la esperanza a los necesitados y al pueblo. Además, experimentó todas las fragilidades humanas, pasando también momentos críticos, que podían conducir a la desesperación, como en la agonía del Getsemaní y en la cruz. Pero Él encomendaba todo a su Padre, obedeciendo confiado a su Plan salvífico. Así se convirtió en modelo supremo de todos los Misioneros de Esperanza.    

Cristo resucitado continúa su ministerio de esperanza para todos a través de su Iglesia. Él a través de ella sigue siendo buen samaritano ante cada persona pobre, afligida, desesperada y oprimida. Con su mismo espíritu de servicio, la Iglesia prolonga esa misión en medio de las gentes afrontando persecuciones, tribulaciones y dificultades; incluso sus propias imperfecciones y caídas, a causa de las fragilidades de sus miembros. La Iglesia, impulsada por el amor de Cristo, avanza acogiendo el clamor de la humanidad, sin perder la esperanza, contagiándola. Esta es la Iglesia del Señor: misionera, caminando con el Señor por las vías del mundo.

Debemos ser, todos los bautizados, discípulos-misioneros que hagan resplandecer la propia esperanza en cada rincón de la tierra.

2.- «MISIONEROS DE ESPERANZA ENTRE LOS PUEBLOS»-II  (14-9-2025). 

-SER, EN CRISTO Y COMO CRISTO, PORTADORES Y CONSTRUCTORES DE ESPERANZA-

Los cristianos estamos llamados a evangelizar compartiendo las condiciones de vida de las personas que nos encontramos, siendo portadores y constructores de esperanza (cf. GS, 1)

El Papa dice estar pensando particularmente en los misioneros ad gentes, los enviados, en el nombre de Jesucristo a las periferias geográficas. Porque ellos, siguiendo la llamada divina, han estado disponibles a ir a otras naciones para dar a conocer el amor de Dios en Cristo; por eso, el Papa les está agradecido de corazón. Sus vidas -nos dice el Papa- son una respuesta concreta al mandato de Cristo resucitado, que ha enviado a sus discípulos a evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28,18-20). De ese modo, los misioneros señalan la vocación universal de todos los bautizados a ser, con la fuerza del Espíritu Santo y el compromiso diario, entre los pueblos, misioneros de esa inmensa esperanza que nos concede Jesús, el Señor.

Pero, como el mandato de ser, en Cristo y como Cristo, portadores y constructores de la esperanza cristiana incumbe a todos los bautizados, a toda la Iglesia, hay que tener presente también las periferias sociales y culturales, ya que la esperanza cristiana va más allá de las realidades mundanas y se abre a las divinas, que ya pregustamos en el presente (EN, 27). La esperanza cristiana requiere que seamos signos de una nueva humanidad en un mundo que muestra síntomas de crisis de lo humano: con un sentimiento generalizado de desorientación, soledad y abandono de los ancianos; mostrando dificultad para estar disponibles a ayudar a quienes nos rodean; donde decae la proximidad, estamos todos interconectados pero no estamos en relación; donde la eficiencia y el apego a las cosas y a las ambiciones hacen que estemos centrados en nosotros mismos y seamos incapaces de altruismo. El Evangelio, vivido en la comunidad, puede restituirnos una humanidad íntegra, sana, redimida.

El Papa renueva la invitación a todos, con opción preferencial a todas las periferias, a realizar las obras indicadas en la Bula de convocación al Jubileo (nn7-15): que tengamos una particular atención a los más pobres y débiles, enfermos, ancianos y excluidos; y que lo hagamos con el estilo de Jesús: con cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal en su situación concreta (cf. EG, 127-128). Acentúa que muchas veces, serán ellos quienes nos enseñarán a vivir con esperanza.

Esas dos expresiones son claves (la atención a los pobres y el estilo evangélico), porque los cristianos, discípulos-misioneros de la esperanza, somos transmisores a los demás de las gracias concretas de Dios en Cristo. Para vivir como portadores y constructores de esperanza por vocación, estamos llamados a ser cada vez más “signos del Corazón de Cristo y del amor del Padre, abrazando al mundo entero”. Los misioneros de la esperanza son, por tanto, también y sobre todo, misioneros de la misericordia fiel divina.

 

3.- «MISIONEROS DE ESPERANZA ENTRE LOS PUEBLOS»-III (21-9-25). -TRES CAMINOS PARA RENOVAR LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA DE LA ESPERANZA-

Hoy, ante la urgencia de la misión de la esperanza, todos los bautizados somos invitados por el Papa a ser los primeros en formarnos para poder realizar el altísimo honor de ser, en Cristo y como Cristo, “artesanos” de esperanza y restauradores de una humanidad con frecuencia distraída e infeliz.

El primer camino que debemos seguir es el de renovar en nosotros la espiritualidad pascual que vivimos en cada celebración eucarística y sobre todo en el Triduo Pascual, centro y culmen del año litúrgico. Se trata de tomar conciencia de que hemos sido bautizados en la muerte y resurrección redentora de Cristo, en la Pascua del Señor, que marca la eterna primavera de la historia. Renacemos permanentemente del Señor. Somos “gente de primavera”, con una mirada siempre llena de esperanza para compartir con todos, porque en Cristo creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras sobre la existencia humana. Siendo conscientes de que de los misterios pascuales, que se actualizan en cada una de las celebraciones litúrgicas y en los sacramentos, recibimos continuamente la fuerza del Espíritu Santo con el celo, la determinación y la paciencia necesarios para trabajar en el vasto campo de la evangelización del mundo.

El segundo camino necesario es el de la oración, una manera sencilla pero siempre eficaz de vivir y transmitir la esperanza en la misión. Los misioneros de esperanza son hombres y mujeres de oración. El Papa apunta concretamente a hacerlo también y sobre todo con la Palabra de Dios y particularmente con los Salmos. Rezando mantenemos encendida la llama de la esperanza que Dios encendió en nosotros, para que se convierta en una gran hoguera, que ilumine y dé calor a todos los que están alrededor, también con acciones y gestos concretos inspirados por esa misma oración.

El tercer camino necesario es ser conscientes de que la evangelización es siempre un proceso comunitario, como el carácter de la esperanza cristiana (cf. SS, 14). Es necesario continuar, después del primer anuncio y el bautismo, con la construcción de comunidades cristianas a través del acompañamiento de cada bautizado por el camino del Evangelio. En la sociedad moderna, la pertenencia a la Iglesia no es nunca una realidad adquirida de una vez por todas. La acción misionera de transmitir y formar una fe madura en Cristo es «el paradigma de toda obra de la Iglesia» (EG, 15), una obra que requiere comunión de oración y de acción.

El Papa completa su Mensaje para el Domund recomendando de nuevo la renovación del espíritu sinodal de la Iglesia y el servicio de las Obras Misionales Pontificias en promover la responsabilidad misionera de los bautizados y en sostener a las nuevas Iglesias particulares.

Y termina exhortando a todos -niños, jóvenes, adultos, ancianos-, a participar activamente en la común misión evangelizadora con el testimonio de sus vidas y con la oración, con sus sacrificios y su generosidad. Por todo lo cual, da las gracias de corazón.

Por último, confía a María, Madre de Jesucristo nuestra esperanza, «Que la luz de la esperanza cristiana pueda llegar a todas las personas, como mensaje del amor de Dios que se dirige a todos. Y que la Iglesia sea testigo fiel de este anuncio en todas partes del mundo» (Spes non confundit, 6).

 

 

 

4.- SEMANA DEL ENCUENTRO PERSONAL CON CRISTO VIVO EN SU IGLESIA (28-09-25).

Iniciamos la celebración del Octubre Misionero acogiendo el Mensaje que ensu día redactó el Papa Francisco y que está considerado su “testamento espiritual misionero”.

Con el lema «Misioneros de esperanza entre los pueblos» el Papa Francisco nos recuerda a todos que nuestra vocación fundamental es ser mensajeros y constructores de esperanza. Y para ese fin propone en primer lugar ir tras las huellas de Cristo nuestra esperanza, mantener la mirada en Él porque es el centro de la historia, “es el mismo ayer, hoy, y lo será siempre” (Hb 13,8), es el fundamento y modelo de la esperanza cristiana. Seguirle, salir una y otra vez sin cansarnos o desanimarnos ante las dificultades y los obstáculos para cumplir fielmente la misión recibida del Señor.

Más aún, el Papa nos indica la manera de realizar la misión. Nos matiza que hay que hacerla con respeto y amabilidad, con cercanía, compasión y ternura. Aspectos que reflejan el modo de ser y de actuar de Dios. El centro de nuestra vida y de nuestra misión debe ser siempre Cristo, fundamento y modelo de la esperanza cristiana.

Pero para vivir ese seguimiento es necesario tener un encuentro personal con Él, que sigue vivo en su Iglesia a través de la Eucaristía, la palabra de Dios, la oración personal y la comunitaria. Esta es la perspectiva en la que la Iglesia se mueve y desarrolla su misión aquí y ad gentes: oración, testimonio, formación y caridad pueden ser los caminos concretos para que cada bautizado pueda confesar su ser profeta gracias al bautismo.

Y como testigo de ese encuentro y de ese seguimiento de Cristo tenemos el testimonio de san Juan de Ávila, llamado Apóstol de Andalucía por su vida entregada a la evangelización del sur de España. Si la nueva evangelización pretende reanimar la vida cristiana y difundir a todas las gentes la Buena Noticia de Jesús, san Juan de Ávila no fue ajeno a este propósito. En un contexto tan complejo como el suyo, de no fácil convivencia entre religiones y culturas y de extensas áreas descristianizadas por siglos de dominación musulmana, contó también con su “atrio de los gentiles”, generando un original modo de diálogo y exposición de la fe en el que ensamblaba la solidez de la doctrina cristiana con referencias al vivir cotidiano y con su testimonio de vida.

 

5.- SEMANA DEL TESTIMONIO MISIONERO (5-10-25).

El Domund de este año, con el lema «Misioneros de esperanza entre los pueblos», nos recuerda que estamos llamados a evangelizar compartiendo las condiciones de vida de las personas que nos encontramos, siendo portadores y constructores de esperanza. Pues, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS, 1).

Precisamente en este punto es donde el Papa pone a los misioneros ad gentes como auténticos testimonios por su disponibilidad fiel al mandato de Jesús de mostrar y anunciar la misericordia y la fidelidad de Dios a todos los pueblos. Esa radicalidad de entregar toda su vida -y de por vida- para llevar ese mensaje de esperanza a los sitios más lejanos y empobrecidos es el motivo por el que el Papa les muestra su profundo agradecimiento.

Pero sin dejar atrás que todos estamos implicados en la misión evangelizadora, que la verdad sobre la esperanza cristiana hay que testimoniarla con valentía, señalando y acercando a todos las realidades divinas y trascendentales, las únicas que responden a las esenciales necesidades de cada corazón humano. Con ese objetivo nos pide que, como discípulos-misioneros de Cristo, realicemos acciones concretas que favorezcan y animen la esperanza cristiana en el mundo. Sin olvidar que debemos realizarlas con estilo evangélico, con el estilo de Jesucristo: con cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal de cada uno de nuestros hermanos en su situación concreta.

Durante esta semana el Papa nos invita a contemplar, además del testimonio de nuestros actuales misioneros ad gentes, el testimonio de los santos, de los mártires de la misión y de los confesores de la fe, que nos precedieron y que fueron expresión de la adultez en la fe de la Iglesia, y auténticos “artesanos” de la esperanza.

Nuestra Iglesia particular ha recogido diez testimonios de sacerdotes, religiosos y laicos que, al aire del Espíritu, se sintieron enviados a mostrar el amor de Dios en todas las periferias, ya sean geográficas, las sociales o las culturales, como expresión del espíritu misionero de nuestra Iglesia particular, y hoy quiere presentarlos como modelos e intercesores en la fe y en la misión.

Hoy queremos considerar el testimonio de San Francisco Solano, natural de Montilla, vivió toda su vida y realizó su misión siguiendo radicalmente a Cristo. De aquí que podemos tenerlo como modelo de discípulo y de misionero. Desde muy joven aprendió a caminar por la periferia, por lo marginal, por lo insignificante, llegando a ver ahí a Dios y desenvolviéndose en esos campos con una soltura impresionante y con una alegría que no tiene explicación si no es vista con los ojos limpios a los que hace referencia el Evangelio. Fue un auténtico “artesano” de la esperanza cristiana.

6.- SEMANA DE LA FORMACIÓN MISIONERA (12-10-25).

