MISIÓN AD GENTES 2026-2027.

 

MISIÓN AD GENTES 2026-2027.

Colaboración semanal durante el curso 2026-2027 en clave misionera de Don Antonio Evans Martos, Delegado episcopal de misiones en Córdoba. España. 

 VÍDEOS DE MISIÓN AD GENTES 2026-2027.

 

 

1.- «Uno en Cristo, unidos en la misión»(Domingo, 6/9/26)

-«Uno en Cristo».Discípulos misioneros unidos en Él y con los hermanos–

En el centenario de la institución del Domund por Pío XI y tras la celebración del Año Jubilar,el Papa exhorta a la Iglesia a continuar con alegría y celo el camino misionero, que requiere corazones unificados en Cristo, comunidades reconciliadas, y en todos, disponibilidad para colaborar con generosidad y confianza.

Recuerda que en el centro de la misión está el misterio de la unión con Cristo (cf Jn 17,21), que la unidad es el deseo más profundo del Señor Jesús y la identidad de la Iglesia: ser una comunión que nace de la Trinidad y que vive de y en la Trinidad, al servicio de la fraternidad entre todos los seres humanos y de la armonía con todas las criaturas.

Ser cristianoses una vida en unión con Cristo, permanecer en Cristo como los sarmientos en la vid, inmersos en la vida trinitaria. De esta unión brota la comunión recíproca entre los creyentes y nace toda fecundidad misionera.

Por eso, la primera responsabilidad misionera de la Iglesia es renovar y mantener viva la unidad espiritual y fraterna entre sus miembros. En muchas situaciones asistimos a conflictos, polarizaciones, incomprensiones, desconfianza mutua. Cuando esto ocurre también en nuestras comunidades, se debilita su testimonio. La misión evangelizadora, que Cristo confió a sus discípulos, requiere ante todo corazones reconciliados y deseosos de comunión. En esta perspectiva, será importante intensificar el compromiso ecuménico con todas las Iglesias cristianas, aprovechando también las oportunidades que brinda la celebración conjunta del 1700° aniversario del Concilio de Nicea.

Por último -pero no menos importante-, ser “uno en Cristo” nos llama a mantener siempre la mirada fija en el Señor, para que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida personal y comunitaria, de cada palabra, acción y relación interpersonal, de modo que podamos decir con asombro: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). Esto será posible en la escucha constante de su Palabra y en la gracia de los sacramentos, para ser piedras vivas de la Iglesia, llamada hoy a recoger las instancias fundamentales delConcilio Vaticano II y del posterior Magisterio pontificio, en particular, del Papa Francisco. De hecho, como afirma san Pablo, «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor» (2Co 4,5). Reitero, por tanto, las palabras de san Pablo VI: «No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios» (Exhort. Ap.Evangelii nuntiandi, 22). Este proceso de auténtica evangelización comienza en el corazón de cada cristiano para extenderse a toda la humanidad.

Por lo tanto, cuanto más unidos estemos en Cristo, tanto más podremos cumplir juntos la misión que Él nos confía.

                              (Del Mensaje del Papa León para el Domund 2026)

 

2.- «Uno en Cristo, unidos en la misión»(Domingo, 13/9/26)

            -«Unidos en la misión».Para que el mundo crea en Cristo Señor–

La unidad de los discípulos no es un fin en sí misma: está ordenada a la misión. Jesús lo afirma con claridad: «Para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21). Es en el testimonio de una comunidad reconciliada, fraterna y solidaria donde el anuncio del Evangelio encuentra toda su fuerza comunicativa.

De hecho, ningún bautizado es ajeno o indiferente a la misión; todos, cada uno según su vocación y condición de vida, participan en la gran obra que Cristo confía a su Iglesia. Como ha recordado en varias ocasiones el Papa Francisco, el anuncio del Evangelio es siempre una acción coral, comunitaria, sinodal.

Por eso, estar unidos en la misión significa custodiar y alimentar la espiritualidad de comunión y colaboración misionera. Al crecer cada día en esta actitud, aprendemos con la gracia divina a mirar cada vez más a nuestros hermanos y hermanas con ojos de fe, a reconocer con alegría el bien que el Espíritu suscita en cada uno,a acoger la diversidad como riqueza,a llevar las cargas los unos de los otrosy a buscar siempre la unidad que viene de lo Alto. Esta espiritualidad constituye la forma cotidiana del discipulado misionero. Nos ayuda a recuperar una visión universal de la misión evangelizadora de la Iglesia, superando la fragmentación de los esfuerzos y las divisiones facciosas –“de Pablo”, “de Apolo”– entre los seguidores del único Señor (cf. 1Co 1,10-12).

