43.-LA CARIDAD HACE NACER LA ESPERANZA (22-06-2025).

Colaboración semanal en clave misionera de Don Antonio Evans Martos, Delegado misiones en Córdoba. España (curso 2024-25).
Para servir al Evangelio de la esperanza, la Iglesia está llamada también a seguir el camino del amor. Es un camino que pasa a través de la caridad evangelizadora, el esfuerzo multiforme en el servicio y la opción por una generosidad sin pausas ni límites.
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Para todo ser humano, la caridad que se recibe y se da es la experiencia originaria de la cual nace la esperanza. “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (RH 10).
El reto para la Iglesia hoy consiste en ayudar al hombre contemporáneo a experimentar el amor de Dios Padre y de Cristo en el Espíritu Santo, mediante el testimonio de la caridad, que tiene en sí misma una intrínseca fuerza evangelizadora.
En esto consiste en definitiva el Evangelio, la Buena Noticia: Dios nos ha amado primero (cf 1Jn 4,10.19), Jesús nos ha amado hasta el final (cf. Jn 13,1). Gracias al don del Espíritu, se ofrece a los creyentes la caridad de Dios, su misma capacidad de amar: la caridad apremia en el corazón (cf. 2Co 5,14). Precisamente porque se recibe de Dios, la caridad se convierte en mandamiento para el hombre (cf. Jn 13,34).
Vivir en la caridad es un gozoso anuncio haciendo visible el amor de Dios que no abandona a nadie. Significa dar al hombre desorientado razones verdaderas para seguir esperando.
Es vocación de la Iglesia, como signo creíble aunque siempre inadecuado del amor vivido, hacer que los hombres se encuentren con el amor de Dios y de Cristo que viene a su encuentro: la Iglesia da testimonio del amor cuando las personas, las familias y las comunidades viven intensamente el Evangelio de la caridad.
Por su propia naturaleza, el testimonio de la caridad ha de extenderse más allá de los confines de la comunidad eclesial, para llegar a cada ser humano, de modo que el amor por todos los hombres fomente auténtica solidaridad en toda la vida social. Cuando la Iglesia sirve a la caridad, hace crecer al mismo tiempo la “cultura de la solidaridad”, contribuyendo así a dar nueva vida a los valores universales de la convivencia humana.
En esta perspectiva es menester revalorizar el sentido auténtico del voluntariado cristiano. Naciendo de la fe y siendo alimentado continuamente por ella, debe saber conjugar capacidad profesional y amor auténtico, impulsando a quienes lo practican a “elevar los sentimientos de simple filantropía a la altura de la caridad de Cristo, a reconquistar cada día, entre fatigas y cansancios, la conciencia de la dignidad de cada hombre, a salir al encuentro de las necesidades de las personas iniciando -si es preciso- nuevos caminos allí donde más urgentes son las necesidades y más escasas las atenciones y el apoyo” (EV 90).

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