MISIÓN AD GENTES 2025-2026.
Colaboración semanal durante el curso 2025-2026 en clave misionera de Don Antonio Evans Martos, Delegado episcopal de misiones en Córdoba. España.

VÍDEOS DE MISIÓN AD GENTES 2025-26.
1.- “MISIONEROS DE ESPERANZA ENTRE LOS PUEBLOS-I (7-09-25).
-ID TRAS LAS HUELLAS DE CRISTO NUESTRA ESPERANZA-
-Id tras las huellas de Cristo nuestra esperanza-
El Mensaje para el Domund 2025 está considerado como el “testamento espiritual misionero” del Papa Francisco continuando el camino de renovación evangélica misionera de la Iglesia, para que todos lleguemos a ser “artesanos” de esperanza.
Para ese fin propone en primer lugar ir tras las huellas de Cristo nuestra esperanza, mantener la mirada en Él porque es el centro de la historia, Él «es el mismo ayer y hoy y lo será siempre» (Hb 13,8). Ya, en la sinagoga de Nazaret, declaró el cumplimiento de la Escritura en el “hoy” de su presencia histórica. Él era el enviado del Padre, con la unción del Espíritu Santo, para llevar la Buena Noticia del Reino de Dios, e inaugurar «un año de gracia del Señor» para toda la humanidad (cf. Lc 4,16-21).
Ese «año de gracia del Señor» que proclamó es la realización en plenitud del Jubileo bíblico (cf. Lv 25) en el que se celebraba: la liberación de todo lo que impedía la plena realización personal y social; la restauración de todos los daños originados por el pecado personal y social; la renovación del proyecto original de Dios, su recreación, nacer de nuevo, como personas y como pueblo; y la capacitación para poder llegar a ser realidad el sueño de Dios, ser el signo de que ya se ha iniciado lo que se espera y el instrumento que lo hace universal… Por lo que se traducía en fiesta, ya que la esperanza no defrauda porque Dios es fiel en su misericordia.
Este “hoy” -nos dice el Papa- perdura, Cristo es el cumplimiento de la salvación para todos los que esperan. Él, en su vida terrena, pasó devolviendo la esperanza a los necesitados y al pueblo. Además, experimentó todas las fragilidades humanas, pasando también momentos críticos, que podían conducir a la desesperación, como en la agonía del Getsemaní y en la cruz. Pero Él encomendaba todo a su Padre, obedeciendo confiado a su Plan salvífico. Así se convirtió en modelo supremo de todos los Misioneros de Esperanza.
Cristo resucitado continúa su ministerio de esperanza para todos a través de su Iglesia. Él a través de ella sigue siendo buen samaritano ante cada persona pobre, afligida, desesperada y oprimida. Con su mismo espíritu de servicio, la Iglesia prolonga esa misión en medio de las gentes afrontando persecuciones, tribulaciones y dificultades; incluso sus propias imperfecciones y caídas, a causa de las fragilidades de sus miembros. La Iglesia, impulsada por el amor de Cristo, avanza acogiendo el clamor de la humanidad, sin perder la esperanza, contagiándola. Esta es la Iglesia del Señor: misionera, caminando con el Señor por las vías del mundo.
Debemos ser, todos los bautizados, discípulos-misioneros que hagan resplandecer la propia esperanza en cada rincón de la tierra.
2.- “MISIONEROS DE ESPERANZA ENTRE LOS PUEBLOS”-II (14-9-2025).
-SER, EN CRISTO Y COMO CRISTO, PORTADORES Y CONSTRUCTORES DE ESPERANZA-
Los cristianos estamos llamados a evangelizar compartiendo las condiciones de vida de las personas que nos encontramos, siendo portadores y constructores de esperanza (cf. GS, 1)
El Papa dice estar pensando particularmente en los misioneros ad gentes, los enviados, en el nombre de Jesucristo a las periferias geográficas. Porque ellos, siguiendo la llamada divina, han estado disponibles a ir a otras naciones para dar a conocer el amor de Dios en Cristo; por eso, el Papa les está agradecido de corazón. Sus vidas -nos dice el Papa- son una respuesta concreta al mandato de Cristo resucitado, que ha enviado a sus discípulos a evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28,18-20). De ese modo, los misioneros señalan la vocación universal de todos los bautizados a ser, con la fuerza del Espíritu Santo y el compromiso diario, entre los pueblos, misioneros de esa inmensa esperanza que nos concede Jesús, el Señor.
Pero, como el mandato de ser, en Cristo y como Cristo, portadores y constructores de la esperanza cristiana incumbe a todos los bautizados, a toda la Iglesia, hay que tener presente también las periferias sociales y culturales, ya que la esperanza cristiana va más allá de las realidades mundanas y se abre a las divinas, que ya pregustamos en el presente (EN, 27). La esperanza cristiana requiere que seamos signos de una nueva humanidad en un mundo que muestra síntomas de crisis de lo humano: con un sentimiento generalizado de desorientación, soledad y abandono de los ancianos; mostrando dificultad para estar disponibles a ayudar a quienes nos rodean; donde decae la proximidad, estamos todos interconectados pero no estamos en relación; donde la eficiencia y el apego a las cosas y a las ambiciones hacen que estemos centrados en nosotros mismos y seamos incapaces de altruismo. El Evangelio, vivido en la comunidad, puede restituirnos una humanidad íntegra, sana, redimida.
El Papa renueva la invitación a todos, con opción preferencial a todas las periferias, a realizar las obras indicadas en la Bula de convocación al Jubileo (nn7-15): que tengamos una particular atención a los más pobres y débiles, enfermos, ancianos y excluidos; y que lo hagamos con el estilo de Jesús: con cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal en su situación concreta (cf. EG, 127-128). Acentúa que muchas veces, serán ellos quienes nos enseñarán a vivir con esperanza.
Esas dos expresiones son claves (la atención a los pobres y el estilo evangélico), porque los cristianos, discípulos-misioneros de la esperanza, somos transmisores a los demás de las gracias concretas de Dios en Cristo. Para vivir como portadores y constructores de esperanza por vocación, estamos llamados a ser cada vez más “signos del Corazón de Cristo y del amor del Padre, abrazando al mundo entero”. Los misioneros de la esperanza son, por tanto, también y sobre todo, misioneros de la misericordia fiel divina.
3.- “MISIONEROS DE ESPERANZA ENTRE LOS PUEBLOS”-III (21-9-25). -TRES CAMINOS PARA RENOVAR LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA DE LA ESPERANZA-
Hoy, ante la urgencia de la misión de la esperanza, todos los bautizados somos invitados por el Papa a ser los primeros en formarnos para poder realizar el altísimo honor de ser, en Cristo y como Cristo, “artesanos” de esperanza y restauradores de una humanidad con frecuencia distraída e infeliz.
El primer camino que debemos seguir es el de renovar en nosotros la espiritualidad pascual que vivimos en cada celebración eucarística y sobre todo en el Triduo Pascual, centro y culmen del año litúrgico. Se trata de tomar conciencia de que hemos sido bautizados en la muerte y resurrección redentora de Cristo, en la Pascua del Señor, que marca la eterna primavera de la historia. Renacemos permanentemente del Señor. Somos “gente de primavera”, con una mirada siempre llena de esperanza para compartir con todos, porque en Cristo creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras sobre la existencia humana. Siendo conscientes de que de los misterios pascuales, que se actualizan en cada una de las celebraciones litúrgicas y en los sacramentos, recibimos continuamente la fuerza del Espíritu Santo con el celo, la determinación y la paciencia necesarios para trabajar en el vasto campo de la evangelización del mundo.