La unidad misionera, obviamente, no debe entenderse como uniformidad, sino como convergencia de los diferentes carismas con el mismo objetivo: hacer visible el amor de Cristo e invitar a todos al encuentro con Él. La evangelización se realiza cuando las comunidades locales colaboran entre sí y cuando las diferencias culturales, espirituales y litúrgicas se expresan plena y armoniosamente en la misma fe. Por lo tanto, animo a las instituciones y realidades eclesiales a fortalecer el sentido de comunión misionera eclesial y a desarrollar con creatividad formas concretas de colaboración entre ellas, para y en la misión.

A propósito, agradezco a las Obras Misionales Pontificias  su servicio a la cooperación misionera, que experimenté con gratitud durante mi ministerio en Perú. Estas Obras continúan alimentando y formando la conciencia misionera de los fieles, desde los más pequeños hasta los más grandes,y promoviendo una red de oración y caridad que conecta a las comunidades de todo el mundo. Cabe recordar que, precisamente a propuesta de laObra de la Propagación de la Fe, Pío XI instituyó en 1926 la celebración de la Jornada Mundial de las Misiones, cuyos donativos recogidos cada año son distribuidos por ella, en nombre del Papa, para las diversas necesidades de la misión de la Iglesia. Las Obras Misionales Pontificias siguen desempeñando un papel valioso para toda la Iglesia. Son un signo vivo de la unidad y la comunión misionera eclesial. Invito a todos a colaborar con ellas con espíritu de gratitud.  

                              (Del Mensaje del Papa León para el Domund 2026)

 

3.-«Uno en Cristo, unidos en la misión»(Domingo, 20/9/26)

–«Misión de amor». Anunciar, vivir y compartir el amor fiel de Dios-

Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo.

La misión de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo (cf. 2Co 5,14). De la misma manera, a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos.

Por eso, deseo agradecer especialmente a los misioneros ad gentes de hoy; personas que han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos.Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo, con su Evangelio, es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre.

Al admirar a los misioneros, hago un llamamiento especial a toda la Iglesia: unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones. Comprometámonos todos a contribuir, cada uno según su vocación y los dones recibidos, a la gran misión evangelizadora, que es siempre obra del amor. Sus oraciones y su apoyo concreto serán de gran ayuda para llevar el Evangelio del amor de Dios a todos, especialmente a los más pobres y necesitados. Cada don, por pequeño que sea, se convierte en un acto significativo de comunión misionera. Por eso renuevo mi sincero agradecimiento «por todo lo que harán para ayudarme a apoyar a los misioneros en todas partes».

Y para favorecer la comunión espiritual, les dejo, junto con mi bendición, esta sencilla oración:«Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva.Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión,dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura.Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza.»

María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.

                           (Del Mensaje del Papa León para el Domund 2026)

4.- Semana del encuentro personal con Cristo vivo en su Iglesia (Domingo, 27/9/26)

Con el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”, invita el Papa León XIV a la Iglesia a continuar, con alegría y celo en el Espíritu Santo, el camino misionero. Lo cual requiere ser en Cristo, que Cristo sea en cada uno, y completar su misión de amor en la construcción de su Reino.Lo que significa que nos debemosdejar guiar e inspirar por la gracia divina, para renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera y así podamos avanzar juntos en el compromiso de la evangelización en una época misionera nueva en la historia de la Iglesia.

En el centro de la misión está el misterio de la unión con Cristo. Ese es el deseo más profundo del Señor Jesús, y al mismo tiempo la identidad de la Iglesia, comunidad de sus discípulos: ser una comunión que nace de la Trinidad y que vive de y en la Trinidad, al servicio de la fraternidad entre todos los seres humanos y de la armonía con todas las criaturas.

Así, con el objetivo de construir una Iglesia en comunión, corresponsable y misionera nos brinda una oración que convendría orarla todos los días del Octubre Misionero:

«Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza».

En esta primera semana nos vamos a ceñir a pedir esa comunión de vida, a la unidad radical y total con Cristo:

Padre santo, concédenos ser uno en Cristo (cf Jn 17,21-23): Que sean uno como nosotros apunta a la unión perfecta entre el Padre y el Hijo, caracterizada por la entrega mutua, la armonía y un propósito compartido. Y que sean uno en nosotros: concreta que esa unidad no se logra únicamente por voluntad humana, sino que requiere permanecer arraigados en la naturaleza divina.

Por eso, concreta la fuente que posibilita la comunión: estar arraigados en su amor que une y renueva:

– Arraigados en su amorsupone estar firmemente cimentados y conectados con el amor divino, que fluyan de manera natural sus sentimientos, criterios y voluntad… Enraizados, como la vid y los sarmientos (cf Jn 15).