Con el lema «Misioneros de la esperanza entre los pueblos», la Iglesia busca recordar a cada cristiano y a la Iglesia, comunidad de bautizados, la vocación fundamental a ser mensajeros y constructores de la esperanza, siguiendo las huellas de Cristo; que nos dejemos guiar por el Espíritu de Dios y arder de santo celo para iniciar una nueva etapa evangelizadora de la Iglesia, enviada a reavivar la esperanza en un mundo abrumado por densas sombras; despertar la conciencia misionera y la transformación misionera de la vida y de la pastoral.

Así, ante el panorama que presenta nuestro mundo, ante la urgencia de la misión de la esperanza, todos los bautizados somos invitados por el Papa a ser los primeros en formarnos, en hacer adulta nuestra fe, en adquirir una formación bíblica, catequética, espiritual y teológica sobre la missio ad gentes, para poder realizar el altísimo honor de ser, en Cristo y como Cristo, “artesanos” de esperanza y restauradores de una humanidad con frecuencia distraída e infeliz. Con ese objetivo indica tres caminos necesarios para renovar la espiritualidad misionera de la esperanza cristiana por vocación:

– Primero, renovando la espiritualidad pascual, viviendo cada vez más intensamente la Eucaristía y sobre todo el Triduo Pascual, centro y culmen del año litúrgico. Ser “gente de primavera”, que vive en Cristo y como Cristo, que siente con el corazón de Cristo, mira con sus ojos, y vive con una alegría incombustible, con una esperanza cierta.

– Segundo, haciéndolo a través de la oración. Sobre todo con la Palabra de Dios y los Salmos, pues estos nos educan para esperar en las adversidades, para discernir los signos de esperanza y tener el constante deseo misionero de que Dios sea alabado por todos los pueblos

– Y tercero, siendo conscientes de que la evangelización es siempre un proceso comunitario. Lo que se traduce en la necesidad de seguir con una formación permanente de la fe cristiana hasta su madurez, capaz de generar a Cristo en los demás.

Hoy contemplamos el testimonio del santo obispo dominico Domingo Henares, natural de Baena y misionero en Vietnam. Él vivió evangélicamente su consagración bautismal, religiosa, sacerdotal y episcopal, siendo un hombre de Dios y amador de los hombres. De su intimidad con Dios, que apoyaba en una vida de oración intensa, brotaba, como de su fuente, su caridad, bondad, paciencia, prudencia y alegría. Su sensibilidad apostólica se manifestó con los marginados y pobres de una manera práctica y efectiva: se desprendía de cuanto tenía algún valor para comprar telas que por la noche cosía y remendaba para vestir a los pobres. Pero donde se encuentra la piedra de toque de su sensibilidad social es en los extremos más débiles: los niños y los ancianos.

7.-SEMANA DE CARIDAD MISIONERA (19-10-25). 

El Octubre Misionero culmina en esta cuarta semana, dedicada a la caridad misionera como apoyo para el inmenso trabajo de evangelización y de la formación cristiana de las Iglesias más necesitadas. Con el lema «Misioneros de esperanza entre los pueblos» el Papa Francisco nos recuerda que nuestra vocación fundamental es ser mensajeros y constructores de esperanza, por tanto, también y sobre todo, misioneros de la misericordia fiel de Dios.

Como discípulos-misioneros de Cristo, como misioneros de la misericordia fiel de Dios, debemos realizar acciones concretas que favorezcan y animen la esperanza cristiana en el mundo. Para vivir como “artesanos” de esperanza cristiana por vocación debemos ser signos del Amor del Padre, del Corazón de Cristo que busca abrazar al mundo entero. Lo cual requiere siempre el estilo evangélico, el de Jesucristo: cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal de cada uno de nuestros hermanos en su situación concreta.

Realmente, la caridad es la prueba de nuestra fe y de nuestra esperanza. La caridad se convierte en programa de vida para la Iglesia apoyando espiritual y materialmente el trabajo de la evangelización: anunciar a un Dios hecho hombre que acompaña a cada criatura en su caminar ofreciendo amor, sentido a la vida y esperanza; y rubricarlo con la opción preferencial por los más alejados, empobrecidos y marginados, amando lo no amable, soportando lo insoportable, esperando contra toda esperanza, reaccionando siempre con amor. La caridad se acrisola en el perdón, en entregar la vida por los que te la quitan.

Como todos los años, hay que recordar que están esperando de nuestra caridad: millones de personas que viven en la más absoluta pobreza; millones que nacen viven y mueren sin hogar; millones que mueren de hambre; millones de refugiados; y un desgraciado largo etc. de dolor, sufrimiento, injusticia, desesperanza y desolación. Estamos llamados todos a ser “artesanos” de su esperanza.

Hoy tenemos el testimonio del ardor misionero de san Nicolás María Alberca, natural de Aguilar de la Frontera y misionero en Damasco (Siria), quien a través de sus cartas deja patente una personalidad humanamente muy rica, pero sobre todo adornada con un sello sobrenatural que se manifiesta en todas sus aspiraciones y acciones, pues siempre se mueve a impulsos de un ideal: hacer en todo y por todo la voluntad de Dios; también resalta a través de su existencia su lucha tenaz por llevar a término su vocación y un profético presentimiento de su martirio, ocurrido nada más llegar a su destino.

 

8.- JESUCRISTO ES LA ESPERANZA DE LA HUMANIDAD (26-10-25).

Evangelizar es proclamar, confesar nuestra fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda, el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos (cf Hch 4,12).

En base a esta confesión de fe brota de nuestro corazón y de nuestros labios una alegre confesión de esperanza: ¡Tú, Señor, resucitado y vivo, eres la esperanza siempre nueva de la Iglesia y de la humanidad; Tú eres la única y verdadera esperanza del hombre y de la historia; Tú eres entre nosotros “la esperanza de la gloria” (Col 1,27) ya en esta vida y también más allá de la muerte! En ti y contigo podemos alcanzar la verdad, nuestra existencia tiene un sentido, la comunión es posible, la diversidad puede transformarse en riqueza, la fuerza del Reino ya está actuando en la historia y contribuye a la edificación de la ciudad del hombre, la caridad da valor perenne a los esfuerzos de la humanidad, el dolor puede hacerse salvífico, la vida vencerá a la muerte y lo creado participará de la gloria de los hijos de Dios (Mensaje final de la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de Obispos, 1999).

Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el seno del Padre desde siempre (cf Jn 1,18), es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos.

Jesucristo es nuestra esperanza porque revela el misterio de la Trinidad. Este es el centro de la fe cristiana, que puede ofrecer una gran aportación a la edificación de estructuras que, inspirándose en los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la historia y la cultura de los pueblos.

Múltiples son las raíces ideales que han contribuido con su savia al reconocimiento del valor de la persona y de su dignidad inalienable, del carácter sagrado de la vida humana y del papel central de la familia, de la importancia de la educación y de la libertad de opinión, de palabra, de religión, así como también a la tutela legal de los individuos y de los grupos, a la promoción de la solidaridad y del bien común, al reconocimiento de la dignidad del trabajo. Tales raíces han favorecido que el poder político esté sujeto a la ley y al respeto de los derechos de la persona y de los pueblos.

Jesucristo es nuestra esperanza porque es el único mediador y portador de salvación para la humanidad entera. De ahí que la Iglesia ha de reconocerse como un don con el que Dios enriquece a los pueblos anunciando y testimoniando que solo en Él, la humanidad, la historia y el cosmos, encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente. Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación. No solo es un mediador de salvación, sino la fuente misma de la salvación.

9.- SIN CONVERSIÓN, NO HAY ESPERANZA (2-11-25). 

Es una exigencia que nace de la necesidad de dar una verdadera imagen de la Iglesia ante el panorama que presenta nuestro tiempo actual que vive envuelto en un secularismo que contagia a un amplio sector de cristianos que normalmente piensan, deciden y viven “como si Cristo no existiera”. Lo exige también la grave situación de indiferencia religiosa que reina en nuestra sociedad, incluso en nuestras propias familias. Y, sobre todo, lo exige la presencia de muchos que no conocen todavía a Jesucristo y su Iglesia, y que todavía no están bautizados. Todo ello, lejos de apagar nuestra esperanza, la hacen más humilde y capaz de confiar solo en Dios. De su misericordia recibimos la gracia y el compromiso de la conversión.

Jesucristo es nuestra esperanza en la medida en que nos abramos constantemente con confianza a Él y nos dejemos renovar por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a ella (cf Jn 14,6; Sal 16[15],11). Por el tenor de vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los hombres podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre. En efecto, en la fe de la Iglesia no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos (Hch 4,12).

Jesucristo es la esperanza de toda persona porque da la vida eterna. Él es “la Palabra de vida” (1Jn 1,1), venido al mundo para que los hombres “tengan la vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Así nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad.

La misión de la Iglesia es tener en cuenta la sed de verdad de toda persona y la necesidad de valores auténticos que anima a los pueblos. Es preciso que la Iglesia sepa devolver a la esperanza su dimensión escatológica originaria. En efecto, la verdadera esperanza cristiana es teologal y escatológica, fundada en el Resucitado, que vendrá de nuevo como Redentor y Juez, y que nos llama a la resurrección y al premio eterno (cf. “Ecclesia in Europa”, san Juan Pablo II, nn.18-21).

Se necesita una actitud sincera de conversión evangélica que nos lance a anunciar y servir al Evangelio de la Esperanza: a insertar en el mundo los valores del Reino, a comprometerse en la política, en la realidad social, en la economía, en la cultura, en la ecología, en la vida internacional, en la familia, en la educación, en las profesiones, en el trabajo y el sufrimiento.

 

10.-URGE EVANGELIZAR AL MATRIMINIO Y A LA FAMILIA-I (9-11-25). 

Es urgente proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia, es una necesidad que siente la Iglesia de manera apremiante porque sabe que dicha tarea le compete por la misión evangelizadora que su Esposo y Señor le ha confiado y que hoy se plantea con especial urgencia.

Son muchos los factores culturales, sociales y políticos, que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia; que comprometen en buena medida la verdad y dignidad de la persona humana; que ponen en tela de juicio, desvirtuándola, la idea misma de familia; que tergiversan cada vez más el valor de la indisolubilidad matrimonial; que reclaman formas de reconocimiento legal de las convivencias de hecho, equiparándolas al matrimonio legítimo; que presentan proyectos para que se acepten modelos de pareja en los que la diferencia sexual no se considera esencial.

Y es en este contexto, en el que se pide a la Iglesia que anuncie con renovado vigor lo que el Evangelio dice sobre el matrimonio y la familia, para comprender su sentido y su valor en el designio salvador de Dios. En particular, es preciso reafirmar dichas instituciones como provenientes de la voluntad de Dios. Hay que descubrir la verdad del matrimonio y de la familia como una íntima comunión de vida y amor, abierta a la procreación de nuevas personas, así como su dignidad de “Iglesia doméstica” y su participación en la misión de la Iglesia y en la vida de la sociedad.

Se ha de reconocer que muchas familias, en la existencia cotidiana vivida en el amor, son testigos visibles de la presencia de Jesús, que las acompaña y sustenta con el don de su Espíritu. Para apoyarlas en este camino, se debe:

  • En primer lugar, profundizar la teología y la espiritualidad del matrimonio y de la familia.
  • En segundo lugar, proclamar con firmeza e integridad, manifestándolo con ejemplos convincentes, la verdad y la belleza de la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, entendido como unión estable y abierta al don de la vida.
  • En tercer lugar, promover en todas las comunidades eclesiales una adecuada y orgánica pastoral familiar.
  • En cuarto lugar, ofrecer con solicitud materna por parte de la Iglesia una ayuda a los que se encuentran en situaciones difíciles, como por ejemplo, las madres solteras, personas separadas, divorciadas o hijos abandonados.
  • Y en quinto lugar, suscitar, acompañar y sostener el justo protagonismo de las familias, individualmente o asociadas, en la Iglesia y en la sociedad, y esforzarse para que los Estados promuevan auténticas y adecuadas políticas familiares.

 

11.- URGE EVANGELIZAR AL MATRIMINIO Y A LA FAMILIA-II (16-11-25).

Seguimos con la necesidad de evangelizar al matrimonio y a la familia por ser la esperanza de Dios y de la humanidad. Por eso, se debe prestar una atención particular a que los jóvenes y los novios reciban una adecuada educación al amor mediante programas específicos de preparación al sacramento del Matrimonio que les ayuden a llegar a su celebración viviendo en castidad, y tomando plena conciencia de lo que supone la consagración de su amor para vivir una unión indivisible, indisoluble y abierta a la vida.