El segundo camino necesario es el de la oración, una manera sencilla pero siempre eficaz de vivir y transmitir la esperanza en la misión. Los misioneros de esperanza son hombres y mujeres de oración. El Papa apunta concretamente a hacerlo también y sobre todo con la Palabra de Dios y particularmente con los Salmos. Rezando mantenemos encendida la llama de la esperanza que Dios encendió en nosotros, para que se convierta en una gran hoguera, que ilumine y dé calor a todos los que están alrededor, también con acciones y gestos concretos inspirados por esa misma oración.
El tercer camino necesario es ser conscientes de que la evangelización es siempre un proceso comunitario, como el carácter de la esperanza cristiana (cf. SS, 14). Es necesario continuar, después del primer anuncio y el bautismo, con la construcción de comunidades cristianas a través del acompañamiento de cada bautizado por el camino del Evangelio. En la sociedad moderna, la pertenencia a la Iglesia no es nunca una realidad adquirida de una vez por todas. La acción misionera de transmitir y formar una fe madura en Cristo es «el paradigma de toda obra de la Iglesia» (EG, 15), una obra que requiere comunión de oración y de acción.
El Papa completa su Mensaje para el Domund recomendando de nuevo la renovación del espíritu sinodal de la Iglesia y el servicio de las Obras Misionales Pontificias en promover la responsabilidad misionera de los bautizados y en sostener a las nuevas Iglesias particulares.
Y termina exhortando a todos -niños, jóvenes, adultos, ancianos-, a participar activamente en la común misión evangelizadora con el testimonio de sus vidas y con la oración, con sus sacrificios y su generosidad. Por todo lo cual, da las gracias de corazón.
Por último, confía a María, Madre de Jesucristo nuestra esperanza, «Que la luz de la esperanza cristiana pueda llegar a todas las personas, como mensaje del amor de Dios que se dirige a todos. Y que la Iglesia sea testigo fiel de este anuncio en todas partes del mundo» (Spes non confundit, 6).
4.- SEMANA DEL ENCUENTRO PERSONAL CON CRISTO VIVO EN SU IGLESIA (28-09-25).
Iniciamos la celebración del Octubre Misionero acogiendo el Mensaje que ensu día redactó el Papa Francisco y que está considerado su “testamento espiritual misionero”.
Con el lema «Misioneros de esperanza entre los pueblos» el Papa Francisco nos recuerda a todos que nuestra vocación fundamental es ser mensajeros y constructores de esperanza. Y para ese fin propone en primer lugar ir tras las huellas de Cristo nuestra esperanza, mantener la mirada en Él porque es el centro de la historia, “es el mismo ayer, hoy, y lo será siempre” (Hb 13,8), es el fundamento y modelo de la esperanza cristiana. Seguirle, salir una y otra vez sin cansarnos o desanimarnos ante las dificultades y los obstáculos para cumplir fielmente la misión recibida del Señor.
Más aún, el Papa nos indica la manera de realizar la misión. Nos matiza que hay que hacerla con respeto y amabilidad, con cercanía, compasión y ternura. Aspectos que reflejan el modo de ser y de actuar de Dios. El centro de nuestra vida y de nuestra misión debe ser siempre Cristo, fundamento y modelo de la esperanza cristiana.
Pero para vivir ese seguimiento es necesario tener un encuentro personal con Él, que sigue vivo en su Iglesia a través de la Eucaristía, la palabra de Dios, la oración personal y la comunitaria. Esta es la perspectiva en la que la Iglesia se mueve y desarrolla su misión aquí y ad gentes: oración, testimonio, formación y caridad pueden ser los caminos concretos para que cada bautizado pueda confesar su ser profeta gracias al bautismo.
Y como testigo de ese encuentro y de ese seguimiento de Cristo tenemos el testimonio de san Juan de Ávila, llamado Apóstol de Andalucía por su vida entregada a la evangelización del sur de España. Si la nueva evangelización pretende reanimar la vida cristiana y difundir a todas las gentes la Buena Noticia de Jesús, san Juan de Ávila no fue ajeno a este propósito. En un contexto tan complejo como el suyo, de no fácil convivencia entre religiones y culturas y de extensas áreas descristianizadas por siglos de dominación musulmana, contó también con su “atrio de los gentiles”, generando un original modo de diálogo y exposición de la fe en el que ensamblaba la solidez de la doctrina cristiana con referencias al vivir cotidiano y con su testimonio de vida.
5.- SEMANA DEL TESTIMONIO MISIONERO (5-10-25).
El Domund de este año, con el lema «Misioneros de esperanza entre los pueblos», nos recuerda que estamos llamados a evangelizar compartiendo las condiciones de vida de las personas que nos encontramos, siendo portadores y constructores de esperanza. Pues, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS, 1).
Precisamente en este punto es donde el Papa pone a los misioneros ad gentes como auténticos testimonios por su disponibilidad fiel al mandato de Jesús de mostrar y anunciar la misericordia y la fidelidad de Dios a todos los pueblos. Esa radicalidad de entregar toda su vida -y de por vida- para llevar ese mensaje de esperanza a los sitios más lejanos y empobrecidos es el motivo por el que el Papa les muestra su profundo agradecimiento.
Pero sin dejar atrás que todos estamos implicados en la misión evangelizadora, que la verdad sobre la esperanza cristiana hay que testimoniarla con valentía, señalando y acercando a todos las realidades divinas y trascendentales, las únicas que responden a las esenciales necesidades de cada corazón humano. Con ese objetivo nos pide que, como discípulos-misioneros de Cristo, realicemos acciones concretas que favorezcan y animen la esperanza cristiana en el mundo. Sin olvidar que debemos realizarlas con estilo evangélico, con el estilo de Jesucristo: con cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal de cada uno de nuestros hermanos en su situación concreta.
Durante esta semana el Papa nos invita a contemplar, además del testimonio de nuestros actuales misioneros ad gentes, el testimonio de los santos, de los mártires de la misión y de los confesores de la fe, que nos precedieron y que fueron expresión de la adultez en la fe de la Iglesia, y auténticos “artesanos” de la esperanza.
Nuestra Iglesia particular ha recogido diez testimonios de sacerdotes, religiosos y laicos que, al aire del Espíritu, se sintieron enviados a mostrar el amor de Dios en todas las periferias, ya sean geográficas, las sociales o las culturales, como expresión del espíritu misionero de nuestra Iglesia particular, y hoy quiere presentarlos como modelos e intercesores en la fe y en la misión.
Hoy queremos considerar el testimonio de San Francisco Solano, natural de Montilla, vivió toda su vida y realizó su misión siguiendo radicalmente a Cristo. De aquí que podemos tenerlo como modelo de discípulo y de misionero. Desde muy joven aprendió a caminar por la periferia, por lo marginal, por lo insignificante, llegando a ver ahí a Dios y desenvolviéndose en esos campos con una soltura impresionante y con una alegría que no tiene explicación si no es vista con los ojos limpios a los que hace referencia el Evangelio. Fue un auténtico “artesano” de la esperanza cristiana.
6.- SEMANA DE LA FORMACIÓN MISIONERA (12-10-25).
Con el lema «Misioneros de la esperanza entre los pueblos», la Iglesia busca recordar a cada cristiano y a la Iglesia, comunidad de bautizados, la vocación fundamental a ser mensajeros y constructores de la esperanza, siguiendo las huellas de Cristo; que nos dejemos guiar por el Espíritu de Dios y arder de santo celo para iniciar una nueva etapa evangelizadora de la Iglesia, enviada a reavivar la esperanza en un mundo abrumado por densas sombras; despertar la conciencia misionera y la transformación misionera de la vida y de la pastoral.