– Es un amor que une:que derriba fronteras, muros, reconcilia divisiones, crea comunión y comunidad entre las personas, que pone todo en común…; que reconoce la dignidad, la pertenencia, siente como don las diferencias y vive para potenciarlas y hacerlas posible…

– Es un amor que renueva: que tiene el poder de transformar el corazón, dar una nueva perspectiva de vida y sanar espiritualmente a quienes lo experimentan.

Siendo conscientes de que esta unidad visible y fraternal sirve como testimonio para el mundo, validando el mensaje y el amor de Dios.

5.- Semana del testimonio misionero                                             (Domingo, 4/10/26).

Con el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”, invita el Papa León a la Iglesia a continuar, con alegría y celo en el Espíritu Santo, el camino misionero.

La primera responsabilidad misionera de la Iglesia -dice el Papa León- es renovar y mantener viva la unidad espiritual y fraterna entre sus miembros. En muchas situaciones asistimos a conflictos, polarizaciones, incomprensiones, desconfianzas mutuas. Cuando esto ocurre también en nuestras comunidades, se debilita su testimonio. La misión evangelizadora de la Iglesia requiere corazones reconciliados y deseosos de comunión. Sería importante intensificar el compromiso ecuménico con todas las Iglesias cristianas cuando celebramos conjuntamente el 1700 aniversario del Concilio de Nicea.

Este proceso de reconciliación y comunión debe comenzar en el corazón de cada cristiano para extenderse a toda la humanidad. Por lo tanto, cuanto más unidos estemos en Cristo, tanto más podremos cumplir juntos la misión que Él nos confía.

Para favorecer la comunión espiritual, nos deja el Papa esta oración:

«Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza».

En esta segunda semana de Octubre Misionero nos vamos a ceñir a la segunda parte de la oración que nos pide el Papa León, a pedir la corresponsabilidad misionera de todos los que conformamos el cuerpo de Cristo, de la Iglesia:

[Padre santo]haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión: asumiendo, de manera corresponsable la misión de evangelizar, superando divisiones, trabajando en armonía y poniendo los talentos individuales al servicio de la comunidad para transmitir el mensaje y el amor de Cristo. Cuidando que sea unidad, no uniformidad; pues la unidad no busca que todos hagan lo mismo, sino que exista convergencia hacia un propósito común guiado por el Espíritu Santo, respetando, valorando y potenciando la diversidad de carismas y vocaciones.Cuando la Iglesia trabaja unida, sin divisiones ni polarizaciones, su mensaje es más creíble y eficaz para el mundo

[Haz que todos los miembros de la Iglesia]vivan dóciles al Espíritu Santo:“Al aire del Espíritu”, abiertos, flexibles, dejándose guiar por las inspiraciones y la voluntad de Dios, en lugar de vivir la fe de forma rígida o puramente rutinaria. Lo cual implica abandonar el apego a la propia voluntad para permitir que Dios moldee el corazón haciéndolo compasivo y misericordioso, generando los frutos del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, bondad y mansedumbre (cf Gal 5,22).

6.- Semana de la formación misionera                                           (Domingo, 11/10/26).

Con el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”, invita el Papa León a la Iglesia a tener los corazones unificados en Cristo, a las comunidades a que vivan reconciliadas y, a todos, disponibilidad para colaborar con generosidad y confianza.

Formar atoda la Iglesia para la conversión de todo el mundo conlleva un compromiso de animar y formar el espíritu misionero de los sacerdotes, de las personas consagradas y de los fieles laicos, favoreciendo la unión de todas las fuerzas evangelizadoras.

De hecho -nos dice el Papa León-, ningún bautizado debe ser ajeno o indiferente a la misión; todos, cada uno según su vocación y condición de vida, deben participar en la gran obra que Cristo confía a su Iglesia. Como recordó en varias ocasiones el Papa Francisco, el anuncio del Evangelio es siempre una acción coral, comunitaria, sinodal. Estar unidos en la misión significa custodiar y alimentar la espiritualidad de comunión y colaboración misionera.

Para favorecer la comunión corresponsable y misionera de la Iglesia nos pide el Papa León XIV que no dejemos de orar durante el Octubre Misionero esta oración:

«Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza».

En esta tercera semana de Octubre Misionero nos vamos a ceñir a la tercera parte de la oración que nos pide el Papa León: pedir una formación integral que nos haga ser testigos valientes del Evangelio, anunciando y encarnando el amor fiel de Dios por cada criatura:

[Haz que todos los miembros de la Iglesia]sean valientes en dar testimonio del Evangelio: viviendo la fe de manera coherente, viviendo el Evangelio a través de sus acciones, decisiones y actitudes diarias; compartiendo el mensaje de salvación y el amor de Jesucristo con los demás, ya sea en la familia, en la comunidad y en la sociedad; manteniéndose leales a las enseñanzas de la iglesia y asumiendo la responsabilidad personal sobre el propio crecimiento espiritual.