A lo que habría que añadir que la Iglesia, en su labor educativa, deberá mostrar su solicitud acompañando a los recién casados después de la celebración del matrimonio.

La Iglesia ha de acercarse también, con bondad materna, a las situaciones matrimoniales en las que fácilmente puede decaer la esperanza:

  • En primer lugar ante tantas familias rotas, debe iluminar esos dramas humanos con la luz de la palabra de Dios, acompañada por el testimonio de su misericordia.
  • Y en segundo lugar, la pastoral familiar debe aliviar también las situaciones de los creyentes que se han divorciado y vuelto a casar civilmente. La Iglesia, sin ocultarles la verdad del desorden moral objetivo en el que se hallan y de las consecuencias que derivan de él para la práctica sacramental, quiere mostrarles toda su cercanía materna.

Son las familias mismas tienen que realizar una tarea insustituible respecto al Evangelio de la esperanza. Por eso, con confianza y afecto a todas las familias cristianas, la Iglesia les renueva su permanente invitación: “¡Familias, sed lo que sois!”:

  • Sois la representación viva de la caridad de Dios: tenéis la “misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (FC 17).
  • Sois el “santuario de la vida […]: el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano” (CA 39).
  • Sois el fundamento de la sociedad, en cuanto lugar primordial de la “humanización” de la persona y de la convivencia civil (ChL 40), modelo para instaurar relaciones sociales vividas en el amor y la solidaridad.

¡Sed vosotras mismas testimonio creíble del Evangelio de la esperanza! Porque sois la esperanza de Dios, de la Iglesia y de la humanidad.

 

12.- EVANGELIZAR REQUIERE VIVIR SIRVIENDO AL EVANGELIO DE LA VIDA (23-11-25).

El envejecimiento y la disminución de la población que se advierte en muchos Países es motivo de preocupación; la disminución de los nacimientos es síntoma de escasa serenidad ante el futuro; manifiesta una falta de esperanza y es signo de la «cultura de la muerte» que nos invade.

Hay que recordar otros signos que contribuyen a delinear el eclipse del valor de la vida y a desencadenar una especie de conspiración contra ella:

  • La difusión del aborto, recurriendo incluso a productos químico-farmacéuticos que permiten efectuarlo sin tener que acudir al médico y eludir cualquier forma de responsabilidad social; ello es favorecido por la existencia en muchos Estados del Continente de legislaciones permisivas de un acto que es siempre un “crimen nefando” y un grave desorden moral.
  • Los atentados perpetrados por la intervención sobre los embriones humanos que, aun buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su destrucción.
  • También el uso incorrecto de técnicas diagnósticas prenatales puestas al servicio no de terapias a veces posibles sino de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo.
  • La tendencia a creer que se puede permitir poner conscientemente punto final a la propia vida o a la de otro ser humano: de aquí la difusión de la eutanasia, encubierta o abiertamente practicada, para la cual no faltan peticiones y tristes ejemplos de legalización.

Ante este estado de cosas, es necesario “servir al Evangelio de la vida” incluso mediante una “movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida” (EV 95).

La Iglesia anima a las comunidades cristianas a ser evangelizadoras de la vida:

  • Por un lado, invitando a los matrimonios y a las familias cristianas a ayudarse mutuamente a ser fieles a su misión de colaboradores de Dios en la procreación y educación de nuevas criaturas. La Iglesia aprecia todo intento de reaccionar al egoísmo en el ámbito de la transmisión de la vida, fomentado por falsos modelos de seguridad y felicidad.
  • Y por otro, pidiendo a los Estados que actúen políticas clarividentes que promuevan las condiciones concretas de vivienda, trabajo y servicios sociales, idóneas para favorecer la constitución de la familia, la realización de la vocación a la maternidad y a la paternidad.

 

13.-HAY QUE EVANGELIZAR CONSTRUYENDO UNA CIUDAD DIGNA DEL HOMBRE (30-11-25).

La caridad diligente nos apremia a anticipar el Reino futuro. Por eso mismo colabora en la promoción de los auténticos valores que son la base de una civilización digna del hombre. La espera de los cielos nuevos y de la tierra nueva, en vez de alejarnos de la historia, intensifica la solicitud por la realidad presente, donde ya ahora crece una novedad, que es germen y figura del mundo que vendrá.

Animados por estas certezas de fe, debemos esforzarnos en construir una ciudad digna del hombre. Aunque no sea posible establecer en la historia un orden social perfecto, sabemos sin embargo que cada esfuerzo sincero por construir un mundo mejor cuenta con la bendición de Dios, y que cada semilla de justicia y amor plantado en el tiempo presente florece para la eternidad.

La Doctrina Social de la Iglesia tiene una función inspiradora en la construcción de una ciudad digna del hombre:

  • Con ella plantea la Iglesia la cuestión de la calidad moral de la civilización que tiene su origen, por una parte, en el encuentro del mensaje bíblico con la razón; y por otra, con los problemas y las situaciones que afectan a la vida del hombre y de la sociedad.
  • Con el conjunto de los principios que ofrece, contribuye a poner bases sólidas para una convivencia en la justicia, la verdad, la libertad y la solidaridad.
  • Ella está orientada a defender y promover la dignidad de la persona, fundamento no solo de la vida económica y política, sino también de la justicia social y de la paz.
  • En ella se encuentran las bases para poder defender la estructura moral de la libertad, de manera que se proteja la cultura y la sociedad tanto de la utopía totalitaria de una “justicia sin libertad”, como de una “libertad sin verdad”, que comporta un falso concepto de “tolerancia”, precursoras ambas de errores y horrores para la humanidad.

La Doctrina Social de la Iglesia, por su relación intrínseca con la dignidad de la persona, está formulada para ser entendida también por los que no pertenecen a la comunidad creyente:

  • Es urgente, pues, difundir su conocimiento y estudio, superando la ignorancia que se tiene de ella incluso entre los cristianos.
  • Es necesaria la presencia de laicos cristianos que, en las diversas responsabilidades de la vida civil, de la economía, la cultura, la salud, la educación y la política, trabajen para infundir en ellas los valores del Reino.

14.-EVANGELIZAR REQUIERE CONSTRUIR UNA CULTURA DE LA ACOGIDA-I (7-12-25).

La migración supone un desafío particular por las dimensiones y por la situación de dolor que encierra. La integración, que no asimilación, en la Iglesia es uno de los signos de los tiempos eclesiales más clarosEn el encuentro con las personas migradas se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente.

Entre los retos que tiene hoy el servicio al Evangelio de la esperanza se debe incluir el creciente fenómeno de la migración, que desafía la capacidad de la Iglesia para acoger a toda persona, cualquiera que sea su pueblo o nación de pertenencia.

Teniendo en cuenta el estado de miseria, de subdesarrollo o también de insuficiente libertad, que por desgracia caracteriza aún a diversos Países, es preciso un compromiso valiente para realizar un orden económico internacional más justo, capaz de promover el auténtico desarrollo de todos los pueblos y de todos los Países.

Ante el fenómeno de la migración, se plantea la cuestión de la capacidad para encontrar formas de acogida y hospitalidad inteligentes. El fenómeno mismo de la globalización reclama apertura y participación, si no quiere ser origen de exclusión y marginación sino más bien de participación solidaria de todos en la producción e intercambio de bienes.

Todos han de colaborar en el crecimiento de una cultura madura de la acogida que, teniendo en cuenta la igual dignidad de cada persona y la obligada solidaridad con los más débiles, exige que se reconozca a todo migrante los derechos fundamentales.

También es necesario tratar de individuar posibles formas de auténtica integración de los migrantes acogidos legítimamente en el tejido social y cultural.

Esto exige que no se ceda a la indiferencia sobre los valores humanos universales y que se salvaguarde el propio patrimonio cultural de cada nación. Una convivencia pacífica y un intercambio de la propia riqueza interior harán posible la edificación de una casa común.

Por su parte, la Iglesia está llamada a continuar su actividad, creando y mejorando cada vez más sus servicios de acogida y su atención pastoral con los migrantes y refugiados, para que se respeten su dignidad y libertad, y se favorezca su integración.

15.- EVANGELIZAR REQUIERE CONSTRUIR UNA CULTURA DE LA ACOGIDA-II (14-12-25).

De cada cinco personas que vivimos en España, una ha venido de fuera. Ellos, los migrantes, han transformado la sociedad española, y por tanto, también nuestras diócesis, parroquias y comunidades eclesiales. La gran mayoría lleva más de diez años con nosotros y se encuentra fuertemente arraigada en nuestro país. Incorporándose a nuestro esfuerzo, suman una aportación valiosa y necesaria de la que dependemos.

Pero este arraigo en nuestra sociedad y su contribución no siempre se corresponde con una equiparación socioeconómica como la obtenida por la población autóctona. Las personas migradas sufren mayores índices de desempleo o subempleo, acceden con más trabas a las políticas sociales y sufren mayor vulnerabilidad social.

Sin embargo, una mirada creyente permite acoger la valiosa contribución de las personas migradas a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia: aportan su trabajo para el desarrollo de nuestro país; nos enriquecen como personas por su alegría, perseverancia, austeridad; nos refrescan la presencia de Dios despertando en nosotros el ansia de justicia, caridad y paz que hay en el corazón de todo ser humano.

Ellos favorecen al crecimiento de la comunidad: en el encuentro con ellos se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente.

La migración supone para la Iglesia un desafío particular: a cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia.

La Iglesia, a través del Papa Francisco, propone cuatro verbos clave para la pastoral con migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. Estos verbos reflejan un enfoque integral y cristiano hacia las personas migrantes, buscando garantizar sus derechos y promover su bienestar en la sociedad:

  • Acoger: Implica recibir a los migrantes con los brazos abiertos, reconociéndolos como personas con dignidad y derechos, y ofreciéndoles un espacio de pertenencia.
  • Proteger: Se refiere a salvaguardar la integridad física, emocional y espiritual de los migrantes, protegiéndolos de situaciones de riesgo, explotación y violencia.
  • Promover: Implica ayudar a los migrantes a desarrollar su potencial, a participar activamente en la sociedad y a acceder a oportunidades de educación, empleo y desarrollo.
  • Integrar: Se trata de facilitar la inclusión social de los migrantes, promoviendo el diálogo intercultural, el respeto mutuo y la construcción de comunidades inclusivas.

Además de estos cuatro verbos, la Iglesia también enfatiza la importancia de escuchar, acompañar, celebrar y compartir la fe con los migrantes. 

En resumen, la pastoral migratoria de la Iglesia se basa en una visión evangélica que busca:

  • Reconocer la dignidad y los derechos de los migrantes.
  • Ofrecerles acogida, protección y promoción.
  • Facilitar su integración en la sociedad, promoviendo la unidad y la comunión.
  • Acompañarlos en su camino, compartiendo la fe y construyendo comunidades acogedoras y misioneras.

 

16.- EVANGELIZAR ES VIVIR OPTANDO POR LA CARIDAD (21-12-25)

La llamada a vivir la caridad activa es una síntesis lograda de un auténtico servicio al Evangelio de la esperanza. Ahora es lo que se propone como opción permanente a la Iglesia de Cristo:

  • Que las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de los que sufren, sean las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias, y que nada de lo genuinamente humano deje de tener eco en su corazón.
  • Que observe al hombre de hoy y su rumbo en la vida con la simpatía de quien aprecia todo elemento positivo; pero que, al mismo tiempo, no cierre los ojos ante lo que es incoherente con el Evangelio y lo denuncie con energía.

La Iglesia debe acoger cotidianamente con renovado frescor el don de la caridad que Dios le ofrece y que la hace capaz. Debe aprender el contenido y la dimensión del amor de Dios:

  • Que sea la Iglesia de las bienaventuranzas, siempre en conformidad con Cristo.
  • Que, libre de obstáculos y dependencias, sea pobre y amiga de los más pobres, acogedora de cada persona y atenta a toda forma, antigua o nueva, de pobreza.
  • Que purificada constantemente por la bondad del Padre, reconozca en la actitud de Jesús, que ha defendido siempre la verdad mostrándose al mismo tiempo misericordioso con los pecadores, la norma suprema de su actividad.

En Jesús, en cuyo nacimiento se anunció la paz (cf. Lc 2,14), en Él que con su muerte ha abatido toda enemistad (cf. Ef 2,14) y nos ha dado la paz verdadera (cf. Jn 14,27), debe hacerse artífice de paz invitando a sus hijos a que dejen purificar su corazón de cualquier hostilidad, egoísmo y partidismo, favoreciendo en toda circunstancia el diálogo y el respeto recíproco.