Así, ante el panorama que presenta nuestro mundo, ante la urgencia de la misión de la esperanza, todos los bautizados somos invitados por el Papa a ser los primeros en formarnos, en hacer adulta nuestra fe, en adquirir una formación bíblica, catequética, espiritual y teológica sobre la missio ad gentes, para poder realizar el altísimo honor de ser, en Cristo y como Cristo, “artesanos” de esperanza y restauradores de una humanidad con frecuencia distraída e infeliz. Con ese objetivo indica tres caminos necesarios para renovar la espiritualidad misionera de la esperanza cristiana por vocación:
– Primero, renovando la espiritualidad pascual, viviendo cada vez más intensamente la Eucaristía y sobre todo el Triduo Pascual, centro y culmen del año litúrgico. Ser “gente de primavera”, que vive en Cristo y como Cristo, que siente con el corazón de Cristo, mira con sus ojos, y vive con una alegría incombustible, con una esperanza cierta.
– Segundo, haciéndolo a través de la oración. Sobre todo con la Palabra de Dios y los Salmos, pues estos nos educan para esperar en las adversidades, para discernir los signos de esperanza y tener el constante deseo misionero de que Dios sea alabado por todos los pueblos
– Y tercero, siendo conscientes de que la evangelización es siempre un proceso comunitario. Lo que se traduce en la necesidad de seguir con una formación permanente de la fe cristiana hasta su madurez, capaz de generar a Cristo en los demás.
Hoy contemplamos el testimonio del santo obispo dominico Domingo Henares, natural de Baena y misionero en Vietnam. Él vivió evangélicamente su consagración bautismal, religiosa, sacerdotal y episcopal, siendo un hombre de Dios y amador de los hombres. De su intimidad con Dios, que apoyaba en una vida de oración intensa, brotaba, como de su fuente, su caridad, bondad, paciencia, prudencia y alegría. Su sensibilidad apostólica se manifestó con los marginados y pobres de una manera práctica y efectiva: se desprendía de cuanto tenía algún valor para comprar telas que por la noche cosía y remendaba para vestir a los pobres. Pero donde se encuentra la piedra de toque de su sensibilidad social es en los extremos más débiles: los niños y los ancianos.
7.-SEMANA DE CARIDAD MISIONERA (19-10-25).
El Octubre Misionero culmina en esta cuarta semana, dedicada a la caridad misionera como apoyo para el inmenso trabajo de evangelización y de la formación cristiana de las Iglesias más necesitadas. Con el lema «Misioneros de esperanza entre los pueblos» el Papa Francisco nos recuerda que nuestra vocación fundamental es ser mensajeros y constructores de esperanza, por tanto, también y sobre todo, misioneros de la misericordia fiel de Dios.
Como discípulos-misioneros de Cristo, como misioneros de la misericordia fiel de Dios, debemos realizar acciones concretas que favorezcan y animen la esperanza cristiana en el mundo. Para vivir como “artesanos” de esperanza cristiana por vocación debemos ser signos del Amor del Padre, del Corazón de Cristo que busca abrazar al mundo entero. Lo cual requiere siempre el estilo evangélico, el de Jesucristo: cercanía, compasión y ternura, cuidando la relación personal de cada uno de nuestros hermanos en su situación concreta.
Realmente, la caridad es la prueba de nuestra fe y de nuestra esperanza. La caridad se convierte en programa de vida para la Iglesia apoyando espiritual y materialmente el trabajo de la evangelización: anunciar a un Dios hecho hombre que acompaña a cada criatura en su caminar ofreciendo amor, sentido a la vida y esperanza; y rubricarlo con la opción preferencial por los más alejados, empobrecidos y marginados, amando lo no amable, soportando lo insoportable, esperando contra toda esperanza, reaccionando siempre con amor. La caridad se acrisola en el perdón, en entregar la vida por los que te la quitan.
Como todos los años, hay que recordar que están esperando de nuestra caridad: millones de personas que viven en la más absoluta pobreza; millones que nacen viven y mueren sin hogar; millones que mueren de hambre; millones de refugiados; y un desgraciado largo etc. de dolor, sufrimiento, injusticia, desesperanza y desolación. Estamos llamados todos a ser “artesanos” de su esperanza.
Hoy tenemos el testimonio del ardor misionero de san Nicolás María Alberca, natural de Aguilar de la Frontera y misionero en Damasco (Siria), quien a través de sus cartas deja patente una personalidad humanamente muy rica, pero sobre todo adornada con un sello sobrenatural que se manifiesta en todas sus aspiraciones y acciones, pues siempre se mueve a impulsos de un ideal: hacer en todo y por todo la voluntad de Dios; también resalta a través de su existencia su lucha tenaz por llevar a término su vocación y un profético presentimiento de su martirio, ocurrido nada más llegar a su destino.
8.- JESUCRISTO ES LA ESPERANZA DE LA HUMANIDAD (26-10-25).
Evangelizar es proclamar, confesar nuestra fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda, el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos (cf Hch 4,12).
En base a esta confesión de fe brota de nuestro corazón y de nuestros labios una alegre confesión de esperanza: ¡Tú, Señor, resucitado y vivo, eres la esperanza siempre nueva de la Iglesia y de la humanidad; Tú eres la única y verdadera esperanza del hombre y de la historia; Tú eres entre nosotros “la esperanza de la gloria” (Col 1,27) ya en esta vida y también más allá de la muerte! En ti y contigo podemos alcanzar la verdad, nuestra existencia tiene un sentido, la comunión es posible, la diversidad puede transformarse en riqueza, la fuerza del Reino ya está actuando en la historia y contribuye a la edificación de la ciudad del hombre, la caridad da valor perenne a los esfuerzos de la humanidad, el dolor puede hacerse salvífico, la vida vencerá a la muerte y lo creado participará de la gloria de los hijos de Dios (Mensaje final de la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de Obispos, 1999).
Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el seno del Padre desde siempre (cf Jn 1,18), es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos.
Jesucristo es nuestra esperanza porque revela el misterio de la Trinidad. Este es el centro de la fe cristiana, que puede ofrecer una gran aportación a la edificación de estructuras que, inspirándose en los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la historia y la cultura de los pueblos.
Múltiples son las raíces ideales que han contribuido con su savia al reconocimiento del valor de la persona y de su dignidad inalienable, del carácter sagrado de la vida humana y del papel central de la familia, de la importancia de la educación y de la libertad de opinión, de palabra, de religión, así como también a la tutela legal de los individuos y de los grupos, a la promoción de la solidaridad y del bien común, al reconocimiento de la dignidad del trabajo. Tales raíces han favorecido que el poder político esté sujeto a la ley y al respeto de los derechos de la persona y de los pueblos.
Jesucristo es nuestra esperanza porque es el único mediador y portador de salvación para la humanidad entera. De ahí que la Iglesia ha de reconocerse como un don con el que Dios enriquece a los pueblos anunciando y testimoniando que solo en Él, la humanidad, la historia y el cosmos, encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente. Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación. No solo es un mediador de salvación, sino la fuente misma de la salvación.
9.- SIN CONVERSIÓN, NO HAY ESPERANZA (2-11-25).