Testimoniando el Evangelio anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura: transmitiendo el mensaje cristiano de salvación mediante la palabra y el testimonio; haciendo tangible el amor de Dios, es decir, viviendo de tal manera que las acciones, la ayuda al prójimo y el respeto por el entorno reflejen el amor divino; con un compromiso universal e inclusivo que abarque a todas las personas sin distinción, inspirando también el respeto y cuidado por la naturaleza y la creación.

7.- Semana de caridad misionera                                        (Domingo, 18/10/26).

Con el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”, quiere la Iglesia celebrar el centenario de la creación del DOMUND y urgir a toda la Iglesia a que continue, con alegría y celo en el Espíritu Santo, el camino misionero..

Para favorecer la comunión corresponsable y misionera de todos los bautizados, nos deja el Papa esta oración:

«Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza».

En esta cuarta semana de Octubre Misionero nos vamos a ceñir a la última parte de la oración en la que el Papa nos pide vivir la comunión corresponsable y solidaria con nuestros misioneros y misioneras:

Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza. Por un lado nos invita el Papa a que le pidamos a Dios que los proteja, les dé fuerzas en sus dificultades y les mantenga viva su motivación y confianza; pero, por otro lado, también se dirige a nosotros y nos pide cuatro cosas:

  • Que nos unamos a ellos con el testimonio de vida, la oración y la contribución a las misiones

  • Que nos dejemos contagiar por su deseo de vivir en el amor del Señor y transmitirlo a todos.

  • Que nos sintamos estimulados por el celo de san Francisco Javier y por el de santa Teresita, que aseguraba iba a continuar su misión desde el cielo.

  • Comprometiéndonos a contribuir, cada uno según su vocación y los dones recibidos, a la gran misión evangelizadora, que es siempre obra del amor.

Ciertamente que, animados por el ejemplo de tantos y tantos misioneros y misioneras, nos debemos comprometer a sentirnos en comunión con todos ellos, corresponsables con la única misión, estimulados por su celo y solidarios con sus necesidades en misión evangelizadora de la Iglesia. Las oraciones y el apoyo concreto, serán de gran ayuda para llevar el Evangelio del amor de Dios a todos.

Todo ello sin dejar de recordar los millones de personas que aún no conocen a Cristo y que siguen esperando también de nuestra caridad porque viven en la más absoluta pobreza, o porque nacen viven y mueren sin hogar, o mueren de hambre, o son refugiados. Es un desgraciado panorama de injusticia, soledad, sufrimiento y tristeza. Estamos llamados todos a poner todo en común, a una unidad integral.

8.- Llamados a la unidad que nos da el Señor                                (Domingo, 25/10/26).

La llamada a la unidad no es a la que da este mundo (cf Jn 14,27), en el que el egoísmo, la soberbia, la avaricia y la ira están queriendo siempre imponer su criterio; es a la unidad, es a la paz, es a la fraternidad que da el amor de Dios.

La llamada a la unidad es una llamada a que los creyentes seamos capaces de descubrirnos como parte de un solo pueblo, de una sola familia, de un solo cuerpo, de un solo corazón: el pueblo de los redimidos, la familia de los hijos de Dios, el cuerpo de Cristo Cabeza, el corazón que palpita con el amor de Dios.

La llamada a la unidad es una llamada a reconocernos necesitados unos de otros, llamados todos con una misma vocación: vocación a la misión. Cada uno en su sitio, con la vocación concreta y particular a la que el Señor le ha llamado, en las condiciones que le ha tocado vivir, pero con una misión común: hacer presente el reino de Dios entre los hombres, dar a conocer el inmenso amor de Dios por cada uno y por todos.

En toda labor hay quien a le toca dar la cara, a quien le toca escribir los argumentos, a quien le toca pensar cómo hacerlos más creíbles, a quien le toca transformar lo pensado en imágenes… Cada uno es responsable de lo que le ha correspondido, pero solo cuando todos realizan lo suyo, la obra, lo comprometido… ¡se hace realidad! Santa Teresa de Calcuta lo expresaba con una frase muy sencilla: “Lo que yo puedo, tú no puedes; lo que tú puedes, yo no puedo… ¡Juntos haremos algo hermoso para Dios!”.

Todos los bautizados somos uno, cada uno con su don, con su singularidad, pero todos formando una unidad… La unidad que hace posible el amor que Dios nos da en Cristo.

9.- El todo es más que las partes, y más que la suma de ellas    (Domingo, 1/11/26).

La frase es del Papa Francisco en Evangelii Gaudium. La cita completa dice así: “El todo es más que las partes, y también es más que la mera suma de ellas… El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser buena noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino. El todo es superior a la parte” (EG 235.237).