En Jesús, justicia de Dios, nunca debe cansarse de denunciar toda forma de injusticia.

Viviendo en el mundo con los valores del Reino venidero, será Iglesia de la caridad, dará su contribución indispensable para edificar en Europa una civilización cada vez más digna del hombre.

17.- PONEMOS EL AÑO JUBILAR DE LA ESPERANZA EN MANOS DE MARÍA (28-12-2025).

María se nos presenta como figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende su propio camino y el de toda la historia. María nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús. Criatura nueva plasmada por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza.

A ella, Madre de la Esperanza y del consuelo, dirigimos confiadamente nuestra oración, poniendo en sus manos e
futuro de la Iglesia:

«María, Madre de la Esperanza, ¡camina con nosotros! Enséñanos a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que actuamos en la historia convencidos de que el designio del Padre se cumplirá.

Aurora de un mundo nuevo, ¡muéstrate Madre de la Esperanza y vela por nosotros! Vela por la Iglesia: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión; que viva su misión
de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos.

Reina de la Paz, ¡protege la humanidad!

  • Vela por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para la concordia de todos los pueblos.
  • Vela por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús.
  • Vela por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir la casa común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos.

María, ¡danos a Jesús! ¡Haz que lo sigamos y amemos! Él es la esperanza de la Iglesia y de la humanidad. Él vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia. Contigo decimos Ven, Señor Jesús (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz.»

18.- «Tu vida, una misión»… aunque sea contracultural:                       (4-1-2026).

Así reza el lema de la Infancia Misionera de este año, consciente de que está en crisis la vida entendida como vocación en todos los ámbitos: en el personal, en el familiar, en el profesional, en la Iglesia… Es una crisis antropológica, de comprensión de lo que somos. El paradigma es el de personas sin vocación, cada uno se da un propósito, un sentido. La vocación se reduce a una mera elección personal, pone sus reglas, hace una opción.

Esta situación tiene como primera causa la exacerbada búsqueda de libertad, de autonomía, de independencia; el derecho a decidir y a la autodeterminación. Lo que la reduce a su dimensión negativa, al derecho a tener todos los derechos; olvidando la positiva, la capacidad de cumplimiento y la responsabilidad. La exaltación de la autonomía por encima de todo y en cualquier ámbito.

Pero también influye la aceleración de la vida, que lleva a vivir el presentismo buscando la satisfacción inmediata de “apeteceres” y necesidades. Esto genera la volatilidad de valores y la quiebra de los procesos reflexivos…; no se vive más allá de uno mismo y del momento presente. Así, desaparece cualquier lugar para la trascendencia, no se tiene más criterio que conseguir la gratificación inmediata de los sentidos.

El tema está en que los elementos antropológicos esenciales para la vocación están en crisis. La vocación no importa, lo importante es lo que yo quiero, lo que escojo. El sujeto así, se convierte en veleta que apunta hacia donde sopla el viento, todo itinerario personal es inestable y voluble, y se acaba en un relativismo donde no hay nada sólido que pueda dar horizonte, no se sabe cómo coger las riendas de la propia vida. Lo cual genera grandes heridas personales, sociales y eclesiales, y las consecuencias son: soledad, vacío existencial, miedo al porvenir, desasosiego, falta de sentido… hasta llegar a no querer vivir.

Hoy día, la libertad y la búsqueda de bienestar se convierten en el foco de toda decisión, y no hay cabida al amor, centro de un paradigma vocacional. La cultura reinante es “anti-vocacional”, pues desemboca en valores opuestos a los necesarios para responder a la propia vocación. El proceso de emancipación del individuo ha descarrilado, ha generado individualismo, vínculos débiles y soledad a pesar de la hiper-conexión, falta de sentido…

Esto es algo que también se da en la Iglesia, en cada uno, e incluso en una pastoral más de valores que de encuentro y escucha de Dios, que reduce la vocación a una opción con criterios afectivos, sin apertura a la trascendencia y con escasa responsabilidad respecto a la propia vida.

Con todo, Dios sigue invitándonos a todos a una existencia plena y dichosa. Todos tenemos vocación. Dios sueña para todos y cada uno un camino de dicha verdadera y plenitud.

19.- «Tu vida, una misión»… la misión precede a la concepción           (11-1-2026).

La vocación es un modo de vivir y plantearse la existencia, tiene más que ver con ser que con hacer: es una concreción de la misión a la que uno es enviado desde lo que es, aúna la identidad y la misión, uno “es hecho, es llamado”; es la que constituye al sujeto, a la persona, como relación con Aquel que la crea, que la llama, somos un “yo en relación”, esta alteridad es constitutiva del yo.

La primera clave del ser llamado es porque soy amado, soñado, diseñado y predestinado: un amor que nos trae a la existencia, que nos regala la vida de manera incondicional; es un don, un regalo, una bendición; único, necesario. Nuestro ser más íntimo está en ser un don, lo cual hace referencia al Dador, es lo que somos: “somos vocación”. El nombre que tenemos nos es dado y nos identifica. Y con él se nos llama: antes que llamados a algo concreto por nuestro nombre, somos llamados con un nombre. Y es universal, de todos: todos hijos, hermanos, bendiciones, con un sitio…

La segunda clave del ser llamado, y también universal, es a llenarla de sentido; y su realización es esencial para la felicidad. El camino para la felicidad pasa por acoger libremente este don que somos y hacerlo florecer convirtiéndonos en donación. Es en el “darse” donde encontramos las dos dimensiones necesarias para la vida: sentido y gusto. Sentido dice relación a hallar respuesta al por qué y al para qué de la existencia; aporta significado, densidad, hondura, impide una existencia vacía. Gusto tiene que ver con sabor, alegría, gozo. Ambas son necesarias para la plenitud de la persona. Y ambas se alcanzan al descubrir y responder a la vocación específica de cada persona, al modo de concretar el ser “donación”. “¿Para quién soy yo?”: “El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (GS 24).

Y la tercera clave del ser llamado, y también universal, es a la santidad, a una capacitación sobrenatural para su realización. La misión es superior a nuestras capacidades, deberá ser obra de Dios a través nuestra. Hay que acoger la santidad ontológica, dejar que florezca en la santidad moral: una manera de ser y de obrar, haciendo posible y visible la santidad escatológica: los signos de esperanza. Todo consiste en dejar actuar a Dios, que reine en nuestras vidas, que realice su voluntad en y desde nosotros. Por eso, todos vivimos nuestra vocación con esos dos polos: el de Dios que nos llama, y el mundo al que somos enviados.

En resumen, la vida es vocación: he sido creado para una misión, realizarla es lo que hace posible ser feliz, y la santidad es la capacitación divina para llevarla a término.

 

20.- «Tu vida, una misión»… única, necesaria, urgente                          (18-1-2026).

La Infancia Misionera es la escuela-hogar de los misioneros donde, en primer lugar, se les forja en la conciencia de que cada uno es un sueño eterno del corazón de Dios, que los quiere, los necesita y capacita para ser apóstoles de los demás niños: invitándoles a que se crean lo que son para Dios, de cómo los ama, con amor eterno; haciéndolos crecer en la convicción de que Dios los necesita, su vida es una misión; confiando siempre en que será Dios quien lo haga posible en ellos y desde ellos.

La Infancia Misionera es la escuela-hogar de los misioneros donde, en segundo lugar, se les educa en que lo esencial es anunciar y compartir la fe en Jesucristo, bautizar y educar en cristiano: conscientes de que dar bienes sin educar es corromper, despierta una avidez insaciable; sabedores de que la pobreza espiritual es más dramática y fuerte que la material; sabiendo que orientar la mirada a Cristo es el primer y mejor servicio que se puede dar; y convencidos de que hay que acoger, incorporar, configurar e integrarlos en Cristo.

La Infancia Misionera es la escuela-hogar de los misioneros donde, en tercer lugar, se les urge a que se involucren también en la misión de salvar de la muerte y la miseria a los niños del mundo, solidarizándose con sus obras e instituciones: invitándoles a abrir los ojos a la cruda realidad de la infancia en el mundo, cómo son siempre las víctimas, las primeras y las últimas… y, a veces, para siempre, sin esperanza; educando en una sensibilidad humana, solidaria, comprometida, misionera; pidiendo una disponibilidad inmediata para involucrarse con esas situaciones y ayudar; concretando las respuestas, materializándolas, traduciéndolas en obras de caridad, pues la situación de los niños en el mundo es dramática, los datos son demoledores:

  • La tasa de mortalidad (menores de 5 años)……………… 4,9 millones  (1 de cada 27 niños).
  • Los niños que no asisten a escuela (entre 6-11 años)…. 1 de cada 10 permanece sin escolarizar.
  • En 2023 el 44 % de nuevas infecciones por el VIH se dieron en mujeres y niñas.
  • Niños trabajadores (entre 5 y 14 años): 352 millones:
  • En Asia Central y Meridional: 26,3 millones,
  • En Asia Oriental y Sudoriental: 24,3 millones,
  • En África Septentrional y Asia Occidental: 10,1 millones,
  • En América Latina y Caribe 8,2 millones
  • En Europa y América del Norte: 3,8 millones
  • Niños muertos por desnutrición………………………….    1 millón.

A lo que habría que añadir una larga lista de niños asesinados; de discapacitados y heridos, con traumas psicológicos, huérfanos o sin casa por causa de las guerras; y un incontable número de niños explotados en el negocio de la prostitución.

 

21.- La misión nunca es destrucción de valores  (25-1-2026).

La misión de la Iglesia al servicio del hombre no es nunca una destrucción, sino una reasunción de valores y una nueva construcción.

Si nos planteamos cuántos y cuáles son los valores presentes en el hombre, tendríamos que decir que por un lado están los específicos de su naturaleza, como la vida, la espiritualidad, la libertad, la sociabilidad, la capacidad de donación y de amor; por otro, los que provienen del contexto cultural en que está situado, como el lenguaje, las formas de expresión religiosa, ética, artística; y por último, los que proceden de su compromiso y de su experiencia en la esfera personal y en las de la familia, del trabajo y de las relaciones sociales.

El misionero, en su obra de evangelización, entra en contacto precisamente, con este mundo de valores, más o menos auténticos y desiguales: en presencia de ellos deberá adoptar una actitud de atenta y respetuosa reflexión, preocupándose de no sofocar nunca, sino por el contrario de salvar y desarrollar tales bienes acumulados a lo largo de tradiciones seculares, Hay que reconocer el estudio constante en que se inspira y debe inspirarse la actividad misionera al asumir estos valores del mundo en el que se lleva a cabo: la actitud básica en los mensajeros de la buena nueva del Evangelio a los pueblos consiste en proponer, y no en imponer la Verdad cristiana.

Esto lo requiere ante todo la dignidad de la persona humana, que la Iglesia, a ejemplo de Cristo, ha defendido siempre contra toda forma errónea de coerción. La libertad es, en efecto, presupuesto fundamenta e irrenunciable de tal dignidad. Y lo requiere también la misma naturaleza de la fe, la cual puede brotar solamente de un consentimiento libre.

El respeto al hombre y la estima por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes, continúan siendo principios básicos para toda recta actividad misionera, entendida como prudente, oportuna, activa siembra evangélica, y no como desarraigo de aquello que, por ser auténticamente humano, tiene valor intrínseco y positivo.

22.- La misión debe siempre reasumir los valores  (1-2-2026).

«Las nuevas Iglesias -dice el Decreto Ad Gentes, 22- reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de sus pueblos, todo lo que puede servir para confesar la gloria del Creador, para ensalzar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana».

La actividad evangelizadora debe tender por lo tanto a destacar y a desarrollar los elementos válidos y sanos presentes en el hombre evangelizado y en el contexto socio-cultural a que pertenece. Con un método atento y discreto de educación, dicha actividad hará resaltar y madurar, después de haberlos purificado de las incrustaciones y de los posos acumulados con el tiempo, los auténticos valores de espiritualidad, de religiosidad, de caridad que, como «semillas del Verbo» y «signos de la presencia de Dios», abren el camino a la aceptación del Evangelio.

La Iglesia, haciendo propias «las riquezas de las naciones que ha sido dadas a Cristo en herencia» (AG, 22), e iluminando con la palabra de Dios el conjunto de costumbres, tradiciones y modos de pensar que constituyen el patrimonio espiritual de los pueblos, contribuirá a construir una civilización nueva y universal, la cual, sin alterar la fisonomía y los aspectos típicos de los diversos contextos étnico-sociales, se perfeccionará adquiriendo el más elevado contenido evangélico.