Es una exigencia que nace de la necesidad de dar una verdadera imagen de la Iglesia ante el panorama que presenta nuestro tiempo actual que vive envuelto en un secularismo que contagia a un amplio sector de cristianos que normalmente piensan, deciden y viven “como si Cristo no existiera”. Lo exige también la grave situación de indiferencia religiosa que reina en nuestra sociedad, incluso en nuestras propias familias. Y, sobre todo, lo exige la presencia de muchos que no conocen todavía a Jesucristo y su Iglesia, y que todavía no están bautizados. Todo ello, lejos de apagar nuestra esperanza, la hacen más humilde y capaz de confiar solo en Dios. De su misericordia recibimos la gracia y el compromiso de la conversión.
Jesucristo es nuestra esperanza en la medida en que nos abramos constantemente con confianza a Él y nos dejemos renovar por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a ella (cf Jn 14,6; Sal 16[15],11). Por el tenor de vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los hombres podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre. En efecto, en la fe de la Iglesia no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos (Hch 4,12).
Jesucristo es la esperanza de toda persona porque da la vida eterna. Él es “la Palabra de vida” (1Jn 1,1), venido al mundo para que los hombres “tengan la vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Así nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad.
La misión de la Iglesia es tener en cuenta la sed de verdad de toda persona y la necesidad de valores auténticos que anima a los pueblos. Es preciso que la Iglesia sepa devolver a la esperanza su dimensión escatológica originaria. En efecto, la verdadera esperanza cristiana es teologal y escatológica, fundada en el Resucitado, que vendrá de nuevo como Redentor y Juez, y que nos llama a la resurrección y al premio eterno (cf. “Ecclesia in Europa”, san Juan Pablo II, nn.18-21).
Se necesita una actitud sincera de conversión evangélica que nos lance a anunciar y servir al Evangelio de la Esperanza: a insertar en el mundo los valores del Reino, a comprometerse en la política, en la realidad social, en la economía, en la cultura, en la ecología, en la vida internacional, en la familia, en la educación, en las profesiones, en el trabajo y el sufrimiento.
10.-URGE EVANGELIZAR AL MATRIMINIO Y A LA FAMILIA-I (9-11-25).
Es urgente proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia, es una necesidad que siente la Iglesia de manera apremiante porque sabe que dicha tarea le compete por la misión evangelizadora que su Esposo y Señor le ha confiado y que hoy se plantea con especial urgencia.
Son muchos los factores culturales, sociales y políticos, que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia; que comprometen en buena medida la verdad y dignidad de la persona humana; que ponen en tela de juicio, desvirtuándola, la idea misma de familia; que tergiversan cada vez más el valor de la indisolubilidad matrimonial; que reclaman formas de reconocimiento legal de las convivencias de hecho, equiparándolas al matrimonio legítimo; que presentan proyectos para que se acepten modelos de pareja en los que la diferencia sexual no se considera esencial.
Y es en este contexto, en el que se pide a la Iglesia que anuncie con renovado vigor lo que el Evangelio dice sobre el matrimonio y la familia, para comprender su sentido y su valor en el designio salvador de Dios. En particular, es preciso reafirmar dichas instituciones como provenientes de la voluntad de Dios. Hay que descubrir la verdad del matrimonio y de la familia como una íntima comunión de vida y amor, abierta a la procreación de nuevas personas, así como su dignidad de “Iglesia doméstica” y su participación en la misión de la Iglesia y en la vida de la sociedad.
Se ha de reconocer que muchas familias, en la existencia cotidiana vivida en el amor, son testigos visibles de la presencia de Jesús, que las acompaña y sustenta con el don de su Espíritu. Para apoyarlas en este camino, se debe:
- En primer lugar, profundizar la teología y la espiritualidad del matrimonio y de la familia.
- En segundo lugar, proclamar con firmeza e integridad, manifestándolo con ejemplos convincentes, la verdad y la belleza de la familia fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, entendido como unión estable y abierta al don de la vida.
- En tercer lugar, promover en todas las comunidades eclesiales una adecuada y orgánica pastoral familiar.
- En cuarto lugar, ofrecer con solicitud materna por parte de la Iglesia una ayuda a los que se encuentran en situaciones difíciles, como por ejemplo, las madres solteras, personas separadas, divorciadas o hijos abandonados.
- Y en quinto lugar, suscitar, acompañar y sostener el justo protagonismo de las familias, individualmente o asociadas, en la Iglesia y en la sociedad, y esforzarse para que los Estados promuevan auténticas y adecuadas políticas familiares.
11.- URGE EVANGELIZAR AL MATRIMINIO Y A LA FAMILIA-II (16-11-25).
Seguimos con la necesidad de evangelizar al matrimonio y a la familia por ser la esperanza de Dios y de la humanidad. Por eso, se debe prestar una atención particular a que los jóvenes y los novios reciban una adecuada educación al amor mediante programas específicos de preparación al sacramento del Matrimonio que les ayuden a llegar a su celebración viviendo en castidad, y tomando plena conciencia de lo que supone la consagración de su amor para vivir una unión indivisible, indisoluble y abierta a la vida.
A lo que habría que añadir que la Iglesia, en su labor educativa, deberá mostrar su solicitud acompañando a los recién casados después de la celebración del matrimonio.
La Iglesia ha de acercarse también, con bondad materna, a las situaciones matrimoniales en las que fácilmente puede decaer la esperanza:
- En primer lugar ante tantas familias rotas, debe iluminar esos dramas humanos con la luz de la palabra de Dios, acompañada por el testimonio de su misericordia.
- Y en segundo lugar, la pastoral familiar debe aliviar también las situaciones de los creyentes que se han divorciado y vuelto a casar civilmente. La Iglesia, sin ocultarles la verdad del desorden moral objetivo en el que se hallan y de las consecuencias que derivan de él para la práctica sacramental, quiere mostrarles toda su cercanía materna.
Son las familias mismas tienen que realizar una tarea insustituible respecto al Evangelio de la esperanza. Por eso, con confianza y afecto a todas las familias cristianas, la Iglesia les renueva su permanente invitación: “¡Familias, sed lo que sois!”:
- Sois la representación viva de la caridad de Dios: tenéis la “misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (FC 17).
- Sois el “santuario de la vida […]: el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano” (CA 39).
- Sois el fundamento de la sociedad, en cuanto lugar primordial de la “humanización” de la persona y de la convivencia civil (ChL 40), modelo para instaurar relaciones sociales vividas en el amor y la solidaridad.
¡Sed vosotras mismas testimonio creíble del Evangelio de la esperanza! Porque sois la esperanza de Dios, de la Iglesia y de la humanidad.
12.- EVANGELIZAR REQUIERE VIVIR SIRVIENDO AL EVANGELIO DE LA VIDA (23-11-25).
El envejecimiento y la disminución de la población que se advierte en muchos Países es motivo de preocupación; la disminución de los nacimientos es síntoma de escasa serenidad ante el futuro; manifiesta una falta de esperanza y es signo de la «cultura de la muerte» que nos invade.
Hay que recordar otros signos que contribuyen a delinear el eclipse del valor de la vida y a desencadenar una especie de conspiración contra ella:
- La difusión del aborto, recurriendo incluso a productos químico-farmacéuticos que permiten efectuarlo sin tener que acudir al médico y eludir cualquier forma de responsabilidad social; ello es favorecido por la existencia en muchos Estados del Continente de legislaciones permisivas de un acto que es siempre un “crimen nefando” y un grave desorden moral.
- Los atentados perpetrados por la intervención sobre los embriones humanos que, aun buscando fines en sí mismos legítimos, comportan inevitablemente su destrucción.