Hoy, el Papa León XIV sigue apostando por la unidad, por promover la conciencia de que el amor de Dios puede vencer toda enemistad o enfrentamiento, puede apagar la sed del poseer y del sobresalir…; y la misión de la Iglesia es un modo concreto de mostrar que eso no es solo posible: ¡es necesario! Y es algo que se da ya entre quienes tienen conciencia de que Cristo vale la pena.

¡Todos formamos una sola realidad con Cristo! Y cada uno de nosotros debemos sentir el peso y la responsabilidad de que Jesús sea conocido y amado por toda la humanidad. El enfermo que ofrece sus fragilidades y sus dolores por la misión; las religiosas de clausura que viven continuamente orando y ofreciendo sacrificios por los misioneros; los misioneros ad gentes que han partido de sus familias, pueblos y patrias para ir a predicar la buena nueva del Evangelio a lugares lejanos; los niños que en la oración de la mañana o de la noche piden a la Virgen que proteja a quienes fueron enviados a la misión; tú y yo, que, como decía un obispo español, “fíjate si somos pobres, que lo único que podemos dar es dinero” para la misión de la Iglesia… ¡Todos tenemos una misión común! ¡Todos somos misioneros!

Es precioso el lema que el Papa León ha elegido para su pontificado y que anteriormente era su lema episcopal: “In Illo uno unum” (“En el Único [Cristo] somos uno”), aunque los cristianos somos muchos, en el único Cristo somos uno. Y ese es el reto que nos ha propuesto ahora a toda la Iglesia: Que todos nos sintamos partícipes de una misma y única misión, llevar a Cristo hasta los confines de la tierra, completar su cuerpo, que todos seamos uno en Cristo.

10.- La unidad como signo, y como objetivo la unidad universal (Domingo, 8/11/26).

Entre todas las ansias de Jesucristo expuestas por Él, descuella una: “Que todos sean uno, como tú y yo somos uno; que todos estén consumados en la unidad” (cf Jn 17,21-23). Esa unidad de la Iglesia tiene su expresión más genuina, su mayor expresión, entre todas las demás expresiones de la Iglesia, en el DOMUND (DOmingo MUNDial de la Propagación de la Fe). Esto quería el Papa Pío XI, fundador de la Jornada en 1926): el día de la unidad, el día de la catolicidad; el día de unir a todos los católicos en una empresa común, en una sacudida común de catolicidad; el día de vivir una unión tan una (digamos así), que revienta y estalla, por ser muy una, en unificar a todos los demás en las ansias misioneras.

La Obra de la Propagación de la Fe no es otra cosa sino la mano extendida de la Iglesia pidiendo limosna para la labor misionera de la misma.. El Papa Pío XI vio que había necesidad de reunir en un ejército grandioso a todos los católicos. Para conseguir esto, hizo el llamamiento suyo en la homilía magnífica de Pentecostés del año 1922: “Desde la altura en que nos encontramos -decía-, lanzamos la llamada a todo el mundo católico. ¿Que un alma sola se pierda por nuestra falta de generosidad? ¡Enorme responsabilidad la nuestra! ¡Desde la altura en que nos encontramos, no dudamos en extender a todos nuestra mano, como un mendigo, pidiendo a todos ayuda, socorro, limosnas!”… Y se quitó el solideo blanco y se quedó con la cabeza baja, pidiendo a sus hijos la limosna que necesitaba.

Así, en el motu proprio Romanorum Pontificum,1922, expuso el pensamiento de que era necesario que todo el mundo católico ayudara a las misiones; él sabía que había muchas obras de carácter particular; institutos religiosos misioneros que pedían limosna a los católicos, y estos se las ofrecían. Pero dijo así: “Este modo de recaudar limosnas para las misiones no es suficientemente eficaz ni equitativo y por eso tenemos en el ánimo organizar un arca de carácter general, para que todas las limosnas de todos los católicos del orbe, cualesquiera que sean, den a las misiones en general; así puedan estar en nuestras manos, y después repartirse equitativamente a todas las misiones del mundo, y en vez de crear una organización nueva, nos fijamos en la Obra de la Propagación de la Fe”.

 

11.- Obras Misionales Pontificias es la Iglesia en misión   (Domingo, 15/11/26).

Las Obras Misionales Pontificias no son una de tantas asociaciones misionales, por muy importantes que sea; ni que tampoco este nombre de “Pontificias” lo tienen recibido solo porque el Papa se lo haya dado, sino porque son algo propio de la Iglesia.

Aquí es donde radica toda la importancia de las Obras Misionales Pontificias: que son la misma Iglesia caminando en misiones, y mientras camina, extiende sus manos a todos los cristianos, para que depositen las energías espirituales, morales y económicas en esas manos, y pueda ella seguir caminando por las misiones con la eficacia del apostolado de los misioneros.