¿No es quizás este, el testimonio que nos viene de tantos Países de misión donde la fuerza del Evangelio, libre y conscientemente aceptado, lejos de anular, ha potenciado las tendencias y los aspectos mejores de las culturas locales y ha favorecido su ulterior desarrollo?

«El Evangelio de Cristo -recuerda la Constitución Gaudium et Spes, 59- renueva constantemente la vida y la cultura del hombre caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas sobrenaturales les fecunda, como desde sus entrañas, las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye por lo mismo a la cultura humana y la impulsa…».

23.- La misión es construir un “hombre nuevo”    (8-2-2026).

La acción evangelizadora, con el propósito de transformar «desde dentro» a toda criatura humana, introduce en las conciencias un fermento renovador capaz de «alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación» (Evangelii Nuntiandi, 19).

Estimulado por tal impulso interior, el individuo se siente movido a tomar cada vez más precisa y viva conciencia de su realidad de «cristiano», es decir de su dignidad propia en cuanto ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, ennoblecido en su misma naturaleza por el evento de la Encarnación del Verbo, destinado a un ideal de vida superior.

Aquí encontramos las bases del «humanismo cristiano», en el que lo valores naturales se compenetran con los de la Revelación: la gracia de la filiación adoptiva divina, de la fraternidad con Cristo, de la acción santificadora del Espíritu.

Así se hace posible el nacimiento de la «nueva creatura», rica al mismo tiempo en valores humanos y divinos: es el «hombre nuevo», elevado a una dimensión transcendente, de la que recibe la ayuda indispensable para dominar las pasiones y para practicar las virtudes más arduas, como el perdón y el amor al prójimo, hecho hermano. Se sabe liberado de todo lo que le impide vivir en la dignidad y libertad de los hijos de Dios; restaurado de todo daño recibido y de toda enfermedad que le hace perder la armonía, la alegría y la paz; que ha nacido de nuevo, que puede volver a empezar, con toda la experiencia pero sin la herencia de daños o enfermedades anteriores, que lo imposible es posible para Dios: nacer de nuevo, naciendo de lo Alto; y, además, con una capacidad sobrenatural para vencer al mal con bien, para reaccionar siempre amando, para poder transformar todo en bien.

Este “hombre nuevo”, “cristificado”, tiene los sentimientos de Cristo, los criterios de Cristo, y el estilo y obras de Cristo; ha sido consagrado en Cristo: vive en su nombre, como Él y para lo que Él. Se sabe y se siente consagrado, enviado, y capacitado para realizar lo que es la naturaleza y el sentido de su vida: hacer la voluntad de Dios.

24.- La misión del hombre nuevo es construir el reino de Dios        (15-2-2026).

Crecido en la escuela del Evangelio, el «hombre nuevo» se siente comprometido a sostener la justicia, la caridad y la paz en el contexto socio-político al que pertenece, y se hace artífice o, al menos, colaborador de aquella «civilización nueva», el reino de Dios, que tiene su ‘Carta Magna’ en el Sermón de la montaña.

Es claro, por tanto, cómo la renovación promovida por la actividad evangelizadora, aun siendo esencialmente espiritual, afecta directamente al meollo de la cuestión grave e inquietante de las injusticias y de los desequilibrios económicos y sociales, que atormentan a tan gran parte de la humanidad, y puede contribuir a su solución.

Evangelización y promoción humana, en una palabra, aun permaneciendo netamente diversas, están unidas entre sí con un lazo indisoluble, que encuentra muy significativamente su soldadura en la más excelsa virtud cristiana: la caridad. Decía san Pablo VI que «a donde llega el Evangelio, llega la caridad». Y, de hecho, los misioneros no han faltado nunca a este empeño fundamental, esforzándose siempre en integrar su específico servicio de buscar la salvación de las almas con una decidida y constructiva acción por el desarrollo. Espléndida demostración de esto es el florecimiento, en todos los países de misión, de escuelas, hospitales, institutos, a los que acompañan toda una serie de iniciativas en el campo técnico, asistencial, cultural, que son fruto de duros sacrificios personales de los mismos misioneros y de las renuncias desconocidas de tantos hermanos suyos que viven en otras partes.

La actividad misionera, animada del Espíritu de Cristo, al mismo tiempo que edifica la humanidad nueva, se presenta como el instrumento idóneo y eficaz para resolver no pocos de los males del mundo contemporáneo: injusticia, opresión, marginación, explotación, soledad. Es una obra -a la vista de todos está- inmensa y exaltadora, a la que cada uno de los cristianos está llamado a dar su propia contribución.

25.- La cooperación y las Obras Misionales Pontificias        (22-2-2026).

En realidad, la difusión del anuncio de la salvación, lejos de ser prerrogativa de los misioneros, es un deber grave que incumbe a todo el pueblo de Dios, como lo recordó autorizadamente el decreto AG, 36: «Todos los fieles, como miembros del Cristo vivo, tienen la estricta obligación de cooperar a la expansión (…) de su Cuerpo» .

O sea, que aquellos que, habiendo recibido el don de la fe, se benefician de las enseñanzas de Cristo y participan en los sacramentos de su Iglesia, en virtud precisamente del mandamiento del amor y por la solidaridad de la caridad, no pueden desinteresarse de los millones de hermanos, a los que no se ha llevado todavía la Buena Nueva.

Estos deben participar en la acción misionera, en primer lugar con la oración y con el ofrecimiento de los propios sufrimientos: es, este, el modo de colaboración más eficaz, desde el momento que, precisamente mediante el calvario y la cruz, Cristo llevó a cabo su obra redentora. Deben, además, sostenerla con generosas ayudas concretas, porque en las tierras de misión son inmensas e innumerables las necesidades de orden material.

Tales ayudas, recogidas a través de las Obras Misionales Pontificias -órgano central y oficial de la Iglesia para la animación y la cooperación misionera- serán sucesivamente distribuidas, con justicia y oportunidad, entre las Iglesias jóvenes. «Estas Obras -advierte el decreto AG, 38- deben ocupar con todo derecho el primer lugar, pues son medios para infundir a las católicos desde la infancia el sentido verdaderamente universal y misionero… «. Son ellas las que aseguran una coordinación eficiente en la visión global de las necesidades y peticiones; de ellas parte, ramificándose, la red capilar de la caridad misionera.

Pero su razón de ser no se reduce a una función organizadora; en realidad, están llamadas a ejercitar un servicio de activa mediación y de comunicación inter-eclesial, favoreciendo un contacto frecuente y fraternal entre las distintas Iglesias locales, las de vieja tradición cristiana y las de reciente fundación. Y esta es función mucho más alta porque refleja y promueve directamente la circulación de la caridad.

 

27.- Día de Hispanoamérica «Caminamos juntos, compartimos alegría» (1-03-2026).

La Iglesia celebra el Día de Hispanoamérica buscando recordar a los casi 3.700 misioneros españoles que hay en la actualidad en Hispanoamérica. Son sacerdotes, consagrados y laicos que han entregado la vida por llevar a Cristo a nuestros hermanos que viven en aquel continente.

Como todos sabemos, el papa Francisco nos convocó a la renovación sinodal de la Iglesia, motivado no tanto por tal o cual idea innovadora, sino como un gesto de fidelidad al Evangelio y a la eclesiología de la constitución Lumen gentium. El papa León XIV continúa guiando a la Iglesia por esta senda, que en buena medida vuelve a proponer la importancia de comprender nuestra unidad, nuestra comunión, como una realidad dinámica, es decir, como pueblo de Dios que camina en la historia, y como una profundización de nuestra identidad bautismal y de la constitutiva dimensión ministerial de la misma.

Esto último es fundamental: la Iglesia no existe para sí misma, sino para anunciar con alegría la belleza del Evangelio a todos los hombres y en todos los lugares. Sin duda, esta perspectiva es uno de los ejes transversales del actual pontificado. Así, con el lema «Caminamos juntos, compartimos alegría», se busca un doble objetivo: expresar que todos estamos llamados a aprender, a volver a aprender, a caminar de manera reconciliada y comunitaria para que el mundo crea; y mostrar que nuestro caminar tiene como finalidad compartir con gozo a Aquel que hemos hallado a través de un encuentro personal.

Los misioneros quieren compartir no solo un mensaje, una enseñanza… quieren compartir lo que son y viven, como san Pablo dijo a los corintios «por mi parte, con sumo gusto gastaré y me desgastaré yo mismo por vosotros» (2Co 12,15). Han partido para lugares lejanos para llevar lo que tienen en su corazón y entregarse para que la vida y la salvación de Cristo llegue a todos. Por eso celebraremos con alegría como reza lema elegido: «Caminamos juntos, compartimos alegría».

Como todos los años, recuerdo los misioneros cordobeses que actualmente están en Hispanoamérica. Son 67: Argentina (9), Bolivia (2), Brasil (3), Chile (2), Colombia (9), Cuba (1), Ecuador (10), Guatemala (3), Haití (4), Méjico (4), Nicaragua (1), Paraguay (2), Perú (8), Puerto Rico (1), República Dominicana (3), Uruguay (1), Venezuela (4).

Esta es la Jornada en la que un tanto por ciento de lo recaudado puede ser canalizado como ayuda a la Misión Diocesana en Picota (Moyobamba, Perú), constituyendo así una buena ocasión para tener muy presentes a D. Nicolás Rivero Moreno y a D. Francisco de Borja Redondo de la Calle, para sostenerlos con nuestra oración y con nuestra aportación económica.

28.- La Iglesia es la “misión encarnada”, abierta con dinamismo al mundo (8-03-2026).

La Iglesia no puede permanecer callada ni tranquila ignorando la necesidad de tantos millones de hermanos que esperan el Anuncio del Mensaje de Salvación. La verdad es Cristo Redentor del mundo, que “ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio del hombre” (RH, 8) y debe llegar a ser la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón; pues Él derramó su sangre en la cruz por todos los hombres. Una actitud de dejación de la Iglesia en esta tarea sería contraria a la misión que le fue encomendada de revelar Cristo al mundo y orientar la conciencia de toda la humanidad hacia su misterio, ayudando a todos los hombres a familiarizarse con la profundidad de la Redención.

El mandato impartido por Cristo resucitado a sus discípulos: «Id, predicad…”, expresa el dinamismo misionero intrínseco a la naturaleza de la Iglesia. Esta, impulsada constantemente por el Espíritu, es ‘enviada’ perennemente a los pueblos para transmitirles la fuente inagotable del agua viva que brota de la palabra y de la obra del Señor. El término “misión” trae a la mente la figura de movimiento que caracteriza a la vida de la Iglesia; pues la Iglesia procede de Cristo y es enviada, impulsada y seguida por Él; ella lo lleva consigo, lo predica, lo comunica, lo transmite; mediante ella Cristo llega a todos los hombres, trasciende los confines de las naciones y domina los siglos.

La actividad misionera corresponde pues a la vocación específica de la Iglesia que, respetando siempre la libertad, va al encuentro de los hombres de nuestro tiempo que todavía “están en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,79); se puede decir incluso que la Iglesia es la misión encarnada. Así lo confirmó el Decreto AG, 2: “La Iglesia peregrinante es por su naturaleza misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre”).

 La Iglesia no puede permanecer en silencio, debe continuar enviando apóstoles y misioneros que hablen a los hombres de la salvación transcendente y liberadora, encauzándolos en plena fidelidad al Espíritu al conocimiento de la verdad; apóstoles y misioneros que con los Sacramentos los incorporen a Cristo en la comunión viva de su Cuerpo Místico; y que, finalmente, les den a conocer el auténtico sentido de su dignidad de creaturas, modeladas a imagen de Dios, y les hagan comprender el verdadero sentido de su existencia en el mundo. Así es como la Iglesia opera eficazmente, para que se realice el plan salvífico de Dios.

29.- Las misiones, instrumentos de evangelización y centro de promoción   (15-03-2026).

Las Misiones se revelan también hoy necesarias e insustituibles, hasta el punto de que, sin ellas, la actuación de este plan y la expansión del Reino hasta los confines de la tierra no podrían siquiera concebirse; sin ellas no podría nacer y desarrollarse la civilización nueva basada bajo el signo de Cristo en la justicia, en la paz y en el amor, porque en la Misión es donde se plasma el hombre nuevo, consciente de su dignidad y de su destino transcendente de creatura redimida.