- También el uso incorrecto de técnicas diagnósticas prenatales puestas al servicio no de terapias a veces posibles sino de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo.
- La tendencia a creer que se puede permitir poner conscientemente punto final a la propia vida o a la de otro ser humano: de aquí la difusión de la eutanasia, encubierta o abiertamente practicada, para la cual no faltan peticiones y tristes ejemplos de legalización.
Ante este estado de cosas, es necesario “servir al Evangelio de la vida” incluso mediante una “movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida” (EV 95).
La Iglesia anima a las comunidades cristianas a ser evangelizadoras de la vida:
- Por un lado, invitando a los matrimonios y a las familias cristianas a ayudarse mutuamente a ser fieles a su misión de colaboradores de Dios en la procreación y educación de nuevas criaturas. La Iglesia aprecia todo intento de reaccionar al egoísmo en el ámbito de la transmisión de la vida, fomentado por falsos modelos de seguridad y felicidad.
- Y por otro, pidiendo a los Estados que actúen políticas clarividentes que promuevan las condiciones concretas de vivienda, trabajo y servicios sociales, idóneas para favorecer la constitución de la familia, la realización de la vocación a la maternidad y a la paternidad.
13.-HAY QUE EVANGELIZAR CONSTRUYENDO UNA CIUDAD DIGNA DEL HOMBRE (30-11-25).
La caridad diligente nos apremia a anticipar el Reino futuro. Por eso mismo colabora en la promoción de los auténticos valores que son la base de una civilización digna del hombre. La espera de los cielos nuevos y de la tierra nueva, en vez de alejarnos de la historia, intensifica la solicitud por la realidad presente, donde ya ahora crece una novedad, que es germen y figura del mundo que vendrá.
Animados por estas certezas de fe, debemos esforzarnos en construir una ciudad digna del hombre. Aunque no sea posible establecer en la historia un orden social perfecto, sabemos sin embargo que cada esfuerzo sincero por construir un mundo mejor cuenta con la bendición de Dios, y que cada semilla de justicia y amor plantado en el tiempo presente florece para la eternidad.
La Doctrina Social de la Iglesia tiene una función inspiradora en la construcción de una ciudad digna del hombre:
- Con ella plantea la Iglesia la cuestión de la calidad moral de la civilización que tiene su origen, por una parte, en el encuentro del mensaje bíblico con la razón; y por otra, con los problemas y las situaciones que afectan a la vida del hombre y de la sociedad.
- Con el conjunto de los principios que ofrece, contribuye a poner bases sólidas para una convivencia en la justicia, la verdad, la libertad y la solidaridad.
- Ella está orientada a defender y promover la dignidad de la persona, fundamento no solo de la vida económica y política, sino también de la justicia social y de la paz.
- En ella se encuentran las bases para poder defender la estructura moral de la libertad, de manera que se proteja la cultura y la sociedad tanto de la utopía totalitaria de una “justicia sin libertad”, como de una “libertad sin verdad”, que comporta un falso concepto de “tolerancia”, precursoras ambas de errores y horrores para la humanidad.
La Doctrina Social de la Iglesia, por su relación intrínseca con la dignidad de la persona, está formulada para ser entendida también por los que no pertenecen a la comunidad creyente:
- Es urgente, pues, difundir su conocimiento y estudio, superando la ignorancia que se tiene de ella incluso entre los cristianos.
- Es necesaria la presencia de laicos cristianos que, en las diversas responsabilidades de la vida civil, de la economía, la cultura, la salud, la educación y la política, trabajen para infundir en ellas los valores del Reino.
14.-EVANGELIZAR REQUIERE CONSTRUIR UNA CULTURA DE LA ACOGIDA-I (7-12-25).
La migración supone un desafío particular por las dimensiones y por la situación de dolor que encierra. La integración, que no asimilación, en la Iglesia es uno de los signos de los tiempos eclesiales más claros. En el encuentro con las personas migradas se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente.
Entre los retos que tiene hoy el servicio al Evangelio de la esperanza se debe incluir el creciente fenómeno de la migración, que desafía la capacidad de la Iglesia para acoger a toda persona, cualquiera que sea su pueblo o nación de pertenencia.
Teniendo en cuenta el estado de miseria, de subdesarrollo o también de insuficiente libertad, que por desgracia caracteriza aún a diversos Países, es preciso un compromiso valiente para realizar un orden económico internacional más justo, capaz de promover el auténtico desarrollo de todos los pueblos y de todos los Países.
Ante el fenómeno de la migración, se plantea la cuestión de la capacidad para encontrar formas de acogida y hospitalidad inteligentes. El fenómeno mismo de la globalización reclama apertura y participación, si no quiere ser origen de exclusión y marginación sino más bien de participación solidaria de todos en la producción e intercambio de bienes.
Todos han de colaborar en el crecimiento de una cultura madura de la acogida que, teniendo en cuenta la igual dignidad de cada persona y la obligada solidaridad con los más débiles, exige que se reconozca a todo migrante los derechos fundamentales.
También es necesario tratar de individuar posibles formas de auténtica integración de los migrantes acogidos legítimamente en el tejido social y cultural.
Esto exige que no se ceda a la indiferencia sobre los valores humanos universales y que se salvaguarde el propio patrimonio cultural de cada nación. Una convivencia pacífica y un intercambio de la propia riqueza interior harán posible la edificación de una casa común.
Por su parte, la Iglesia está llamada a continuar su actividad, creando y mejorando cada vez más sus servicios de acogida y su atención pastoral con los migrantes y refugiados, para que se respeten su dignidad y libertad, y se favorezca su integración.
15.- EVANGELIZAR REQUIERE CONSTRUIR UNA CULTURA DE LA ACOGIDA-II (14-12-25).
De cada cinco personas que vivimos en España, una ha venido de fuera. Ellos, los migrantes, han transformado la sociedad española, y por tanto, también nuestras diócesis, parroquias y comunidades eclesiales. La gran mayoría lleva más de diez años con nosotros y se encuentra fuertemente arraigada en nuestro país. Incorporándose a nuestro esfuerzo, suman una aportación valiosa y necesaria de la que dependemos.
Pero este arraigo en nuestra sociedad y su contribución no siempre se corresponde con una equiparación socioeconómica como la obtenida por la población autóctona. Las personas migradas sufren mayores índices de desempleo o subempleo, acceden con más trabas a las políticas sociales y sufren mayor vulnerabilidad social.
Sin embargo, una mirada creyente permite acoger la valiosa contribución de las personas migradas a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia: aportan su trabajo para el desarrollo de nuestro país; nos enriquecen como personas por su alegría, perseverancia, austeridad; nos refrescan la presencia de Dios despertando en nosotros el ansia de justicia, caridad y paz que hay en el corazón de todo ser humano.
Ellos favorecen al crecimiento de la comunidad: en el encuentro con ellos se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente.
La migración supone para la Iglesia un desafío particular: a cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia.
La Iglesia, a través del Papa Francisco, propone cuatro verbos clave para la pastoral con migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. Estos verbos reflejan un enfoque integral y cristiano hacia las personas migrantes, buscando garantizar sus derechos y promover su bienestar en la sociedad:
- Acoger: Implica recibir a los migrantes con los brazos abiertos, reconociéndolos como personas con dignidad y derechos, y ofreciéndoles un espacio de pertenencia.
- Proteger: Se refiere a salvaguardar la integridad física, emocional y espiritual de los migrantes, protegiéndolos de situaciones de riesgo, explotación y violencia.
- Promover: Implica ayudar a los migrantes a desarrollar su potencial, a participar activamente en la sociedad y a acceder a oportunidades de educación, empleo y desarrollo.