Las Obras Misionales Pontificias son la misma Iglesia que quiere unir a todos; conseguir, por lo tanto, lo que Cristo con tantas ansias quería: “Que todos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21-23). Las OMP son la Iglesia que está trabajando allí y que está diciendo: “Porque las redes están completamente llenas y amenazan romperse, ¡venid, ayudadme!” (cf Lc 5,6).

Las Obras Misionales Pontificias viven en ansias misioneras, en ansias de expansión, en necesidad vital de expansión. El que ayuda a estas Obras no hace solamente la labor que puede hacer ayudando a otras obras misionales, hace mucho más, va mucho más hondo, va hasta la raíz; va a hacer la obra de conjunto, va a conseguir colaborar para que consiga esa palabra que es la palabra de Cristo: TODO. Cristo no quiere matemáticas, Cristo no sabe más que de totalidades. Habría que recordar cómo en las bodas de Caná no dijo “traed mucha agua”, sino “llenad las ánforas de agua”.

Hay que llenar las ánforas con la obediencia, con el trabajo, con los sufrimientos, con la oración, con las limosnas, con las conversaciones, con la educación a los hijos, con las costumbres, con los descansos.

Las Obras Misionales Pontificias tienen su puesto, sin ocupar lugar, en todas las manifestaciones humanas; y toda la importancia que tienen exige por nuestra parte, la ayuda total y absoluta de todo lo que hacemos y de todas nuestras actividades.

12.- Los Obispos, responsables de la evangelización del mundo             (Domingo, 22/11/26)

La Encíclica «Fidei Donum» recordó en primer lugar solemnemente el principio de la corresponsabilidad de los obispos, en cuanto miembros del Colegio Episcopal, en la evangelización del mundo.

Cristo, les confió y confía como a sucesores de los Apóstoles, antes que a ningún otro, el mandato común de proclamar y propagar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. Los Obispos, al mismo tiempo que pastores de porciones del rebaño, son y se deben sentir solidariamente responsables, en unión con el Papa, de la marcha y del deber misionero de toda la Iglesia. Se deben mostrar activamente solícitos «por aquellas regiones del mundo en donde no ha sido anunciada todavía la Palabra de Dios, o en donde, debido principalmente al escaso número de sacerdotes, los fieles se encuentran en peligro de alejarse de la práctica de la vida cristiana y aun de perder la fe misma» (CD, 6; cfr. LG, 23-24; AG, 38), recordando que «han sido consagrados no sólo para una diócesis determinada, sino para la salvación de todo el mundo» (AG, 38).

Todas las Diócesis deben tomar cada vez más plena conciencia de esta dimensión universal, descubrir o renovar su propia naturaleza misionera, «ensanchando los espacios de la caridad hasta los últimos confines de la tierra, demostrando por los que están lejos la misma solicitud que sienten por sus propios miembros» (AG, 37).

Por eso, cada uno de los obispos, cabeza y gula de la Iglesia local, deberá trabajar en este sentido, deberá hacer todo lo posible para dar un vigoroso impulso misionero a su diócesis. Al obispo corresponde sobre todo suscitar en los fíeles una genuina mentalidad católica, abierta a las necesidades de la Iglesia universal, sensibilizando al pueblo de Dios acerca del imprescindible deber de la cooperación en sus diversas formas. A él corresponde promover las oportunas iniciativas de apoyo y ayuda espiritual y material a las misiones, potenciando las estructuras existentes y suscitando otras; y asimismo, fomentar muy especialmente las vocaciones sacerdotales y religiosas, ayudando al mismo tiempo a los sacerdotes a adquirir conciencia de la dimensión típicamente apostólica del ministerio sacerdotal (cf. AG, 38).

13.- La falta de apóstoles, apremio prioritario de la misión         (Domingo, 29/11/26)

Una forma concreta de cooperación, de la que podrán echar mano los obispos para responder a su corresponsabilidad en la obra de evangelización, es el envío de sacerdotes diocesanos a las misiones, pues uno de los apremios más fuertes de muchas Iglesias es actualmente la falta inquietante de apóstoles y de servidores del Evangelio.

Esta es la gran novedad de la que fue portadora la encíclica Fidei Donum. La novedad de haber superado la dimensión territorial del servicio sacerdotal para ponerlo a disposición de toda la Iglesia, como lo hace notar el Concilio: «El don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación hasta los últimos confines de la tierra (Hch 1,8), pues todo ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles» (PO, 10).