 En las Misiones, fraguas de fermento evangélico, late el corazón de la Iglesia universal con toda su solicitud por el bien auténtico e integral del hombre. Pero, las Misiones son, al mismo tiempo, centros de promoción humana, pues si de un lado la Iglesia, en virtud del princi­pio de caridad que la anima, no puede mostrarse insensible a las necesidades materiales de los hermanos, de otro, al evangelizar y ayudar al hombre a comprenderse a sí mismo en Cristo, promueve también de ese mo­do la conciencia ciudadana y el progreso social del mismo. Resulta exacto a tal propósito lo que dice el documento conclusivo de la Conferencia de Puebla: «El mejor servicio al hermano es la evangelización que lo dispone a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente» (n. 1145).

También en las situaciones donde se ponen trabas a la predicación de la Palabra, la simple presencia del Misionero, con su testimonio de pobreza, de caridad, de santidad, constituye por sí misma una eficaz forma de evangelización y crea muchas veces las bases para un diálogo constructivo.

Los misioneros son obreros indispensables para la viña del Señor, y las mismas Iglesias locales de reciente fundación, aun promoviendo un clero autóctono propio, sienten todavía la necesidad de su presencia y de sus energías, incluso para beneficiarse de las ricas tradicio­nes pluriseculares y de la madurez de las Iglesias de antigua tradición que los misioneros llevan consigo. De esta forma, entre unas Iglesias locales y otras, se realiza un provechoso intercambio de ideas, inicia­tivas y obras, que vienen a ser como una ósmosis fecunda para la Iglesia universal.

 

30.- Toda la iglesia debe cooperar en el compromiso misionero      (22-03-2026).

Es muy de agradecer todas las formas de cooperación misionera que las Comunidades Eclesiales saben escoger y establecer con generoso espíritu apostólico. En muchas Diócesis se promueve activamente la forma de colaboración ministerial ‘ad tempus’, la cual comporta un doble beneficio: los sacerdotes que a él se dedican, además de ofrecer un evidente servicio a las Iglesias de misión, al volver a las Diócesis de origen, llevan consigo a estas el tesoro de sus experiencias, y con­tribuyen así a la obra de animación que tan útil es para suscitar en los fieles la conciencia misionera y la voluntad de sostener la causa de la evangelización.

Y en cuanto a la cooperación, no es necesario repetir que sería un error grave identificarla exclusivamente con la ayuda económica, aun siendo esta necesaria para socorrer las grandes y a veces indecibles miserias de tantos hermanos nuestros. A la ayuda económica hay que añadir como premisa irrenunciable, la de la oración. Es necesario rezar por la vocaciones, por los misioneros, por los hermanos a quienes se dirige la evangelización; es necesario rezar también para que las Naciones del mundo que gozan de un elevado grado de civilización y de bienestar abran su corazón a las inmensas necesidades de las Naciones menos privilegia­das y, de común acuerdo y en conformidad con la orientación de fondo de la solidaridad universal, lleven a cabo una inteligente programación y planificación de la ayuda, capaces de combatir las graves discriminaciones, desigualdades e injusticias que constituyen uno de los grandes escándalos de nuestro tiempo.

A la oración hay que unir, como un elemento precioso y eficaz para llegar al corazón de Dios, el ofrecimiento espontáneo de los propios sufrimientos en unión con Cristo por el bien de los hermanos.

Sin olvidar nunca la importancia que para la cooperación tienen la Obras Misionales Pontificias en su doble misión de ser el instrumento idóneo de la Iglesia para promover la animación y sensibilización misionera del pueblo de Dios, la responsabilidad misionera de todos los bautizados, así como el de procurar el sostenimiento de las nuevas Iglesias.

 

31.- Hay que optar por una Iglesia misionera (29-03-2026).           

Quizá nunca tanto como hoy, la tarea confiada a la Iglesia de “Id y haced discípulos a todas las gentes” ha asumido tanta amplitud y tanta urgencia. Más que nunca, la Iglesia debe hacer suyas las palabras del Apóstol: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Co 9,16).

Cada año, la Jornada Mundial de Misiones es la ocasión por excelencia para una toma de conciencia general del deber misionero y para recordar a todos los miembros de la Iglesia, cualquiera que sea su función o su puesto, que están implicados en este deber. Todos debemos meditar los textos vigorosos del Concilio Vaticano II, en los que se afirma que la Iglesia es toda ella misionera y que la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios (AG, 35) y que la responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte (LG, 17).

La Jornada Mundial de Misiones es una ocasión para que todos hagamos un examen de conciencia sobre esta materia y para que el Pueblo de Dios sea consciente y coherente con la doctrina de la Iglesia, pues está en juego el futuro de la evangelización del mundo. Si todos los cristianos estuviésemos persuadidos de nuestros deberes misioneros, las dificultades serían menores.

En este sentido, es motivo de gran esperanza ver multiplicarse en el mundo pequeñas comunidades cristianas, dinámicas y abiertas, que han comprendido la propia responsabilidad en el anuncio del Evangelio, prenda de promoción de un mundo mejor.

Otro fenómeno que alegra y por el que debemos dar gracias al Señor es ver el desarrollo de un nuevo movimiento misionero en las Iglesias jóvenes que de evangelizadas pasan a ser evangelizadoras. En muchos países de misión aumenta de día en día el número de misioneros que parten para llevar el Mensaje evangélico a los no-cristianos en otras regiones del propio país, en otros países y en los diversos Continentes, donde se encuentran ya misioneros provenientes de todos los países del mundo.

Las Iglesias jóvenes, que a su vez se han hecho también misioneras, dan prueba de su madurez en la fe. Han comprendido que una Iglesia particular no es plenamente católica si no es misionera. Una Iglesia cerrada en sí misma, sin abertura misionera, es una Iglesia incompleta o una Iglesia enferma. El ejemplo del despertar misionero en las Iglesias jóvenes puede recordar esta verdad a las Iglesias de antigua cristiandad, que, después de haber desarrollado una actividad admirable, parece que a veces se abandonan al desaliento y a la duda acerca de su deber misionero.

32.- La función evangelizadora de la familia cristiana (5-04-2026).                            

Corría el mes de octubre de 1981 cuando san Juan Pablo II lanzaba el reto de la función evangelizadora que tenía la familia cristiana, esperanza de Dios y de la humanidad, Iglesia en miniatura, Iglesia doméstica; donde se celebra, se madura, se vive y se adquiere el compromiso de construir el Reino de Dios en nuestra sociedad y en todo nuestro universo mundo. Así, con la llamada a la colaboración de todos en la obra misionera, ponía el Papa su objetivo en primer lugar en las familias cristianas.

Nuestra época necesita que se revalorice la importancia de la familia, su vitalidad y su equilibrio. Esto es necesario en el plano humano: la familia es la célula básica de la sociedad, el fundamento de sus cualidades profundas. Y esto es igualmente necesario para el Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia; por ello, el Concilio dio a la familia el hermoso título de «Iglesia doméstica» (LG, 11). La evangelización de la familia constituye, pues, el objetivo principal de la acción pastoral; y esta, a su vez, no alcanza plenamente su finalidad si las familias cristianas no se convierten ellas mismas en evangelizadoras y misioneras: la profundización de la conciencia espiritual personal hace que cada uno, padres e hijos, tenga la propia función y la propia importancia para la vida cristiana de todos los demás miembros de la familia.

No hay duda de que, tanto en el plano religioso como en el humano, la acción de la familia depende de los padres, de la conciencia que tienen de sus propias responsabilidades, de su valor cristiano. Con sus palabras y con el testimonio de su vida, los primeros catequistas de sus hijos. En esta acción, la oración debe ocupar el primer puesto. La oración, en efecto, a pesar de la gran renovación registrada por doquier, continúa siendo difícil para muchos cristianos, que rezan poco. Estos se preguntan: ¿para qué sirve rezar? ¿es compatible con nuestro sentido moderno de eficiencia?, ¿no hay quizá algo de mezquino en el responder con la oración a las necesidades materiales y espirituales del mundo?

Ante estas dificultades, sepamos mostrar incesantemente que la oración cristiana es inseparable de nuestra fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de nuestra fe en su amor y en su potencia redentora, que actúa en el mundo.

33.- La oración            ocupa el primer puesto en la función evangelizadora de la familia  (12-04-2026).   

Ante estas dificultades que presenta nuestra sociedad para que le hagamos un sitio a la oración, hay que saber mostrar incesantemente que la oración cristiana es inseparable de nuestra fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de nuestra fe en su amor y en su potencia redentora, que actúa en el mundo.

Por eso, nuestra oración debe ser ante todo: «Señor, ¡aumenta nuestra fe!» (Lc 17,6). La oración tiene como objetivo nuestra conversión, es decir, como explicaba ya San Cipriano, la disponibilidad interior y exterior, la voluntad de abrirse a la acción transformante la Gracia. «Diciendo: Santificado sea tu nombre: pedimos insistentemente perseverancia en lo que comenzamos a ser. Diciendo: Venga tu Reino: pedimos que el Reino de Dios se realice en nosotros, en el sentido de implorar que su nombre sea santificado en nosotros. Añadimos después: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo: para que podamos hacer lo que Dios quiere, pues la voluntad de Dios es lo que Cristo hizo y enseñó» (San Cipríano, De oratione dominica).

La verdad de la oración implica la verdad de la vida; la oración es al mismo tiempo causa y resultado de un modo de vivir a la luz del Evangelio. En este sentido, la oración de los padres, al igual que la de la comunidad cristiana, será para los hijos una iniciación en la búsqueda de Dios y en la escucha de sus invitaciones.

El testimonio de vida encuentra entonces todo su valor. Supone que los hijos aprendan en familia, como consecuencia normal de la oración, a mirar cristianamente al mundo según el Evangelio. Esto supone también que los hijos, en la familia, aprendan concretamente que en la vida hay preocupaciones más fundamentales que el dinero, las vacaciones o las diversiones.

Así, la educación impartida a los hijos podrá abrirles al dinamismo misionero como a una dimensión integrante de la vida cristiana porque los padres y demás educadores estarán ellos mismos impregnados de espíritu misionero, inseparable del sentido de Iglesia. Con su ejemplo, más aún que con sus palabras, enseñarán a sus propios hijos a ser generosos con los más débiles, a compartir su fe y sus bienes materiales con los niños y jóvenes que todavía no conocen a Cristo o que son las primeras víctimas de la pobreza e ignorancia.

Así, los padres cristianos serán capaces de captar el brote de una vocación sacerdotal o religiosa misionera . como una de las más bellas pruebas de la autenticidad de la educación cristiana por ellos impartida, y pedirán que el Señor llame uno de sus hijos. El afán misionero se manifestará así elemento esencial de la santidad de la familia cristiana.

34.- La cooperación, responsabilidad de todos los cristianos (19-04-2026).   

Es de desear que todos los bautizados nos solidaricemos y demos nuestra aportación personal al gran movimiento de la ‘cooperación misionera’, que tiene en las Obras Misionales Pontificias los instrumentos calificados como los más adecuados y eficientes para promover y sostener espiritual y materialmente la actividad de los pioneros del Evangelio (AG, 38) .

 Pero, para que los creyentes podamos adquirir esa conciencia y valorar plenamente la imprescindible necesidad de su colaboración, es indispensable que nos sensibilicemos acerca de este problema aquellos a quienes incumbe la función importantísima de la animación misionera, es decir los sacerdotes y los religiosos.

La obra de animación por parte de los guías del pueblo de Dios es indispensable porque de ellos depende una concreta toma de conciencia en los bautizados sobre el problema de la evangelización, y por lo tanto de su compromiso en el sector de la cooperación. Empeño especialmente necesario y urgente si consideramos que la actividad misionera -que comprende también la construcción improrrogable de iglesias, escuelas, seminarios, universidades, centros asistenciales, etc. para la promoción religiosa y humana de tantos hermanos-, se ve muy condicionada por múltiples dificultades de tipo económico.

¿Y a qué estructuras más adecuadas que las Obras Misionales Pontificias se podrá recurrir para llevar a cabo este programa de sensibilización capilar y para organizar la red de la caridad universal?

En estos últimos tiempos están surgiendo en muchas naciones ‘centros de animación misionera’. Son iniciativas exageradamente útiles para la profundización teológica, pastoral y espiritual de la doctrina misionera. También la Obras Pontificias (el Domund), extiende año tras año su mano para recibir la ayuda de lo hombres de buena voluntad; este socorro generoso es una obligación, un honor y un motivo de gozo , porque significa contribuir a hacer partícipes de los inestimables beneficios de la Redención a todos aquellos que no conocen las “inescrutables riquezas de Cristo” (Ef 3, 8).