- Integrar: Se trata de facilitar la inclusión social de los migrantes, promoviendo el diálogo intercultural, el respeto mutuo y la construcción de comunidades inclusivas.
Además de estos cuatro verbos, la Iglesia también enfatiza la importancia de escuchar, acompañar, celebrar y compartir la fe con los migrantes.
En resumen, la pastoral migratoria de la Iglesia se basa en una visión evangélica que busca:
- Reconocer la dignidad y los derechos de los migrantes.
- Ofrecerles acogida, protección y promoción.
- Facilitar su integración en la sociedad, promoviendo la unidad y la comunión.
- Acompañarlos en su camino, compartiendo la fe y construyendo comunidades acogedoras y misioneras.
16.- EVANGELIZAR ES VIVIR OPTANDO POR LA CARIDAD (21-12-25)
La llamada a vivir la caridad activa es una síntesis lograda de un auténtico servicio al Evangelio de la esperanza. Ahora es lo que se propone como opción permanente a la Iglesia de Cristo:
- Que las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de los que sufren, sean las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias, y que nada de lo genuinamente humano deje de tener eco en su corazón.
- Que observe al hombre de hoy y su rumbo en la vida con la simpatía de quien aprecia todo elemento positivo; pero que, al mismo tiempo, no cierre los ojos ante lo que es incoherente con el Evangelio y lo denuncie con energía.
La Iglesia debe acoger cotidianamente con renovado frescor el don de la caridad que Dios le ofrece y que la hace capaz. Debe aprender el contenido y la dimensión del amor de Dios:
- Que sea la Iglesia de las bienaventuranzas, siempre en conformidad con Cristo.
- Que, libre de obstáculos y dependencias, sea pobre y amiga de los más pobres, acogedora de cada persona y atenta a toda forma, antigua o nueva, de pobreza.
- Que purificada constantemente por la bondad del Padre, reconozca en la actitud de Jesús, que ha defendido siempre la verdad mostrándose al mismo tiempo misericordioso con los pecadores, la norma suprema de su actividad.
En Jesús, en cuyo nacimiento se anunció la paz (cf. Lc 2,14), en Él que con su muerte ha abatido toda enemistad (cf. Ef 2,14) y nos ha dado la paz verdadera (cf. Jn 14,27), debe hacerse artífice de paz invitando a sus hijos a que dejen purificar su corazón de cualquier hostilidad, egoísmo y partidismo, favoreciendo en toda circunstancia el diálogo y el respeto recíproco.
En Jesús, justicia de Dios, nunca debe cansarse de denunciar toda forma de injusticia.
Viviendo en el mundo con los valores del Reino venidero, será Iglesia de la caridad, dará su contribución indispensable para edificar en Europa una civilización cada vez más digna del hombre.
17.- PONEMOS EL AÑO JUBILAR DE LA ESPERANZA EN MANOS DE MARÍA (28-12-2025).
María se nos presenta como figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende su propio camino y el de toda la historia. María nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús. Criatura nueva plasmada por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza.
A ella, Madre de la Esperanza y del consuelo, dirigimos confiadamente nuestra oración, poniendo en sus manos e
futuro de la Iglesia:
«María, Madre de la Esperanza, ¡camina con nosotros! Enséñanos a proclamar al Dios vivo; ayúdanos a dar testimonio de Jesús, el único Salvador; haznos serviciales con el prójimo, acogedores de los pobres, artífices de justicia, constructores apasionados de un mundo más justo; intercede por nosotros que actuamos en la historia convencidos de que el designio del Padre se cumplirá.
Aurora de un mundo nuevo, ¡muéstrate Madre de la Esperanza y vela por nosotros! Vela por la Iglesia: que sea trasparencia del Evangelio; que sea auténtico lugar de comunión; que viva su misión
de anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos.
Reina de la Paz, ¡protege la humanidad!
- Vela por todos los cristianos: que prosigan confiados por la vía de la unidad, como fermento para la concordia de todos los pueblos.
- Vela por los jóvenes, esperanza del mañana: que respondan generosamente a la llamada de Jesús.
- Vela por los responsables de las naciones: que se empeñen en construir la casa común, en la que se respeten la dignidad y los derechos de todos.
María, ¡danos a Jesús! ¡Haz que lo sigamos y amemos! Él es la esperanza de la Iglesia y de la humanidad. Él vive con nosotros, entre nosotros, en su Iglesia. Contigo decimos Ven, Señor Jesús (Ap 22,20): Que la esperanza de la gloria infundida por Él en nuestros corazones dé frutos de justicia y de paz.»
18.- «Tu vida, una misión»… aunque sea contracultural: (4-1-2026).
Así reza el lema de la Infancia Misionera de este año, consciente de que está en crisis la vida entendida como vocación en todos los ámbitos: en el personal, en el familiar, en el profesional, en la Iglesia… Es una crisis antropológica, de comprensión de lo que somos. El paradigma es el de personas sin vocación, cada uno se da un propósito, un sentido. La vocación se reduce a una mera elección personal, pone sus reglas, hace una opción.
Esta situación tiene como primera causa la exacerbada búsqueda de libertad, de autonomía, de independencia; el derecho a decidir y a la autodeterminación. Lo que la reduce a su dimensión negativa, al derecho a tener todos los derechos; olvidando la positiva, la capacidad de cumplimiento y la responsabilidad. La exaltación de la autonomía por encima de todo y en cualquier ámbito.
Pero también influye la aceleración de la vida, que lleva a vivir el presentismo buscando la satisfacción inmediata de “apeteceres” y necesidades. Esto genera la volatilidad de valores y la quiebra de los procesos reflexivos…; no se vive más allá de uno mismo y del momento presente. Así, desaparece cualquier lugar para la trascendencia, no se tiene más criterio que conseguir la gratificación inmediata de los sentidos.
El tema está en que los elementos antropológicos esenciales para la vocación están en crisis. La vocación no importa, lo importante es lo que yo quiero, lo que escojo. El sujeto así, se convierte en veleta que apunta hacia donde sopla el viento, todo itinerario personal es inestable y voluble, y se acaba en un relativismo donde no hay nada sólido que pueda dar horizonte, no se sabe cómo coger las riendas de la propia vida. Lo cual genera grandes heridas personales, sociales y eclesiales, y las consecuencias son: soledad, vacío existencial, miedo al porvenir, desasosiego, falta de sentido… hasta llegar a no querer vivir.
Hoy día, la libertad y la búsqueda de bienestar se convierten en el foco de toda decisión, y no hay cabida al amor, centro de un paradigma vocacional. La cultura reinante es “anti-vocacional”, pues desemboca en valores opuestos a los necesarios para responder a la propia vocación. El proceso de emancipación del individuo ha descarrilado, ha generado individualismo, vínculos débiles y soledad a pesar de la hiper-conexión, falta de sentido…
Esto es algo que también se da en la Iglesia, en cada uno, e incluso en una pastoral más de valores que de encuentro y escucha de Dios, que reduce la vocación a una opción con criterios afectivos, sin apertura a la trascendencia y con escasa responsabilidad respecto a la propia vida.
Con todo, Dios sigue invitándonos a todos a una existencia plena y dichosa. Todos tenemos vocación. Dios sueña para todos y cada uno un camino de dicha verdadera y plenitud.
19.- «Tu vida, una misión»… la misión precede a la concepción (11-1-2026).