Por ser la falta de operarios de la viña del Señor uno de los mayores obstáculos para la difusión del mensaje de Cristo, se exhorta a todos los obispos a que envíen generosamente propios sacerdotes a las regiones que más urgentemente los necesitan, aunque sus diócesis no abunden en clero. «No se trata -recordaba Pío XII citando a San Pablo- de reduciros a la penuria para socorrer a los demás, sino de aplicar el principio de igualdad (2 Cor.8,13). Estas diócesis tan probadas no sean sordas, sin embargo, al llamamiento de las misiones lejanas. El óbolo de la viuda fue citado como ejemplo por Nuestro Señor, y la generosidad de una diócesis pobre para con otras más pobres no podría empobrecerla. Dios no se deja ganar en generosidad» (Fidei Donum, 1).

Pero, la encíclica Fidei donum, además de a los sacerdotes, se dirigía también a los laicos, y la prestación de estos, junto a los sacerdotes y religiosos en las misiones, es hoy más preciosa e indispensable que nunca (cf. AG,41). Esto ha conducido a la experiencia de un fenómeno típico de nuestro tiempo llamado “Voluntariado cristiano internacional”, algo que es muy recomendado.

 

14.- Desarrollo de la conciencia misionera en las Iglesias locales   (Domingo, 6/12/26).

Las nuevas formas de cooperación misionera que van apareciendo y la vibrante llamada al principio de la corresponsabilidad del Colegio Episcopal en la evangelización del mundo contribuyen indiscutiblemente a impulsar la renovación misionera de la Iglesia, a la que sirvió de base también la afirmación de largo alcance y visión que tuvo Pío XII: “Si en otros tiempos, la vida de la Iglesia, en su aspecto visible, desplegaba su fuerza preferentemente en Europa, desde donde se extendía… hacia lo que podía llamarse la periferia del mundo, hoy se presenta en cambio como un intercambio de vida y de energía entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo» (Fidei Donum, l).        

Se ha ido arraigando cada vez más profundamente la idea fundamental, ampliamente adoptada y reafirmada por el Concilio, del deber imprescindible de toda Iglesia local de colaborar directamente, según las propias posibilidades, en la obra de la evangelización. Esto ha conducido a una seria toma de conciencia misionera por parte de las Iglesias particulares, a las que se solicitó insistentemente a superar la mentalidad y la práctica de “delegación” que había caracterizado antes en gran parte su actitud respecto del deber misionero.

Estas Iglesias se han transformado progresivamente en sujetos primarios de misionariedad (cf. AG,20), responsables por sí mismas de la misión (cf. AG 36-37), como se ha constatado en Africa, América Latina y Asia.

Además, al acentuar su función de «sujeto de misionariedad», las Iglesias particulares se han sentido movidas a relacionarse con las Iglesias hermanas del mundo mediante la «comunión y «cooperación», «hoy tan necesarias para proseguir la obra de la evangelización» (AG, 38) y al mismo tiempo una de las realidades más actuales de la misión, a través de un intercambio de valores y experiencias con el que cada una de las Iglesias podrá beneficiarse de los dones que el Espíritu del Señor distribuye por doquier (cf. AG, 20).

No debe haber en las Iglesias particulares ningún hermetismo, aislamiento o repliegue egoísta en el ámbito exclusivo y limitado de los propios problemas; de lo contrario, el impulso vital perdería su fuerza y conduciría inevitablemente a un pernicioso empobrecimiento de toda la vida espiritual (cf.EN,64).

 

15.- La Cooperación misionera, intercambio de energías y experiencias (Domingo, 13/12/26).

Es el nuevo concepto de cooperación entendida, no ya en un sentido único como ayuda dada por las Iglesias de antigua fundación a la Iglesias más jóvenes, sino como intercambio reciproco y fecundo de energías y de bienes en el ámbito de una comunión fraternal de Iglesias hermanas, superando el dualismo «Iglesias ricas – Iglesias pobres», como si hubiera dos categorías distintas: Iglesias que dan e Iglesias que reciben solamente. Existe en realidad una verdadera reciprocidad, pues la pobreza de una Iglesia que recibe ayuda, hace más rica a la Iglesia que se desprende donando.

La Misión pasa a ser pues no sólo ayuda generosa de Iglesias «ricas» a Iglesias «pobres», sino gracia para cada Iglesia, condición de renovación, ley fundamental de vida (cf. AG,37).

Hay que precisar en todo caso que la llamada hecha a las Iglesias particulares para que enviaran sacerdotes y laicos no quería significar la superación de las formas y fuerzas tradicionales de cooperación misionera, que continúan sobrellevando el peso mayor de la evangelización. Era una novedad, introducida no a título de sustitución o de alternativa, sino de complementariedad, como riqueza nueva, suscitada por el Espíritu agregada a las fuerzas tradicionales.

Después de una trayectoria de muchos años de estas experiencias, que han alcanzado notable consistencia y solidez, se comienza a advertir sin embargo algunos signos de fatiga, debido en parte a la disminución de las vocaciones y en parte también a la urgencia de hacer frente a la crisis en que se debaten muchas comunidades cristianas de antigua tradición. Ante el fenómeno de la descristianización, puede surgir la tentación de replegarse en sí mismos, de cerrarse en los propios problemas, de reducir el impulso misionero a la propia esfera interior.