El Código de Derecho Canónico sanciona explícitamente la obligación que todos los fieles tienen de colaborar -cada uno según sus posibilidades- a la obra evangelizadora, conscientes de la propia responsabilidad derivada de la naturaleza intrínsecamente misionera de la Iglesia. Adquiere asimismo reconocimiento jurídico toda la cooperación misionera que se deberá suscitar en todas las Diócesis, poniendo a estas cuatro directivas fundamentales: la promoción de las vocaciones misioneras; el debido apoyo sacerdotal a las iniciativas misioneras, sobre todo en cuanto al desarrollo de las Obras Misionales Pontificias; la celebración de la Jornada Misionera (Domund); y la colecta anual de ayuda económica para las misiones, que ha de enviarse a la Santa Sede.

35.- Vocaciones Nativas: «Todos oramos por todos» (26-04-26).               

El lema de esta Jornada invita a ser conscientes de que todos estamos invitados a dejarnos sorprender por el Espíritu, acogiendo en nuestra vida lo que Él quiere para cada uno de nosotros. Todos y cada uno hemos recibido una llamada personal del Señor. Distinguirla, acogerla y seguirla es la tarea más importante de nuestra vida. Especialmente los jóvenes, necesitan descubrir el camino de su entrega a Dios y a los demás, o lo que es lo mismo, el camino de la felicidad.

En un ambiente que no entiende de vocación, y menos aún de la vocación como llamada, se hace más urgente rezar por todas las vocaciones: al matrimonio, a la especial consagración, al sacerdocio, a la misión ad gentes. “Es muy importante escuchar la voz del Señor, escucharnos a nosotros mismos, en este diálogo, y ver hacia dónde nos llama el Señor” (Papa León, en su Mensaje para la jornada).

Mons. Luis Argüello nos recordaba que nuestro ser más íntimo está en ser un don, lo que hace referencia al Dador, sobre el que se funda nuestra existencia; que somos vocación, que la vocación aúna la identidad y la misión: el ser, el amar y el hacer. O sea, que la vida es vocación y que la dicha pasa por saberse donación, es de todos y para todos. Y la respuesta se concreta en los diferentes estados de vida y misión que son las vocaciones específicas de cada persona.

Las vocaciones que surgen en la Iglesias jóvenes son una pieza fundamental en el engranaje de la misión de la Iglesia, son vitales para garantizar la solidez de las Iglesias y asegurar que la Eucaristía se siga celebrando en los confines de la tierra. Ellas aseguran que la fe que anunciaron los misioneros ha echado raíces y puede ya caminar sola con acento propio. Sin embargo, tienen muchas dificultades para seguir adelante por falta de recursos.

Para velar por ellas, el Papa tiene una herramienta: la Obra de San Pedro Apóstol. Cada año esta Obra canaliza los donativos recibidos en todo el mundo y los reparte equitativamente entre 751 Seminarios que dependen de nosotros. Son centros que cuentan con muy pocos medios, y por eso necesitan la ayuda de todos para poder permanecer abiertos y continuar formando a los sacerdotes nativos, que son los que asumen el relevo de los misioneros y siguen adelante con la evangelización en sus Iglesias locales. Además, apoya el primer año de formación en los Noviciados de Congregaciones nacidas en los territorios de misión.

 

36.- El valor redentor de la Cruz  (3-05-26).

Las Cartas y los Hechos de los Apóstoles confirman que el poder sufrir «por el nombre de Jesús» es una gracia especial. Leemos, por ejemplo, que los Apóstoles «se fueron contentos… porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5,41), en sintonía perfecta con lo que el Redentor había proclamado en el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mi causa. Alegraos y regocijaos…» (Mt 5,11).

Cristo mismo llevó a cabo su obra redentora de la humanidad sobre todo mediante la pasión dolorosa y el martirio más atroz, e indicó este camino a sus seguidores: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). El amor pasa pues, inevitablemente, por la Cruz, y a través de ella se hace creador y fuente inagotable de energía redentora. «Sabéis -escribe San Pedro- que habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con oro y plata, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero sin defecto ni mancha» (1Pe 1,18-19; cf. 1Co 6,20).

Desde ese acontecimiento crucial para la historia humana, los Apóstoles y sus sucesores han continuado anunciando a través de los siglos la muerte y resurrección de Cristo, nuestro único Salvador: «En ningún otro está la salvación, pues ni siquiera hay bajo el cielo otro nombre, que haya sido dado a los hombres, por el que debamos salvarnos» (Hch 4,12). Y ha sido especialmente el testimonio del sufrimiento hasta el límite extremo dado por Cristo y sus seguidores , lo que ha movido la mente y el corazón de los hombres a convertirse al Evangelio; testimonio de amor supremo, pues «nadie tiene un amor mayor que este: dar uno su vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Este es el testimonio que multitud de mártires y confesores de la fe han dado a través de los tiempos, suscitando con su sacrificio e inmolación la génesis y desarrollo de las diversas Iglesias, y fecundando con su sangre nuevas tierras para transformarlas en campos ubérrimos del Evangelio; en verdad, «si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere dará mucho fruto» (Jn 12,24).

Estos héroes de la fe comprendieron bien y pusieron en práctica el concepto fundamental según el cual, sí Cristo operó la redención de la humanidad con la Cruz sufriendo en lugar del hombre y por el hombre, todo hombre «está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo» (Salvifici doloris, 19).

 

37.- El sufrimiento, precioso instrumento de evangelización (10-05-26).              

La Iglesia no cesa de pedir ardientemente a todos los fieles que valoren el sufrimiento en sus múltiples formas, uniéndolo al sacrificio de la Cruz para la evangelización, es decir para la redención de todos aquellos que no conocen todavía a Cristo.

Millones de hermanos no conocen todavía el Evangelio y no se benefician de los inmensos tesoros del Corazón del Redentor. Para ellos, no hay explicación suficiente del dolor; es el absurdo más opresor e inexplicable que contrasta trágicamente con la aspiración del hombre a la plena felicidad.

Solo la Cruz de Cristo proyecta un rayo de luz sobre este misterio; solo en la Cruz puede encontrar el hombre una respuesta válida a la angustiosa interpelación que surge de la experiencia del dolor. Los santos lo han comprendido bien y lo han aceptado, y hasta, a veces, han deseado ardientemente ser asociados a la pasión del Señor, haciendo propias las palabras del Apóstol: «Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

La Iglesia pide a todos los fieles que sufren -y nadie está exento del dolor- a dar este significado apostólico y misionero a sus sufrimientos.

San Francisco Javier, Patrono de las Misiones, impulsado de celo evangelizador para llevar el nombre de Jesús hasta los confines de la tierra, no dudó en afrontar todo tipo de penalidades: hambre, frío, naufragios, persecuciones, enfermedades; solo la muerte interrumpió su marcha apostólica.

Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las Misiones, cautiva de amor en el Carmelo de Lisieux, habría querido recorrer todo el mundo para plantar por doquier la Cruz de Cristo. «Quisiera ser misionera -escribe-, no solo algunos años; quisiera haberlo sido desde la creación del mundo hasta la consumación de los siglos» (Historia de un Alma, Manuscrito B. f.3 r). Y concretó la universalidad y apostolicidad de sus deseos con el sufrimiento pedido a Dios y en el precioso ofrecimiento de sí misma como víctima voluntaria del Amor misericordioso. Sufrimiento que alcanzó su cenit y a la vez el más alto grado de fecundidad apostólica en el martirio del espíritu, en las tribulaciones de la oscuridad de la fe, ofrecidos heroicamente para hacer llegar la luz de la fe a tantos hermanos sumergidos todavía en las tinieblas.

La Iglesia nos recomienda estos dos modelos, exhortándonos a la reflexión y a su imitación.

Podemos, pues, colaborar activamente a la dilatación del Reino de Cristo y al desarrollo de su Cuerpo Místico en una triple dirección:

  • Aprendiendo a dar a nuestro propio sufrimiento su finalidad más auténtica, que tiene su raíz en el dinamismo de la participación de la Iglesia en la obra redentora de Cristo.
  • Invitando a los hermanos que sufren en su espíritu y en su cuerpo a comprender esta dimensión apostólica del dolor y a ofrecer todo por la evangelización del mundo.
  • Haciendo nuestro, con caridad inagotable, el sufrimiento que aflige a gran parte de la humanidad, atribulada por enfermedades, hambre, persecuciones, privada de derechos fundamentales e inalienables, como la libertad; humanidad doliente, en la que se debe discernir el rostro de Cristo «Hombre del dolor», y a la que hemos de aliviar todo cuanto nos sea posible.

 

38.- Valoración del sufrimiento: plan de acción de las OMP             (17-05-26).

Este plan de acción sobre el valor del sufrimiento, amplio y completo, requiere generosa disponibilidad en todos los fieles; ya que todo bautizado es y debe ser, aunque en diversa medida y manera, misionero. Por todo ello, las Obras Misionales Pontificias, instrumento preferido del dinamismo misionero de la Iglesia, promueven el espíritu misionero -elemento no marginal sino esencial de la naturaleza del Cuerpo Místico- no solo en la Jornada Mundial de Misiones sino durante todo el año.

Dentro de los distintos instrumentos que OMP realiza para la animación misionera del pueblo de Dios, está también el de la valoración del sufrimiento para fines misioneros: la adhesión entre los enfermos, ancianos, abandonados, marginados, así como entre los encarcelados, para unir sus sufrimientos a los de Cristo en orden al progreso de la evangelización y a la dilatación del Cuerpo Místico de Cristo.

Es quizás esta, la más valiosa forma de cooperación misionera, porque alcanza su máxima eficacia precisamente en la unión de los sufrimientos de los hombres con el sacrificio de Cristo en el Calvario, renovado incesantemente en los altares.

La Iglesia proclama a todos los que sufren en el cuerpo o en el alma que tiene puesta su confianza en ellos, que cuenta con ellos para que el nombre de Jesús sea proclamado hasta los confines de la tierra. Son muy clarificadoras las palabras de la Carta Salvífici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano: «El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás. El hombre, cuanto más se siente amenazado por el pecado, cuanto más pesadas son las estructuras del pecado que lleva en el mundo de hoy, tanto más grande es la elocuencia que posee en sí el sufrimiento humano. Y tanto más la Iglesia siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo» (n. 27).

Ojalá la Virgen María «Reina de los mártires» y «Reina de los Apóstoles» despierte en todos nosotros el deseo de ser asociados a la pasión de Cristo Redentor universal.

 

39.- La Iglesia nació, por impulso del Espíritu Santo, el día de Pentecostés  (24-05-26).

Pentecostés es una fiesta judía que conmemoraba la Alianza de Dios con su pueblo en el Sinaí; la acogida de la voluntad salvífica -del Decálogo-; y la fiesta de las siete semanas (50 días) después del Éxodo de Egipto, ofreciendo la cosecha de los primeros frutos y reflexionando sobre la ley divina. Bueno, pues esta fiesta judía llega a plenitud en Cristo: la Alianza del Sinaí llega es siempre nueva por ser eterna; la ley externa, escrita en tablas de piedra, pasa a ser en el corazón con el don del Espíritu Santo; y las siete semanas después de la salida de Egipto y el ofertorio de las primicias del campo, pasa a ser la culminación del tiempo de la Iniciación y el ofertorio de la Iglesia sacramento de salvación.

Así, vemos cómo los Apóstoles, fieles al mandato de Cristo, se reunieron en el Cenáculo, junto con María, para hacer oración y reflexionar. A aquellos hombres privilegiados les embargaba un sentimiento de trepidación en relación con el mandato que el Maestro les había confiado: ‘Id… haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…» (Mt. 28,19). Trepidación también por las recientes amenazas de los Judíos, porque no comprendían muchas afirmaciones del Señor y, sobre todo, por la experiencia de la propia insuficiencia y limitación para responder al mandato divino. Aquellos primeros Apóstoles, ni eruditos, ni audaces, se reunieron en torno a Aquella que todos sentían como propia Madre y como fuente de esperanza y de confianza.

De improviso, se operó la ‘transformación’ bajo el impulso poderoso del Espíritu Santo. Una transformación radical de mente y corazón. Los Apóstoles sintieron entonces como si se les abriera la inteligencia y se vieron como animados de un incontenible fervor dinámico y dominados por una sola fuerza impelente: anunciar, comunicar a los otros lo que aparecía ya a sus ojos como una luz nueva, solar. El Espíritu recompuso en ellos, como en un maravilloso mosaico, todo cuanto Cristo les había dicho.