La vocación es un modo de vivir y plantearse la existencia, tiene más que ver con ser que con hacer: es una concreción de la misión a la que uno es enviado desde lo que es, aúna la identidad y la misión, uno “es hecho, es llamado”; es la que constituye al sujeto, a la persona, como relación con Aquel que la crea, que la llama, somos un “yo en relación”, esta alteridad es constitutiva del yo.
La primera clave del ser llamado es porque soy amado, soñado, diseñado y predestinado: un amor que nos trae a la existencia, que nos regala la vida de manera incondicional; es un don, un regalo, una bendición; único, necesario. Nuestro ser más íntimo está en ser un don, lo cual hace referencia al Dador, es lo que somos: “somos vocación”. El nombre que tenemos nos es dado y nos identifica. Y con él se nos llama: antes que llamados a algo concreto por nuestro nombre, somos llamados con un nombre. Y es universal, de todos: todos hijos, hermanos, bendiciones, con un sitio…
La segunda clave del ser llamado, y también universal, es a llenarla de sentido; y su realización es esencial para la felicidad. El camino para la felicidad pasa por acoger libremente este don que somos y hacerlo florecer convirtiéndonos en donación. Es en el “darse” donde encontramos las dos dimensiones necesarias para la vida: sentido y gusto. Sentido dice relación a hallar respuesta al por qué y al para qué de la existencia; aporta significado, densidad, hondura, impide una existencia vacía. Gusto tiene que ver con sabor, alegría, gozo. Ambas son necesarias para la plenitud de la persona. Y ambas se alcanzan al descubrir y responder a la vocación específica de cada persona, al modo de concretar el ser “donación”. “¿Para quién soy yo?”: “El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (GS 24).
Y la tercera clave del ser llamado, y también universal, es a la santidad, a una capacitación sobrenatural para su realización. La misión es superior a nuestras capacidades, deberá ser obra de Dios a través nuestra. Hay que acoger la santidad ontológica, dejar que florezca en la santidad moral: una manera de ser y de obrar, haciendo posible y visible la santidad escatológica: los signos de esperanza. Todo consiste en dejar actuar a Dios, que reine en nuestras vidas, que realice su voluntad en y desde nosotros. Por eso, todos vivimos nuestra vocación con esos dos polos: el de Dios que nos llama, y el mundo al que somos enviados.
En resumen, la vida es vocación: he sido creado para una misión, realizarla es lo que hace posible ser feliz, y la santidad es la capacitación divina para llevarla a término.
20.- «Tu vida, una misión»… única, necesaria, urgente (18-1-2026).
La Infancia Misionera es la escuela-hogar de los misioneros donde, en primer lugar, se les forja en la conciencia de que cada uno es un sueño eterno del corazón de Dios, que los quiere, los necesita y capacita para ser apóstoles de los demás niños: invitándoles a que se crean lo que son para Dios, de cómo los ama, con amor eterno; haciéndolos crecer en la convicción de que Dios los necesita, su vida es una misión; confiando siempre en que será Dios quien lo haga posible en ellos y desde ellos.
La Infancia Misionera es la escuela-hogar de los misioneros donde, en segundo lugar, se les educa en que lo esencial es anunciar y compartir la fe en Jesucristo, bautizar y educar en cristiano: conscientes de que dar bienes sin educar es corromper, despierta una avidez insaciable; sabedores de que la pobreza espiritual es más dramática y fuerte que la material; sabiendo que orientar la mirada a Cristo es el primer y mejor servicio que se puede dar; y convencidos de que hay que acoger, incorporar, configurar e integrarlos en Cristo.
La Infancia Misionera es la escuela-hogar de los misioneros donde, en tercer lugar, se les urge a que se involucren también en la misión de salvar de la muerte y la miseria a los niños del mundo, solidarizándose con sus obras e instituciones: invitándoles a abrir los ojos a la cruda realidad de la infancia en el mundo, cómo son siempre las víctimas, las primeras y las últimas… y, a veces, para siempre, sin esperanza; educando en una sensibilidad humana, solidaria, comprometida, misionera; pidiendo una disponibilidad inmediata para involucrarse con esas situaciones y ayudar; concretando las respuestas, materializándolas, traduciéndolas en obras de caridad, pues la situación de los niños en el mundo es dramática, los datos son demoledores:
- La tasa de mortalidad (menores de 5 años)……………… 4,9 millones (1 de cada 27 niños).
- Los niños que no asisten a escuela (entre 6-11 años)…. 1 de cada 10 permanece sin escolarizar.
- En 2023 el 44 % de nuevas infecciones por el VIH se dieron en mujeres y niñas.
- Niños trabajadores (entre 5 y 14 años): 352 millones:
- En Asia Central y Meridional: 26,3 millones,
- En Asia Oriental y Sudoriental: 24,3 millones,
- En África Septentrional y Asia Occidental: 10,1 millones,
- En América Latina y Caribe 8,2 millones
- En Europa y América del Norte: 3,8 millones
- Niños muertos por desnutrición…………………………. 1 millón.
A lo que habría que añadir una larga lista de niños asesinados; de discapacitados y heridos, con traumas psicológicos, huérfanos o sin casa por causa de las guerras; y un incontable número de niños explotados en el negocio de la prostitución.
21.- La misión nunca es destrucción de valores (25-1-2026).
La misión de la Iglesia al servicio del hombre no es nunca una destrucción, sino una reasunción de valores y una nueva construcción.
Si nos planteamos cuántos y cuáles son los valores presentes en el hombre, tendríamos que decir que por un lado están los específicos de su naturaleza, como la vida, la espiritualidad, la libertad, la sociabilidad, la capacidad de donación y de amor; por otro, los que provienen del contexto cultural en que está situado, como el lenguaje, las formas de expresión religiosa, ética, artística; y por último, los que proceden de su compromiso y de su experiencia en la esfera personal y en las de la familia, del trabajo y de las relaciones sociales.
El misionero, en su obra de evangelización, entra en contacto precisamente, con este mundo de valores, más o menos auténticos y desiguales: en presencia de ellos deberá adoptar una actitud de atenta y respetuosa reflexión, preocupándose de no sofocar nunca, sino por el contrario de salvar y desarrollar tales bienes acumulados a lo largo de tradiciones seculares, Hay que reconocer el estudio constante en que se inspira y debe inspirarse la actividad misionera al asumir estos valores del mundo en el que se lleva a cabo: la actitud básica en los mensajeros de la buena nueva del Evangelio a los pueblos consiste en proponer, y no en imponer la Verdad cristiana.
Esto lo requiere ante todo la dignidad de la persona humana, que la Iglesia, a ejemplo de Cristo, ha defendido siempre contra toda forma errónea de coerción. La libertad es, en efecto, presupuesto fundamenta e irrenunciable de tal dignidad. Y lo requiere también la misma naturaleza de la fe, la cual puede brotar solamente de un consentimiento libre.
El respeto al hombre y la estima por lo que él mismo, en lo íntimo de su espíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes, continúan siendo principios básicos para toda recta actividad misionera, entendida como prudente, oportuna, activa siembra evangélica, y no como desarraigo de aquello que, por ser auténticamente humano, tiene valor intrínseco y positivo.
22.- La misión debe siempre reasumir los valores (1-2-2026).
“Las nuevas Iglesias -dice el Decreto Ad Gentes, 22- reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de sus pueblos, todo lo que puede servir para confesar la gloria del Creador, para ensalzar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana”.