Es pues necesario un nuevo y vigoroso impulso misionero, enraizado en la más profunda motivación, que la Iglesia ha recibido directamente de Jesucristo (cf. EN, 50), animado de firme esperanza y sostenido por la activa solidaridad de las Iglesias particulares y de todos los cristianos.

 

16.- Función prioritaria de las Obras Misionales Pontificias      (Domingo, 20/12/26).

Para realizar un nuevo y vigoroso impulso misionero, factor indispensable para la misma vida y crecimiento de las Iglesias locales y de toda la Iglesia, es recomendable el recurso a las Obras Misionales Pontificias como instrumento insustituible de la cooperación misionera tan ardientemente recomendado por los Papas, a las cuales «se debe reservar el primer puesto» siempre (AG, 18), potenciándolas y desarrollándolas oportunamente en todas las diócesis.

La Jornada Mundial de Misiones nos hace pensar especialmente en la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, el DOMUND, a la que corresponde el mérito de haber propuesto al Papa Pío XI, en 1926, la feliz iniciativa de proclamar la Jornada anual de ayuda a la actividad misionera de la Iglesia, y se encarga de promover y organizar dicha Jornada con la colaboración de las otras Obras Pontificias y bajo la dirección de los respectivos obispos.

Debe darse también el debido impulso a la Unión Misional del Clero, la PUM, a la que compete principalmente animar y sensibilizar a todos los sectores pueblo de Dios acerca del apremio del problema misionero, mediante la red capilar de los sacerdotes, religiosos y religiosas.

Del adecuado desarrollo de la Unión Misional del Clero, la PUM, dependerá en gran parte el grado de «misionariedad» de la entera Iglesia local, y especialmente la sensibilidad misionera de los sacerdotes, a quienes la Unión Misional se dirige primeramente, de modo que estos, mediante una toma de conciencia cada vez más vital y profunda de la apostolicidad intrínseca de su sacerdocio, se sientan movidos justamente a superar, espiritual y materialmente, los confines de la propia diócesis, y presten su servicio también a las Iglesias más lejanas de la tierra en las que sean más apremiantes las invocaciones de ayuda.

La Iglesia está muy agradecida de tantos y tantos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que, muchas veces a costa de indecibles fatigas y sacrificios, gastan sus mejores energías, su vida misma, «en primera línea», y también «en retaguardia», para propagar el anuncio de la salvación hasta los confines del mundo, a fin de que todos conozcan y glorifiquen a Cristo Redentor.

 

17.- Cristo es el Redentor, muchos no lo saben                 (Domingo, 27/12/26).

San Juan Pablo II comenzaba su pontificado con una exhortación a la Iglesia: «¡Abrid las puertas a Cristo!».  Era una fuerte invitación a la conversión y a la reconciliación, a tomar cada vez mayor conciencia de la gracia del Bautismo, a aceptar generosamente el Evangelio, anuncio de redención y salvación para todos los hombres.

Esa llamada constituye un llamamiento a evangelizar a los millones de personas que no son todavía cristianas y no pueden invocar el nombre del Señor en sus sufrimientos o alegrías, porque aún no le conocen.

Si somos cristianos, debemos de anhelar hacer partícipes del don de la Redención también a esos hermanos, pues la relación con Dios Padre y con Cristo Jesús, lejos de ser solo una relación individual, es una relación que afecta a toda la humanidad y comporta una dimensión misionera.

Cristo es Redentor de todos los hombres, murió por todos, se entregó a sí mismo en rescate por todos, y nos llama a cada uno no solo a la reconciliación personal sino también a ser instrumentos de redención para aquellos a quienes no ha llegado todavía la redención: ‘”Id … y enseñad a todas las naciones” (Mt 28,19-20).

Es un privilegio y un mandato que interpela a nuestra conciencia: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (cf. Jn.15,12.17). Siendo la redención la actuación práctica de ese designio de amor del que Cristo quiso que fuéramos los continuadores, tanto más podremos decir que amamos a los hermanos cuanto más trabajemos y nos esforcemos por comunicar la palabra salvadora de Cristo y los frutos de la redención, cuanto más nos comprometamos en vivir al servicio de la reconciliación no solo entre los discípulos de Cristo, sino también entre todos los hombres y al servicio de la paz entre todos los pueblos.

Cumplir con el mandato del Señor equivale a empaparse de espíritu misionero, a enfocar el corazón no solo hacia la profunda interioridad de la propia conciencia, sino también hacia todos aquellos que, por ser hermanos nuestros, tienen derecho a conocer a Cristo y a compartir las riquezas de su corazón “rico en misericordia”.