Así nació la Iglesia el día de Pentecostés, fruto de la Alianza de Dios con su pueblo, que puso la voluntad salvífica del Señor en sus corazones con el don del Espíritu Santo, que es quien los arrebató y ordenó que salieran del Cenáculo y emprendieran su misión universal. Y ellos partieron al encuentro de los hombres, iniciando su marcha por el mundo para anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos.

 

40.- La Iglesia, comunidad en perenne estado de misión                     (31-05-26).

La Iglesia aparece, pues, desde su origen, como la comunidad de los discípulos-misioneros que tiene su razón de ser en la realización, a través de los tiempos, de la misión de Cristo mismo: la evangelización del mundo. La Iglesia es por lo tanto una comunidad en perenne estado de misión, es una comunidad de discípulos-misioneros, cuyos miembros están unidos en un solo cuerpo para ser enviados a todos los pueblos y a todos los ambientes sociales y culturales.

Esta comunidad tiene dentro de sí diversos cometidos, funciones y carismas (cf 1Co 12,4 ss.), pero todos sus miembros tienen la vocación misionera: los obispos, los religiosos, las religiosas y los laicos. Conscientes de que no hay misión insignificante, que todos somos necesarios, que nos complementamos y nos enriquecemos viviendo en función de hacer posible la vida y el carisma de cada uno.

A todos, indistintamente, corresponde llevar a cabo, dentro de la propia vocación especifica y de las propias condiciones y posibilidades, la misión del Redentor. Todos se deben sentir comprometidos en el único mandato misionero: espaciar en el mundo la Buena Nueva que Cristo nos trajo, para que se cumpla la profecía del salmista: “Su voz se difunde por toda la tierra, y su palabra hasta los confines del mundo” (Sal 19,5).

Deben sentirse, pues, comprometidos, no solo los «misioneros» propiamente dichos que trabajan en las periferias geográficas de la evangelización, sino también cada uno de los sacerdotes y de las personas de vida consagrada, los cuales, en el ámbito de la propia actividad, deben inculcar en los fieles la conciencia del deber misionero.

También a los laicos atañe la ardua tarea de evangelizar a fondo las componentes sociales y culturales en las que viven, las periferias sociales y culturales, tanto en los países a donde no ha llegado todavía el Anuncio de la fe, como en aquellos países en los que el cristianismo necesita una urgente revitalización para recobrar una nueva y más incisiva fuerza de penetración.

 

41.- Los jóvenes, esperanza de la evangelización  (7-06-26).

Aunque el compromiso misionera afecta a todos miembros de la Iglesia, concierne especialmente a los jóvenes. Quienes, por sus energías, por su generosidad y entrega inteligente, saben responder siempre cuando se trata de sostener una causa justa.

En este momento crucial de la historia humana, cuando sobre nuestro mundo se cierne una densa amenaza de destrucción y aniquilamiento, la Iglesia pide a los jóvenes, en nombre de Cristo Señor, que se hagan anunciadores del Evangelio, que difundan con todas sus fuerzas la Palabra salvadora, la Verdad de Dios. Y esto, dando con sus vidas un testimonio del reino escatológico de verdad y de amor; y, al mismo tiempo, que se esfuercen en transformar, con el espíritu del Evangelio, todas las realidades temporales, venciendo la tentación del desaliento que conduce a echar marcha atrás o a la renuncia.

No es momento de ceder al miedo o delegar a otros esta misión, difícil pero sublime. Cada uno, como miembro de la Iglesia, ha de asumir su parte de responsabilidad. Cada uno debe hacer comprender a los que están a su alrededor, en la familia, en la escuela, en el mundo de la cultura, del trabajo, que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida; que solo Él puede desvanecer la desesperación y la alienación del hombre, dando razón de su existencia como criatura dotada de altísima dignidad, hecha a imagen y semejanza de Dios. Es necesario proclamar y hacer conocer la Verdad salvadora a todos los hombres, pues no podemos hacernos insensibles ante millones y millones de personas que no conocen todavía o conocen mal los tesoros inestimables de la Redención.

Cristo llama a los jóvenes a que vivan con espíritu de Iglesia, que contagien su espíritu joven a la Iglesia y la conserven joven con sus presencias, dándole vitalidad y vigor profético.

Pero también los necesita para proclamar la verdad, para llevar el anuncio de la salvación por los caminos del mundo; tiene necesidad de sus corazones generosos y disponibles para manifestar a todos los hombres su amor infinito y misericordioso. Cristo les pide que animen, que sensibilicen a los de su misma edad, a sus comunidades; que enciendan por doquier la llama de la fe. Solo así será posible vencer al demonio de la droga, solo así se podrá acabar definitivamente con las plagas de la violencia, del secularismo y del hedonismo que desvirtúan y desvían tantas energías juveniles.

 

42.- La cooperación misionera, tarea inmensa y urgente de toda la Iglesia  (14-06-26).

La llamada a la cooperación misionera de toda la Iglesia es una tarea inmensa y urgente que nos debe hacer reflexionar, pues todos los fieles, todos los miembros de la Iglesia, misionera por su misma naturaleza, son enviados, son corresponsables de la dilatación del Reino de Dios.

Además, si consideramos las necesidades de la actividad misionera y la situación alarmante de tan gran parte de la humanidad a la que no ha llegado todavía el anuncio evangélico, no podemos menos de experimentar en la intimidad de la propia conciencia el apremio del mandato de Cristo; no podemos dejar de advertir el grave deber que incumbe a todo cristiano de apoyar el progreso de la evangelización.

Dice, en efecto, San Pablo: “¿Cómo creerán en aquél de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán sin que se les predique? ¿Y cómo lo anunciarán si antes no se los envía?” (Rm 10,14-15).

Como comunidad, como Pueblo de Dios y Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia acompaña y sostiene el esfuerzo misionero de todos sus miembros, indicando los modos más apropiados de cooperación para que cada uno pueda dar su aportación. Consciente de que no hay misión insignificante, que todos tenemos que colaborar en la construcción del Cuerpo del Cristo total y universal, en la construcción de su Reino de libertad, de verdad, de justicia, de paz y de amor.

Cuando se vive una comunión auténtica, una interpenetración con actitud de entrega y de acogida radicales, totales y absolutas, se posibilita la interrelacionalidad, el que cada uno vive en el nombre de todos los demás. Es la expresión de una comunión de vida y de misión en la que cada uno es una “forma” de Cristo vivo, cada uno hace presente, visible y posible la vida de Cristo y su misión evangelizadora.

Entre los múltiples modos e innumerables medios, uno de los medios avalados por la experiencia, no exclusivos pero sí privilegiados por su estrecha conexión con la Sede de Pedro, es el de las Obras Misionales Pontificias: DOMUND; Infancia Misionera y Vocaciones Nativas.

 

43.- Las OMP son el instrumento privilegiado de la cooperación de la Iglesia (21-06-26).

Las Obras Misionales Pontificias son, como dicen sus Estatutos, “el instrumento oficial y principal de todas las Iglesias para la cooperación misionera”.

A estas obras -afirma el Concilio-, ‘se debe reservar con todo derecho el primer lugar, pues son medios para infundir en los católicos desde la infancia el sentido verdaderamente universal y misionero, y para estimular la recogida eficaz de subsidios en favor de todas las misiones, según las necesidades de cada una’ (AG, 38). Son, en efecto, los instrumentos activos, modernos, dinámicos, para sostener, en todos los aspectos, la acción directa de los misioneros que trabajan en las avanzadas, y para asegurar el apoyo indispensable a las poblaciones confiadas a su cuidado pastoral.

Las Obras Misionales Pontificias son el instrumento de la caridad del pueblo de Dios, del milagro del amor fraterno que se renueva anualmente en beneficio de tantos, aunque desafortunadamente aquéllas no puedan dar satisfacción a todos.

Una de las cuatro Obras Misionales Pontificias, la Unión Misional de los sacerdotes, religiosos y religiosas (la PUM), es precisamente la encargada de mantener viva en los fieles la conciencia del deber de la cooperación misionera a través de los guías del pueblo de Dios, formados y ‘educados’, oportunamente en la misionariedad, intrínseca a su vocación, por medio del constante trabajo de animación que esta benemérita obra lleva a cabo.

La Iglesia invita una vez más a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas, miembros de Institutos Seculares, a todos aquellos que tienen la suerte de vivir una vida consagrada, a trabajar no ya aisladamente, sino íntimamente unidos, bajo el signo del mismo ideal y de la misma dedicación común.

La Pontificia Unión Misional ofrece esta oportunidad, formando en el espíritu misionero, sosteniendo y ayudando en su camino a los sacerdotes, religiosos y religiosas..

La Iglesia espera que este Mensaje, recibido por todos los fieles de cada una de las Iglesias locales, reavivará en cada uno la conciencia del deber de sostener las Obras Misionales Pontificias, todavía lamentablemente no conocidas y organizadas en todas partes.

Dando su apoyo a las Obras Misionales Pontificias, el cristiano se sentirá cada vez más parte viva y vital de la Iglesia universal y experimentará el sentido más auténtico de su catolicidad; porque las Obras Misionales Pontificias son el medio más eficaz para que todos los cristianos, cooperando al esfuerzo misionero de la Iglesia misma, se sientan y sean en todo sentido las “piedras vivas” (1Pe 2,5) que edifican el Cuerpo Místico.

Debemos de actuar de modo que esos que en tantas partes del mundo nos tienden ahora sus manos implorando nuestro socorro, puedan decir un día con el Apóstol san Pablo: “Dispongo ya de lo necesario y hasta de lo superfluo; me habéis colmado de vuestros dones… que son perfume de suave olor, un sacrificio acepto y grato a Dios” (cf. Flp 4,18).

 

44.- Sentido catequético del Domingo Mundial de la Misiones -DOMUND-   (28-06-26).

¿Qué nos dicen los cien años de historia de la Jornada Misionera Mundial, del DOMUND?

Al comienzo de esta historia escuchamos la voz genuina de una pequeña porción del pueblo de Dios que, con su adhesión a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, supo hacerse intérprete de la misión universal de la Iglesia católica que, por su misma naturaleza, se inserta en las diversas culturas locales, sin perder nunca su profunda identidad de ser, “sacramento universal de salvación”. Y cuando la sugerencia para la institución de esta Jornada llegó a la sede de san Pedro, su promotor, el ya Beato Pío XI, la acogió inmediatamente, exclamando: «Es esta, una idea que viene del Cielo».

La iniciativa, confiada a las Obras Misionales Pontificias, especialmente a la Obra de la Propagación de la Fe, ha tenido siempre como objetivo dar al pueblo de Dios conciencia de la necesidad de implorar, promover y sostener las vocaciones misioneras, y la obligación de cooperar espiritual y materialmente a la causa misionera de la Iglesia.

Hay que dar gracias al Señor de que tantos hijos suyos tantas familias cristianas, educados al espíritu evangélico del amor desinteresado, han respondido a las consignas de la Jornada Misionera con admirables ejemplos de “caridad universal”, evidenciada con tantos sacrificios y plegarias ofrecidas por los misioneros, y a menudo con la colaboración directa de sus fatigas apostólicas.

Esto induce a pensar que la Jornada Misionera Mundial puede y debe ser, en la vida de cada una de las Iglesias particulares ocasión para llevar a la práctica la pastoral de una catequesis permanente de abierta dimensión misionera, proponiendo a cada uno de los bautizados y de las comunidades cristianas, un programa de vida ‘evangelizada y evangelizadora’.

El problema, siempre actual en la Iglesia de la dilatación del Reino de Dios entre los pueblos no cristianos, ha estado siempre presente en la mente de la Iglesia. Por eso, continuamente nos invita año tras año, en el Jornada Mundial de las Misiones -DOMUND-, a ser “discípulos-misioneros” enviado a los numerosos grupos de población que no conocen todavía a Cristo, para compartir tanto las riquezas espirituales de las Iglesias jóvenes como sus necesidades y sufrimientos, así como sus esfuerzos para que la fe cristiana ahonde cada vez más, sus raíces en las respectivas culturas; más aún, para estimular a todos aquellos que trabajan en los puestos avanzados de tan ingente empresa evangelizadora, a fin de que, con sus vidas, den siempre testimonio de credibilidad, sobre todo a los jóvenes, del Mensaje evangélico del que somos proclamadores, testigos y maestros.