La actividad evangelizadora debe tender por lo tanto a destacar y a desarrollar los elementos válidos y sanos presentes en el hombre evangelizado y en el contexto socio-cultural a que pertenece. Con un método atento y discreto de educación, dicha actividad hará resaltar y madurar, después de haberlos purificado de las incrustaciones y de los posos acumulados con el tiempo, los auténticos valores de espiritualidad, de religiosidad, de caridad que, como “semillas del Verbo” y “signos de la presencia de Dios”, abren el camino a la aceptación del Evangelio.
La Iglesia, haciendo propias “las riquezas de las naciones que ha sido dadas a Cristo en herencia” (AG, 22), e iluminando con la palabra de Dios el conjunto de costumbres, tradiciones y modos de pensar que constituyen el patrimonio espiritual de los pueblos, contribuirá a construir una civilización nueva y universal, la cual, sin alterar la fisonomía y los aspectos típicos de los diversos contextos étnico-sociales, se perfeccionará adquiriendo el más elevado contenido evangélico.
¿No es quizás este, el testimonio que nos viene de tantos Países de misión donde la fuerza del Evangelio, libre y conscientemente aceptado, lejos de anular, ha potenciado las tendencias y los aspectos mejores de las culturas locales y ha favorecido su ulterior desarrollo?
“El Evangelio de Cristo -recuerda la Constitución Gaudium et Spes, 59- renueva constantemente la vida y la cultura del hombre caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas sobrenaturales les fecunda, como desde sus entrañas, las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye por lo mismo a la cultura humana y la impulsa…”.
23.- La misión es construir un “hombre nuevo” (8-2-2026).
La acción evangelizadora, con el propósito de transformar “desde dentro” a toda criatura humana, introduce en las conciencias un fermento renovador capaz de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (Evangelii Nuntiandi, 19).
Estimulado por tal impulso interior, el individuo se siente movido a tomar cada vez más precisa y viva conciencia de su realidad de “cristiano”, es decir de su dignidad propia en cuanto ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, ennoblecido en su misma naturaleza por el evento de la Encarnación del Verbo, destinado a un ideal de vida superior.
Aquí encontramos las bases del “humanismo cristiano”, en el que lo valores naturales se compenetran con los de la Revelación: la gracia de la filiación adoptiva divina, de la fraternidad con Cristo, de la acción santificadora del Espíritu.
Así se hace posible el nacimiento de la “nueva creatura”, rica al mismo tiempo en valores humanos y divinos: es el “hombre nuevo”, elevado a una dimensión transcendente, de la que recibe la ayuda indispensable para dominar las pasiones y para practicar las virtudes más arduas, como el perdón y el amor al prójimo, hecho hermano. Se sabe liberado de todo lo que le impide vivir en la dignidad y libertad de los hijos de Dios; restaurado de todo daño recibido y de toda enfermedad que le hace perder la armonía, la alegría y la paz; que ha nacido de nuevo, que puede volver a empezar, con toda la experiencia pero sin la herencia de daños o enfermedades anteriores, que lo imposible es posible para Dios: nacer de nuevo, naciendo de lo Alto; y, además, con una capacidad sobrenatural para vencer al mal con bien, para reaccionar siempre amando, para poder transformar todo en bien.
Este “hombre nuevo”, “cristificado”, tiene los sentimientos de Cristo, los criterios de Cristo, y el estilo y obras de Cristo; ha sido consagrado en Cristo: vive en su nombre, como Él y para lo que Él. Se sabe y se siente consagrado, enviado, y capacitado para realizar lo que es la naturaleza y el sentido de su vida: hacer la voluntad de Dios.
24.- La misión del hombre nuevo es construir el reino de Dios (15-2-2026).
Crecido en la escuela del Evangelio, el “hombre nuevo” se siente comprometido a sostener la justicia, la caridad y la paz en el contexto socio-político al que pertenece, y se hace artífice o, al menos, colaborador de aquella “civilización nueva”, el reino de Dios, que tiene su ‘Carta Magna’ en el Sermón de la montaña.
Es claro, por tanto, cómo la renovación promovida por la actividad evangelizadora, aun siendo esencialmente espiritual, afecta directamente al meollo de la cuestión grave e inquietante de las injusticias y de los desequilibrios económicos y sociales, que atormentan a tan gran parte de la humanidad, y puede contribuir a su solución.
Evangelización y promoción humana, en una palabra, aun permaneciendo netamente diversas, están unidas entre sí con un lazo indisoluble, que encuentra muy significativamente su soldadura en la más excelsa virtud cristiana: la caridad. Decía san Pablo VI que “a donde llega el Evangelio, llega la caridad”. Y, de hecho, los misioneros no han faltado nunca a este empeño fundamental, esforzándose siempre en integrar su específico servicio de buscar la salvación de las almas con una decidida y constructiva acción por el desarrollo. Espléndida demostración de esto es el florecimiento, en todos los países de misión, de escuelas, hospitales, institutos, a los que acompañan toda una serie de iniciativas en el campo técnico, asistencial, cultural, que son fruto de duros sacrificios personales de los mismos misioneros y de las renuncias desconocidas de tantos hermanos suyos que viven en otras partes.
La actividad misionera, animada del Espíritu de Cristo, al mismo tiempo que edifica la humanidad nueva, se presenta como el instrumento idóneo y eficaz para resolver no pocos de los males del mundo contemporáneo: injusticia, opresión, marginación, explotación, soledad. Es una obra -a la vista de todos está- inmensa y exaltadora, a la que cada uno de los cristianos está llamado a dar su propia contribución.
25.- La cooperación y las Obras Misionales Pontificias (22-2-2026).
En realidad, la difusión del anuncio de la salvación, lejos de ser prerrogativa de los misioneros, es un deber grave que incumbe a todo el pueblo de Dios, como lo recordó autorizadamente el decreto AG, 36: “Todos los fieles, como miembros del Cristo vivo, tienen la estricta obligación de cooperar a la expansión (…) de su Cuerpo” .
O sea, que aquellos que, habiendo recibido el don de la fe, se benefician de las enseñanzas de Cristo y participan en los sacramentos de su Iglesia, en virtud precisamente del mandamiento del amor y por la solidaridad de la caridad, no pueden desinteresarse de los millones de hermanos, a los que no se ha llevado todavía la Buena Nueva.
Estos deben participar en la acción misionera, en primer lugar con la oración y con el ofrecimiento de los propios sufrimientos: es, este, el modo de colaboración más eficaz, desde el momento que, precisamente mediante el calvario y la cruz, Cristo llevó a cabo su obra redentora. Deben, además, sostenerla con generosas ayudas concretas, porque en las tierras de misión son inmensas e innumerables las necesidades de orden material.
Tales ayudas, recogidas a través de las Obras Misionales Pontificias -órgano central y oficial de la Iglesia para la animación y la cooperación misionera- serán sucesivamente distribuidas, con justicia y oportunidad, entre las Iglesias jóvenes. “Estas Obras -advierte el decreto AG, 38- deben ocupar con todo derecho el primer lugar, pues son medios para infundir a las católicos desde la infancia el sentido verdaderamente universal y misionero… “. Son ellas las que aseguran una coordinación eficiente en la visión global de las necesidades y peticiones; de ellas parte, ramificándose, la red capilar de la caridad misionera.
Pero su razón de ser no se reduce a una función organizadora; en realidad, están llamadas a ejercitar un servicio de activa mediación y de comunicación inter-eclesial, favoreciendo un contacto frecuente y fraternal entre las distintas Iglesias locales, las de vieja tradición cristiana y las de reciente fundación. Y esta es función mucho más alta porque refleja y promueve directamente la circulación de la caridad.
















